Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cuba, Obama, Visita

La neo colonia de un doctor americano

Es arrogante pensar que los cubanos, sin los recados del presidente Obama, son incapaces, por ellos mismos, de encontrar soluciones prósperas y cada vez más democráticas para su país

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Los cubanos a ambos lados del Estrecho debemos llenarnos de alegría: el Dr. Ted A. Henken está muy orgulloso de presenciar el proceso de acercamiento entre Estados Unidos y Cuba y no solo eso, también está contento de que el presidente estadounidense Barack Obama vaya a Cuba. Henken es norteamericano, especializado en estudios latinoamericanos, y dijo todo eso en una columna publicada en El Nuevo Herald hace muy poco, cuyo título y aparente mensaje es que La solución para Cuba no viene de la Casa Blanca. El autor, además, nos afirma otras cosas: que a Estados Unidos “siempre le ha sido difícil” interactuar con la Isla, que siempre quiso influenciar y dictarle a Cuba su forma de gobierno como un “hermano mayor” y que dicha equivocada manera de actuar condujo históricamente al conflicto entre los dos países. Dice que es un error llamar “guerra hispano-americana” a lo que para los cubanos fue su guerra de independencia, y para ponerle la guinda al pavo también condena la “infame enmienda Platt”.

Y ya entrando en el 1959, el doctor Henken —un hombre joven a juzgar por sus fotografías en la web en las que se autodenomina “El Yuma”[1]— sigue con su reparto de flores para con la nacionalidad cubana, aceptando que aquella actitud “arrogante e ignorante” de Estados Unidos caracterizó también la política de embargo comercial y cambio de régimen hacia Cuba que había funcionado, estúpidamente, “hasta la fecha”. Las comillas citan siempre el texto del autor.

Pero a partir de ahí al doctor Henken —especializado en asuntos latinoamericanos—, al parecer le da una especie de conmoción conceptual en su columna, porque se vira de pronto para segunda y nos espanta que “al reanudar relaciones diplomáticas… Obama implícitamente reconoció la soberanía nacional cubana”.

Mi muy estimado doctor: a Cuba no le hacía falta que Obama reconociera “implícitamente” su soberanía; porque como usted mismo dijo en su columna eso lo aprendieron por la vía del conflicto desde 1959 once administraciones norteamericanas con sus respectivos once presidentes que siempre quisieron, —infructuosamente— “dictar a Cuba su forma de gobierno”. ¿No lo dijo usted exactamente así?

Después Henken, sorprendentemente, nos sigue brindando en su columna, como futuras soluciones, los mismos errores, (aunque más ligeritos), que previamente criticó. Que si Obama desnudará en La Habana los verdaderos propósitos de Raúl Castro; que si revelará al pueblo cubano —como Moisés bajando del Sinaí— la política rígida y autoritaria de la élite gobernante en la Isla, que si el papel del pueblo… “como buenos soldados, no ha sido otro que obedecer órdenes de los generales Castro”, que si los viejos generales castristas, que si Martí quiso decir… Y así.

A ver, amigo Henken, todo eso nos lo sabemos ya bastante bien; pero ni Washington, ni Obama, cargan con el deber mesiánico de recordarle al Gobierno cubano que “tiene” que reconocer que su soberanía nacional “se fundamenta en la soberanía popular”. Eso es evidente: Cuba deberá hacer descansar en la legítima soberanía popular la soberanía internacional de su Gobierno, pero exigirlo, créame, no es un nuevo destino manifiesto americano. Eso es, como usted mismo quiso decir en alguna parte, un asunto de cubanos. Pero acábenlo de entender. Esa visión suya de que este reciente giro de la política norteamericana hacia Cuba “…nos deja [a los norteamericanos] echar a un lado el embargo y enfocarnos cada vez más en la relación entre el gobierno cubano y su propio pueblo, diverso y adolorido” , es políticamente lamentable y académicamente injerencista.

Es arrogante pensar que los cubanos, sin los recados del presidente Obama —quien por otra parte no tiene que disculparse ni pedir permiso para hablar sobre democracia y derechos humanos donde le plazca— son incapaces, por ellos mismos, de encontrar soluciones prósperas y cada vez más democráticas para su país. Esa fue precisamente la tesis del Gobierno americano que nos llevó a la Enmienda Platt; la de los anexionistas de entonces, de hoy y de mañana; la misma tesis de los españoles que aunque perdieron la guerra en Cuba se quedaron para comerciar allí y continuaron menospreciando a los criollos que los habían derrotado. No sigan cometiendo, por favor, el mismo error.

La nación cubana tiene efectivamente grandes problemas —entre otros ya resueltos— que solventar en su futuro. Su desarrollo económico, el equilibrio entre el individuo y el Estado; las libertades civiles; la creciente desigualdad económica, social y lograr ser una nación saludablemente democrática, por ejemplo.

Pero, Henken, no avivemos el cuento de que la democracia norteamericana es la única ni la mejor del mundo, y déjenos ponernos de acuerdo a los cubanos, si eso es posible, en español.



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