Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Haitianos, República Dominicana, Haití

La noche de los cristales rotos en República Dominicana

Una acción en que pierden muchos y solo gana la minoría racista que ha hecho del antihaitianismo, la virulencia ideológica y la difamación las razones de ser de su existencia

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En noviembre de 1938 los alemanes conocieron la noche de los cristales rotos. Armados de porras, pistolas y de toda la virulencia del racismo fundamentalista, las bandas hitlerianas asaltaron sinagogas, comercios y hogares de familias judías que hasta ese momento habían sido alemanas.

Súbitamente millones de alemanes fueron privados de su nacionalidad y expulsados del país, unos rumbo a Polonia y otros a los recién inaugurados campos de concentración. Casi todos murieron en los años siguientes, por obra y gracia de una pandilla de fanáticos nacionalistas y la abstención de las mayorías que ya entonces comenzaban a ser captadas por la demagogia nazi. “¡Alemanes defiéndanse!”, fue el lema que animó a las pandillas hitlerianas.

Esa consigna, sustituyendo alemanes por dominicanos, es casi lo mismo que ha inspirado las campañas antihaitianas en el país. Y que ahora han acompañado una decisión del Tribunal Constitucional aplicando de manera retroactiva una disposición constitucional de 2010 que consagra el jus sanguinis como principio de ciudadanía y considera a los haitianos residentes por décadas en el país como “pasajeros en tránsito”. La resolución llama a revisar uno a uno los registros de nacimiento desde 1929 e inscribir en libros de extranjería a las personas nacidas en el país, de padres haitianos con alguna irregularidad migratoria y que hoy tienen la nacionalidad según las normas constitucionales del jus solis que regían entonces.

Cuando conocí la resolución, no pude hacer otra cosa que imaginar una peculiar Noche de Cristales Rotos. Afortunadamente, no vivimos en una situación como la de Alemania en 1938, y por ello no hay motivos para pensar que aquí podrá pasar lo mismo punto por punto. Pero sí en muchos sentidos. Y afirmo que la decisión del Tribunal Constitucional, las declaraciones que se han estado haciendo contra la población haitiana desde muchos lugares de la sociedad civil —incluyendo a la alta jerarquía católica—, las políticas estatales, las posiciones de la gran prensa y la pusilanimidad/complicidad del ejecutivo, son todas manifestaciones de un pensamiento racista, chovinista y xenófobo que ha constituido un signo distintivo de la ideología fascista. Y que desde Trujillo lo es también de una parte significativa de la élite nacional, interesada en perpetuar la ridícula idea de que la sociedad dominicana es blanca, católica e hispana.

Y también afirmo que lo que ha sucedido con el Tribunal Constitucional ilustra hasta donde esos componentes ideológicos del fascismo, del autoritarismo y del trujillismo siguen existiendo en las instituciones y en las políticas públicas. Y que esos componentes pueden conducir a la sociedad dominicana a callejones sin salida con altísimos costos sociales y morales.

Desde el ámbito estrictamente legal, la decisión transgrede principios elementales del derecho:

  • Es ridículo creer que pueda existir un pasajero en tránsito por dos décadas, e improcedente identificar pasajero en tránsito con ilegalidad.
  • Es absurdo sostener que una situación de ilegalidad se hereda de padres a hijos. Para algo hubo una Revolución Francesa en 1789.
  • Es ilegal retrotraer una decisión constitucional de 2007 o 2010 a situaciones pretéritas, y en perjuicio de los afectados.
  • Transgrede el principio de interpretación y aplicación pro-homine de la ley, central en todo sistema judicial moderno.

Es decir, que no hablamos para nada de una decisión de mandato constitucional, tal y como la elogió el vocero más visible de la jerarquía católica en el país (siempre enredada en las peores causas), cuando llamó a los jueces comisores de todas estas irregularidades como “Guardianes de la Constitución”. Mucho menos de una medida “muy sabia” de “vital importancia para la reivindicación de la soberanía del pueblo dominicano”, como dijo el director de migración al mismo tiempo que pedía dinero (¡siempre dinero!) para realizar la innoble tarea de despojar a miles de gente de sus derechos. Sino de una acción politizada e ideologizada, xenófoba y racista, excluyente y discriminatoria, llena de dudas legales y sobre todo altamente reñida con la decencia y con nuestros intereses como nación.

Es una acción en que pierden muchos y solo gana la minoría racista que ha hecho del antihaitianismo, la virulencia ideológica y la difamación las razones de ser de su existencia.

Perdemos los dominicanos y dominicanas, porque desde este momento habrá cientos de miles de compatriotas que no han conocido otra patria y a otros próceres que los nuestros, a los que se tratará de adjudicar otra nacionalidad, de un país de donde proceden sus padres y probablemente al que nunca han visitado y cuya lengua no entienden. Estas personas dominicanas perderán su condición legal, no podrán estudiar, ni inscribir legalmente sus hijos, ni trabajar en ciertas áreas. Vivirán en un limbo legal en la tierra que nacieron y de la que siempre se han sentido parte, sencillamente porque unos “guardianes de la constitución” lo han determinado en medio del estrépito de los cristales rotos.

Perdemos los dominicanos, porque en medio de esta ofensiva derechista y reaccionaria —de abortos prohibidos, niños encarcelados y homosexuales hostigados— la sustracción de derechos de una minoría vulnerabiliza a todos. Es el momento de recordar a Martin Niemoller, un pastor alemán reprimido por el nazismo: “Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista… Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada”.

Finalmente, República Dominicana —cuyos ciudadanos forman fuertes comunidades migrantes en EEUU, Puerto Rico, España y otros países— va a entrar, y con toda razón legal, en un ámbito de países parias. Pues en realidad, en un mundo en que el tema migratorio siempre va acompañado de prácticas discriminatorias detestables, a nadie se le ocurre convertir en migrantes a los que ya son nacionales, y lo han sido por décadas. Y producir una expropiación masiva de ciudadanías.

Digo actualmente, porque hace algunas décadas eso podía suceder. Como, volviendo a mi ejemplo inicial, en la Alemania nazi, cuando millones de judíos fueron reducidos al estatus de no-personas. Todo esto es un reto para las fuerzas democráticas y progresistas de sociedad dominicana, sencillamente para todas las personas decentes. Debemos actuar, para que no nos pase como a los alemanes en 1938, que toleraron los cristales rotos, sin imaginar que siete años después los cristales iban a estallar sobre sus cabezas.


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