Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Directorio Democrático Cubano, Cuba, Oposición

La oposición y su revolución de octubre

El Directorio Democrático Cubano se lanza a impedir lo que ya ocurrió: “la sucesión dinástica de los Castro”

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Al parecer la oposición cubana está empecinada en la que considera su mejor arma para poner fin al régimen castrista: celebrar reuniones y encuentros. Por supuesto, hay que añadir que el exterior. Y algunos, que desde hace décadas tienen bien establecido el negocio, de las supuestas protestas en Cuba y las reales subvenciones en Miami, se encargan de organizar estas demostraciones que no llegan a parte alguna, pero sirven para colocar en la prensa algún nombre que nunca debe olvidarse, en la lista de financiamiento.

Ahora le toca el turno a Orlando Gutiérrez, director del Directorio Democrático Cubano, quien explicó a la agencia Efe que Cuba atraviesa un “momento coyuntural que ofrece una oportunidad para el cambio”, en un momento en que el “régimen intenta la sucesión dinástica de los Castro” y las “fuerzas de la resistencia en la Isla están creciendo”.

Un momento, pero alguien se durmió en medio de la parrafada. Porque eso de la sucesión ya ocurrió, el que las fuerzas de la oposición estén creciendo desgraciadamente no es cierto y la llamada “disidencia” cada vez es más conocida por las aeromozas y menos por los cubanos.

Aunque el remedio a todo ello está cerca, según Gutiérrez. El exilio cubano reunirá el próximo 11 de octubre en Miami a legisladores, artistas y activistas de dentro y fuera de Cuba para reclamar la unidad de la comunidad en una “nueva etapa de lucha” que lleve a un “cambio real” en la Isla, según encabeza Efe la información. Nada, que la cosa lleva música adentro.

El acto “Todos por Cuba Libre” servirá para galvanizar la repulsa de la comunidad a una “transición cosmética” en Cuba y exigir un “cambio real”, cimentado en la “salida de la dinastía castrista del poder y la plena restitución de las libertades”, dijo Gutiérrez.

Una encrucijada que, opinó el activista, se debe aprovechar para promover un cambio real acompañado del “inicio de un proceso político abierto que lleve a unas elecciones libres en el país”.

Lo del “proceso político abierto” y las “elecciones libres” no se explica en el cable de Efe, pero no hay que preocuparse: todo ello se va a lograr con un acto en Miami. Cualquiera que piense que los problemas de Cuba se resuelven dentro de la Isla debe acudir a ese evento. Allí le explicarán el porqué del asunto, y a lo mejor con suerte le regalan alguna de las varitas mágicas que van a sortear.

Claro que la competencia es fuerte. Se trata, nada más y nada menos, que de una coalición de cerca de una treintena de grupos del exilio. Nadie ha dicho, por otra parte, cuántos miembros tiene cada uno de esos grupos.

El problema con todos estos intentos de algarabía es que lo único que hacen es ridiculizar al movimiento que representan. Quedarse callado ante ello, o esgrimir burdamente que denunciar estos aquelarres es ponerse del lado del régimen de La Habana, es simplemente confundir la imaginación y los buenos deseos con la realidad.

Desde hace décadas se celebran reuniones de este tipo sin resultado alguno. Negar este hecho es empeñarse en una actitud de avestruz que puede resultar cómoda o brindar satisfacción emocional, pero más nada. Por lo demás, lo único que se pretende con estos actos es “sonar un poco”, “mantenerse en el candelero”, conservar el turno en la fila de reparto del dinero de los contribuyentes estadounidenses.

Un poco de seriedad

La relación entre el exilio de Miami y la actual oposición en Cuba requiere de un análisis que contenga, pero no se limite a la efectividad dentro de los intentos por lograr la democracia en la Isla, y en primera instancia una mejora de los derechos humanos.

Medir el avance de esta oposición —que incluye formas y objetivos diversos dentro de una actitud general de rechazo al régimen— por los cambios que, gracias a ella, ha experimentado la sociedad cubana en los últimos años, es abordar el problema con una visión parcial.

En primer lugar, por el hecho de que muchos de estos cambios no son debidos a la oposición, sino puestos en práctica en un desarrollo paralelo a esta. En segundo porque esa misma oposición, que reclama su participación para lograr estos cambios, al mismo tiempo los disminuye o desestima, al catalogarlos de “cosméticos”, dentro de una retórica que le es necesaria para justificar su presencia y financiamiento por parte de Washington.

La oposición debería admitir que, aunque sea de forma parcial, algunas de sus quejas anteriores ya han sido resueltas: liberación de los prisioneros de la “Primavera Negra”; posibilidad de entrar y salir del país, eliminación del bloqueo a blogs y sitios en Internet (CUBAENCUENTRO sigue siendo una excepción); ampliación del trabajo por cuenta propia y el permiso a la contratación de personal por empleadores privados en determinadas categorías.

Pero si se reconoce una palpitación, por limitada que sea, en la situación cubana actual, también hay que admitir los cambios ocurridos y el nuevo panorama, y dejar atrás un discurso caduco como el que esgrime el Directorio Democrático Cubano, una organización fantoche que se caracteriza por una retórica complaciente en especial con los legisladores republicanos de origen cubano, quienes siempre la han apoyado a la hora del reparto de fondos.

Pero más allá del desempeño del Directorio, y desde otras organizaciones y apoyos —la oposición cubana recuerda a las marcas de refrescos, que se parecen en el sabor de sus productos, pero compiten por la clientela— se repite el mecanismo de alegar logros y mantener invariable el discurso.

Por ejemplo, el opositor Guillermo Fariñas habló de uno de sus “logros” tras su recién fracasada huelga de hambre y agua. Sin embargo, es dudoso que quienes apoyan y creen en lo que dice el opositor incorporen a su lenguaje lo por él planteado.

Dijo Fariñas en una entrevista a la Deutsche Welle (DW) que en la actualidad habían cesado las “golpizas” a las Damas de Blanco: “según me han hecho saber mis hermanos opositores y las hermanas de las Damas de Blanco, incluso la represión se ha suavizado, pues mayormente, al menos por ahora, se producen las detenciones, pero no las golpizas masivas que sufrían antes”.

Así que, de acuerdo a lo manifestado por Fariñas, en estos momentos no es válido recurrir al mantra de las “golpizas”, cuando se aborda la labor de las Damas de Blanco. Aunque es de dudar que en el evento del 11 de octubre en Miami no se vuelva a repetir el argumento de las Damas de Blanco “arrastradas y golpeadas”, tan común, por ejemplo, en las declaraciones de los políticos republicanos que al parecer participarán en el encuentro. Algo que por otra parte también argumentan los legisladores demócratas con iguales intereses, pero desde el partido contrario.

Candil de la calle y oscuridad de su casa

Por encima de estos aspectos, hay otro que no por evidente deja de contener una serie de aristas polémicas al tomarlos en consideración: la oposición cubana se define no solo en su circunstancia insular sino en su relación internacional.

Para opositores y exiliados, la forma más fácil de resolver esta cuestión es argumentar que, a mayor apoyo internacional, más pierde en prestigio el régimen castrista; mayor protección tienen quienes son reprimidos arbitrariamente dentro de la Isla —ya sea mediante detenciones temporales, actos de repudio y acoso, entre otros medios— y también aumentan las posibilidades de la condena del régimen en los foros internacionales.

Sin embargo, este argumento contiene puntos débiles, que dificultan sea esgrimido sin la menor duda, salvo cuando obedece a motivos políticos elementales.

Por demasiadas décadas, la sustentación de los vínculos económicos del régimen ha estado edificada sobre fundamentos que no guardan relación ni con la democracia ni con los derechos humanos, sino con factores gubernamentales en donde este factor ocupa un lugar secundario o no se toma en cuenta. Por ejemplo, los opositores a los que apoya el Directorio se definen especialmente por su apoyo al embargo. Aunque el embargo estadounidense puede ostentar un récord de permanencia, pero poco que alegar en cuanto a efectividad.

Así que, en última instancia, los logros de la oposición y el exilio en este terreno se limitan en muchos casos a la obtención de gestos, que también pueden ser catalogados de cosméticos.

Lo anterior no debe llevar a desconocer u opacar lo que sí constituye el mayor logro de esa oposición pacífica en la esfera internacional, y es la denuncia de los atropellos que a diario comete el régimen de La Habana. Aquí sí ha ido en aumento la eficacia opositora —en parte al aumento de quienes se dedican a esta actividad y en parte gracias a los avances tecnológicos.

Como en lo fundamental el otorgamiento de la categoría opositora viene dictado no solo por la labor en sí, sino por lo que determinan La Habana y Washington, los parámetros para medir la efectividad en muchos casos son ajenos a una incidencia dentro de la situación en la Isla, y responden más bien a una repercusión externa.

Raúl Castro ha logrado un difícil equilibrio entre represión y reforma. Lo ha hecho dilatando la segunda y modificando la primera sin que pierda su naturaleza de mantener el terror. Que ese avance se deba a circunstancias específicas no disminuye el hecho de que sea real.

Esta situación de transformación limitada en la Isla —con ciertas modificaciones económicas decretadas por un gobierno que en Miami se detesta y rechaza, pero contra el cual puede hacer poco— presenta un nuevo problema para el llamado exilio de “línea dura” de esa ciudad: ¿cómo responder a una situación cada vez más alejada de la ideología que la sustentó durante tantos años y que se sostiene con el apoyo de las circunstancias del momento?, ¿cómo hacer frente al sainete, que ha resultado tan exitoso como la epopeya?

Entonces todo queda reducido en la incorporación de nuevos elementos al viejo ejercicio de vender la ilusión, que en Miami ha resultado en buenos dividendos económicos para unos pocos. Poco cabe esperar que la reunión de octubre sea algo distinto al mismo juego, que desde hace décadas funciona muy bien en esa ciudad, pero muy mal en Cuba.


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