Actualizado: 18/07/2018 10:45
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La OEA y sus cumbres: vitrina y esterilidad

Es interesante ver ahora al club de los expresidentes de América Latina hablar fuerte y lleno de valor contra el castrocomunismo, ahora en la comodidad de la jubilación y la cesación de sus funciones gubernamentales

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Carlos R. Tobar, el ministro de relaciones exteriores de Ecuador al romper el siglo XX, concertó lo que prometía ser una política doctrinaria para resguardar la libertad de los americanos y fomentar la democracia, como modelo de gobernanza emblemático para los pueblos del Hemisferio Occidental. Argumentando a favor de la solidaridad continental contra la instalación de regímenes dictatoriales, la Doctrina Tobar de 1907 defendía la intervención, directa o indirecta, como una fórmula política liberadora. Naturalmente, hubo detractores que vociferaron inquietudes de ser este recetario del canciller ecuatoriano, “injerencista”. No fue casualidad que lo oponentes más destacados de este principio, no provenían de filas políticas con apego a la ética democrática.

La Doctrina Betancourt fue otro ejemplo del valor dignísimo que representa la solidaridad democrática con naciones hermanas en cautiverio. Cuando Rómulo Betancourt alineó en 1959 la política exterior de Venezuela a una moralidad que rechazaría relaciones con cualquier régimen no democrático, le demostró a un continente el único camino viable dentro del “GPS” (Sistema de Posicionamiento Global) de la ética democrática. Lo cierto es que lo que estaba haciendo el presidente venezolano conocido como el padre de la democracia de su país, era aplicar en esencia lo que dictaminaba la carta fundacional de la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Doctrina Tobar.

Casi ocho meses antes de que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estrenara la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, ya se había plasmado en la IX Conferencia Panamericana en Bogotá, la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre. Dicho instrumento seminal estableció los parámetros morales en tinta para regir el sistema interamericano, fundamentando prioritariamente la protección de los derechos naturales y los deberes de ciudadanos libres para asegurar la preservación de ese regalo de Dios. Exquisitamente escrito con las intenciones más enaltecidas, así se forjó la carta magna de la OEA.

Buscando reforzar los dictámenes éticos de la Declaración Americana, se establecieron dos instituciones para regularizar este sistema intergubernamental y custodiar el derecho sacrosanto de los americanos a ser libres. Ese ha sido el papel de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Los hechos tal como se han evidenciado, sin embargo, han sentenciado el dictamen que las intenciones más nobles de la OEA han fracasado olímpicamente. El establecimiento de un régimen totalitario en el mismísimo corazón del hemisferio, once años después del lanzamiento oficial del proyecto interamericano para proteger la libertad y la democracia, ha probado que la OEA ha sido y es, un órgano impotente donde adultos profesionales van a perfeccionar el arte del sofismo y la hipocresía y no a coordinar políticas de acción que sean coherentes con su razón institucional de existir.

Lo peor no es, ni si quiera que las democracias continentales hayan sido incapaces de prevenir que la guerrilla que desplazó al régimen dictatorial de Batista, implantara un régimen totalitario de corte comunista en menos de dos años, sino que dicha tiranía desde el primer instante probó sus ambiciones expansionistas, lanzando su guerra subversiva contra el continente americano entero y en ningún momento hubo una respuesta colectiva hemisférica contundente. Todo lo contrario, a los pocos años de la expulsión del castrocomunismo de la OEA, sus miembros empezaron, vergonzosamente, a buscar la cercanía comercial y diplomática con la dictadura cubana (México y Canadá nunca rompieron lazos con el castrismo). ¿Qué ha faltado? ¿Por qué no han aplicado, fidedignamente, la letra del espíritu fundacional de la OEA?

Han faltado dos cosas principalmente. Primero, ha hecho falta una fuerza bélica hemisférica, factible y entrenada, para reforzar decisiones jurídicas, colegiadas y morales de liberación y rescate democrático. En otras palabras, una especie de OTAN continental. ¡De qué otra forma van a reforzar una orden de arresto contra un tirano acusado de crímenes de lesa humanidad? Lo segundo que ha escaseado y es tal vez lo más difícil, ha sido la presencia inexistente de la voluntad política para accionar en defensa de la libertad y la democracia de un vecino pueblo esclavo. A la clase política democrática de las Américas, le ha sobrado la cobardía. Es interesante ver ahora al club de los ex (los expresidentes de América Latina), hablar fuerte y lleno de valor contra el castrocomunismo, ahora en la comodidad de la jubilación y la cesación de sus funciones gubernamentales. Sin embargo, cuando estaban en el gobierno no tuvieron el valor y el decoro para actuar, careciendo totalmente de una brújula moral que les dictara una concienciación consecuente con lo que ahora guapean en salones ante las cámaras y los micrófonos.

El Pacto de San José (1969), la Declaración de Quebec (2001) y la Carta Democrática Interamericana (2001) son otros instrumentos escritos que comprometieron a la OEA con la estandarización del modelo democrático y todas sus implicaciones, como el sistema político que singularmente se requería para pertenecer a la comunidad de Estados hemisféricos. Nada de esto se ha cumplido. Todo lo redactado y firmado ha resultado ser, simplemente, letra muerta. En el ejercicio de su facultad más fundamental, la de proteger la libertad de los americanos y el modelo de gobernanza democrático, ha resultado en la práctica un descalabro rotundo.

Por eso no debe sorprenderle a nadie que las cumbres que han emanado de la OEA, desde la primera en Miami en 1994 hasta la presente en Lima, han resultado ser meros espectáculos estériles, juzgadas por la evidencia de sus logros. La inclusión de Cuba comunista en estas conferencias/ceremonias ha representado el colapso de los estándares fundamentales por el cual se forjó la OEA. La exclusión de la dictadura venezolana en la VIII Cumbre de las Américas, acto promovido por el Grupo de Lima, fue racionalizada por el contenido de la cláusula democrática de la Declaración de Quebec, argumentando que el dictador Maduro había cometido crímenes de lesa humanidad, que hay presos políticos en Venezuela y que no existe un entorno político apropiado para una oposición verdadera.

Si la invitación a que el castrismo participara en las cumbres representó la quiebra de las exigencias morales de la OEA, el vetar a Maduro, pero no a Castro, ha sido una exhibición de hipocresía y cobardía, en una escala escalofriante. El cualificar a dictaduras establece un precedente peligro que abre la puerta a un subjetivismo dañino que sería aprovechado, por seguro, por el despotismo. Cuando se toma en cuenta que la tiranía de los Castro, a pesar de ser ésta la dictadura más longeva en el continente, con el peor record de violaciones sistemáticas de los derechos humanos ejercidas desde el poder político, de haber tenido el más alto número de presos políticos per cápita en el mundo en un momento, de no tolerar, ni cosméticamente, a partidos políticos contestatarios, y de ser el amo literal de Venezuela hoy, el que ha ordenado la ejecución de todas esas acusaciones lanzadas contra Maduro, y aún se le ha mantenido en pie la invitación a su cúpula dictatorial y sus esbirros de organizaciones pantallas, es para concluir, como dice el refrán, “de apaga y vete”. La OEA, sin una reestructuración de su DNA moral, no tiene remedio.


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