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Apalaches, EEUU, Trump

La nación Trump

Para entender el fenómeno Trump no basta la economía, hay que recurrir al análisis cultural

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En su segundo día de trabajo en la Casa Blanca, Donald Trump firmó una orden ejecutiva para revisar, y posiblemente autorizar, la construcción del oleoducto Keystone XL, cuyo objetivo es transportar petróleo desde la región canadiense de Alberta hasta el territorio estadounidense de Nebraska.

Trump también aprobó una orden en igual sentido sobre la construcción del controvertido oleoducto Dakota, que en 2016 fue causa de enormes protestas por parte de comunidades indígenas que llevaron al Ejército a explorar rutas alternativas para este proyecto.

En ambos casos, el nuevo presidente puso como condición que los proyectos se ejecuten utilizando acero nacional.

Se puede argumentar, desde el punto de vista ambientalista, sobre la construcción de ambos oleoductos. En igual sentido, se evidencia un factor de demagogia y populismo en la actuación de Trump, en cuanto al decir que las dos obras significarán un sustancial incremento en la contratación de fuerza de trabajo (en ambos casos, luego de terminados, los oleoductos solo requerirán de un personal mínimo).

Hay sin embargo dos factores que no deben subvalorarse u omitirse. Uno es que las construcciones significarían el cumplimiento de promesas de campaña. Otro, y más prioritario, es que la decisión de emplear acero de fabricación estadounidense, y no supuestamente chino, como hubiera sido lo común con anterioridad a la nueva administración, va a la esencia de uno de los puntos capitales que llevó a Trump a la presidencia: la disyuntiva entre protección ambiental y la permanencia —o en el mejor de los casos, el desarrollo— de una industria tradicional de Estados Unidos. Y aquí Trump tiene la batalla ganada, porque sus electores precisamente se decantaron a favor de lo segundo por encima de lo primero: hacer grande a América de nuevo es, esencialmente, una vuelta al pasado.

Se ha comentado en diversas ocasiones, pero vale la pena repetirlo, porque continúa la repetición de explicaciones que no se ajustan a la realidad actual. En esa actitud —que es, incluso, más importante recalcar— radica en buena medida la explicación de la derrota demócrata, no solo en la elección presidencial sino en buen número de votaciones legislativas o de gobiernos municipales y estatales: la pérdida del predomino en zonas que por años se consideraron baluartes del Partido Demócrata (algo que, por otra parte, ha señalado con frecuencia el senador demócrata Bernie Sanders).

Nada mejor para entender ese fenómeno que la región de los Apalaches, una zona montañosa que se extiende justo al lado de la moderna costa este de EEUU e incluye parte de 13 estados, con una identidad cultural y demográfica única. Durante las primarias republicanas de la pasada primavera, Trump ganó en todos menos 16 de los 420 condado que comprende el área.

Uno de los errores de la candidata demócrata Hillary Clinton fue considerar que todos los partidarios de Trump se limitaban a dos categorías: los fanáticos (incluidos en la —de por sí “deplorable”— expresión de “cesta o canasta de deplorables”) y aquellos que sufrían dificultades económicas. Porque hay también muchos simpatizantes del magnate que no se consideran —y no pueden ser reducidos significativamente— a la categoría de racistas; que no votaron exclusivamente guiados por el rechazo a un presidente de la raza negra o la posibilidad de una mujer como inquilina de la Casa Blanca; que no son simples ignorantes, desempleados o con la perspectiva de perder sus empleos, anti-inmigrantes y víctimas del alcohol y las drogas, Aunque, por supuesto, votantes con esas características también contribuyeron a la victoria de Trump.

Así que vale la pena colocar a un lado la disputa entre el voto electoral y el voto popular (hasta hoy exacerbada con evidente estupidez política por el propio vencedor). No seguir con el “pataleo” —real, pero inútil— de que hubiera bastado el desplazamiento de apenas 40.000 votos en tres estados (Michigan, Wisconsin y Pennsylvania) para que el triunfo hubiera sido para Clinton, y tratar de entender lo insólito.

Porque lo insólito tiene muchas ramificaciones, que van más allá de la candidata demócrata: en las elecciones primarias de 2012, Keith Judd, nacido en California, perenne aspirante presidencial, convicto por extorsión a 17 años y medio de prisión, derrotó al titular Barack Obama con un 41% de los votos en West Virginia (Virginia Occidental).

Del rojo al azul

En la actualidad West Virginia es un estado rojo (republicano), pero fue mayoritariamente azul (demócrata) hasta 2000. Aunque pertenece al llamado “Cinturón Bíblico”, continuó votando demócrata durante la década de 1990, cuando la llamada “guerra cultural”, el auge de la Coalición Cristina, las confrontaciones —en mucho casos violentas— respecto al aborto, y cuando la controversia sobre los derechos de los gays era mucho más candente —desde el punto de vista político— que ahora.

Pero West Virginia favoreció a George W. Bush en 2008, probablemente porque consideró que el compromiso de Al Gore con la protección al medio ambiente perjudicaría a la industria del carbón, lo cual probablemente hubiera ocurrido con Gore de presidente. Por el mismo motivo, y no porque fuera un candidato de la raza negra, se opuso a Obama. Igual explicación cabe para su preferencia por Trump.

Sin embargo, la explicación económica no es la única razón para el cambio político ocurrido en West Virginia. Otra es la inmigración. Cuando los demócratas hablan de la inmigración, como factor preponderante de la diversidad que siempre ha caracterizado a EEUU, soslayan otro elemento, que en la actualidad tiene un mayor peso: para muchos estadounidenses, es la diversidad de la propia inmigración lo que les preocupa.

Esa diversidad, que ya no confluye en un elemento unificador —el famoso melting pot (crisol de razas)— se ha transformado en un multiculturalismo que engendra temor a lo diferente, el cambio, la presencia del otro. Ese temor impera más como concepto que como una consecuencia de cercanía o contacto. Caso típico de ello es West Virginia, donde la presencia de inmigrantes es ínfima.

El multiculturalismo, que en la sociedad norteamericana se ha asimilado perfectamente en sus aspectos más superficiales o “ligeros” —comida, vestuario— encuentra rechazo cuando se extiende a costumbres, hábitos, religiones, creencias y modos culturales en general. Se convierte en incertidumbre, en particular entre aquellos con una menor educación y desarrollo cultural.

El paso de la asimilación al multiculturalismo no es fácilmente aceptado, ni en EEUU ni en Europa. Ello explica que entre los votantes de Trump se encontraran también no solo nacionales por varias generaciones, sino hijos de inmigrantes e incluso inmigrantes que se consideran “asimilados”. Un factor relacionado con ello, aunque todavía se expresa con tibieza: es muy posible que la actual administración comience a desarrollar un énfasis en el uso del idioma inglés.

Resistencia al cambio

Si hay un grupo social —y hasta étnico— que a través de los años se ha resistido al cambio es precisamente el estereotipo del habitante de los Apalaches. La Appalachia constituye una región cultural en EEUU. Curiosamente, el primer europeo que entró en territorio apalache no procedía de la Inglaterra de entonces: fue un español, Pánfilo de Narváez, el 15 de junio de 1528, pero casi nadie conoce el origen español de la palabra, transformada en Appalachian, y que es el cuarto nombre europeo más antiguo que se conserva en la actualidad en EEUU.

Al habitante de los Apalaches se le identifica con otros descendientes, no de españoles ni de indios aborígenes, sino de escoceses (al igual que Trump por parte de madre), galeses e irlandeses. Su estereotipo es el hillbilly, una figura icónica de la cultura estadounidense y una denominación con una fuerte connotación negativa: un individuo vago, alcohólico, fumador, ignorante, mal vestido y sucio, solo preocupado por ocasionalmente cazar alguna ardilla y tocar una música más o menos estridente. En realidad, tras esa figura caricaturesca, que ha pasado al folklore, las historietas (Barney Google and Snuffy Smith), la televisión (The Beverly Hillbillies) y algunas películas (Tobacco Road, la espléndida Winter's Bone, son buenos ejemplos; los personajes de la excelente O Brother, Where Art Thou? no son hillbillies sino habitantes de Mississippi durante la Gran Recesión, pero la hillbilly music tiene una fuerte conexión con el bluegrass y el country), hay un rechazado, un inadaptado social y político.

Esa inadaptación —provocada en buena medida por su aislamiento geográfico y su pobreza— ha contribuido a que el hillbilly sea fundamentalmente un rebelde, que no solo rechaza los valores de la ciudad, sino se opone —por principio— a cualquier forma de gobierno. Y también al capitalismo. A través de los años, los hillbillies han llevado a cabo verdaderas batallas —incluso con la intervención de cañones en algunas de ellas— contra los propietarios de minas en la región.

Si bien ha existido todo un proceso de apropiación cultural de la figura del hillbilly, y en la actualidad en cualquier Walgreens se puede adquirir, a un precio exorbitante, un frasco de moonshine (el whisky que se destilaba —y en cierta medida se destila— ilegalmente, siempre de noche, en los Apalaches, y que cobró muchas vidas por los residuos de plomo, ya que en la fabricación se utilizaban viejos radiadores de automóvil), los hillbilies no se han dejado asimilar en la sociedad actual.

Es por ello que, durante la última campaña electoral, la Appalachia se convirtió en la llamada Trump Country, el terreno propicio para que un candidato presidencial poco ortodoxo recibiera un apoyo inacostumbrado. Una de las tantas paradojas del proceso electoral fue que un símbolo de Nueva York resultara tan bien recibido por un sector poblacional que se define, precisamente, por su oposición al habitante urbano, y cuya esencia viene dada a partir de la diferencia entre la ciudad y el campo. Pero en Trump los hillbillies encontraron la imagen de un poderoso que enfatizaba en su discurso, con las palabras más bruscas, todo aquello que por años habían reclamado sin éxito: el supuesto luchador contra los liberales. Trump, por otra parte, no fue siempre la primera elección, pero a la larga prevaleció, y en muchos casos, más importante que el candidato, resultó la utilización del voto como una forma de protesta.

No es que con anterioridad otros gobiernos no intentaran el mejoramiento de la región. Lo había hecho Lyndon B. Johnson con su cruzada contra la pobreza, sino que tales esfuerzos siempre habían conllevado un proceso de integración al que, por naturaleza, el hillbilly se opone. Los fracasos de tales planes reafirmaron a los habitantes de los Apalaches en sus puntos de vista y determinación.

Con Trump las claves serían diferente —al menos en el imaginario—, porque significaba un reconocimiento de los anhelos y temores del hillbilly: el paso del estereotipo a la identidad.

De esta forma, el ciudadano de la Appalachia —más allá del regionalismo y las zonas montañosas— se convirtió en la representación del estadounidense que reclama el lugar hegemónico que él veía amenazado o usurpado, tanto por las élites en Washington como por los millones de inmigrantes (indocumentados o no).

Que dicho ciudadano representara un arquetipo —o más aún, un estereotipo— lo convertía en el consumidor ideal de un discurso fundamentado, precisamente, más que en paradigmas en clichés.

Así, quien siempre se había considerado el heredero natural de los pioneros, pasó a ser la representación más o menos simbólica de otros ciudadanos con iguales reclamos, semejantes y diferentes, y en otras regiones poco a nada montañosas: el participante de un movimiento hacia el pasado glorioso.

Economía y cultura

El enfatizar los elementos culturales no opaca el valor fundamental que los factores económicos han tenido en el triunfo de Trump, como ya se ha mencionado con referencia a la industria del carbón, la explotación petrolera, el proteccionismo o la primacía del obrero nacional frente al extranjero. Pero resulta que el triunfo del empresario republicano se ha producido en una situación económica que, tradicionalmente, siempre había indicado una victoria para su oponente.

El poco valor que, en última instancia, ha significado para el votante que el país se encuentre en una etapa de bajo desempleo —a punto de lograr, estadísticamente, el empleo pleno—, una situación económica favorable y donde EEUU continúa siendo la primera potencia mundial, solo se explica por la percepción en una parte de la población —que gracias a las características del sistema electoral estadounidense resultó decisiva— de una percepción de inestabilidad, una anomia, que en última instancia implica una disociación entre los objetivos culturales y el acceso de ciertos sectores a los medios necesarios para llegar a esos objetivos, que llevó a preferir una vuelta al pasado ante la inseguridad del futuro, apostar por el supremacismo blanco. Ello no excluye el factor de que una parte de los votantes de Trump fueran ciudadanos que habían perdido sus empleos bien remunerados y se encontraran trabajando temporalmente o recibiendo bajos salarios. Pero el fenómeno Trump desborda las explicaciones económicas y requiere un análisis cultural.

Los factores culturales sirven además para entender como esa marcha hacia atrás terminará produciendo un empobrecimiento, no solo económico sino cultural. Un ejemplo de ello es la simple comparación entre la hillbilly music y el jazz. La primera no es más que una música regional, que, si bien la destreza de algún ejecutante convierte en singular en algún momento, no pasa de una forma artística limitada. Por su parte, el jazz no implica solo una elaboración compleja y diversa, sino que se ha proyectado con un alcance universal en su naturaleza única.

Pero al mismo tiempo, cualquiera puede disfrutar tranquilo de la hillbilly music, con el convencimiento de que eso que escucha es lo mismo que oyeron sus padres, abuelos y bisabuelos, mientras que el jazz ha logrado un desarrollo tan complejo, que pocos hoy en día pueden disfrutarlo a plenitud sin un conocimiento de base.

Esa distancia, entre saber y estancamiento, se aplica con igual o mayor fuerza a la economía. La solución económica para este país no es volver a fabricar tuercas, sino avanzar en las industrias de la informática, la tecnología digital y la nanotecnología. Claro que cualquier hillbilly rechaza los gadgets. Y en ello puede radicar cierto encanto, pero también sus limitaciones.


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