Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Represión, Lenguaje, Opositores

La perversión del lenguaje

El gobierno cubano persiste en el viejo recurso de la difamación y el ataque personal

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La campaña de propaganda contra disidentes, opositores pacífico y activistas de la sociedad, que por años viene desarrollando la prensa gubernamental cubana, ejemplifica la decadencia ideológica de un régimen agonizante.

Los recursos utilizados son viejos: el insulto y la vejación como arma; la divulgación de mentiras que en ocasiones se apoyan en elementos aislados de verdad, aunque que en su totalidad presentan un panorama falso; la visión desplazada que deforma la perspectiva de conjunto y la demonización del enemigo. Solo que ahora están reducidos a sus elementos más simples.

En sus primeros años la ideología castrista propuso la imagen de una sociedad mejor pero futura. El discurso de ataque político estaba dirigido fundamentalmente contra varios grupos, pero siempre la referencia se concretaba al pasado: “rezagos del pasado”, “vicios del pasado”, “actitudes pequeño burguesas que aún prevalecen”, “miembros de la antigua clase privilegiada”, “remanentes de la vieja sociedad”.

La personalidad del enemigo se diluía en su supuesta permanencia a una clase social. El terror apuntaba hacia el exterminio y la segregación. El método no era nuevo. De forma similar y diversa el comunismo y el fascismo habían empleado el mismo recurso, y con anterioridad los imperios coloniales y esclavistas, aunque con distintos argumentos.

La deformación del lenguaje se producía de dos formas. La abstracción servía como un medio para despersonalizar y tergiversar las palabras. Se hablaba de la “liquidación” de la explotación, el “ajusticiamiento” de los traidores y la “recuperación” de las propiedades del “pueblo”.

Al mismo tiempo, se deshumanizaba a los opositores: “gusanos”, “escoria” y “parásitos” en Cuba; “perros rabiosos del capitalismo” en China y “vampiros”, “bastardos” y “piojos” en la desaparecida Unión Soviética.

Gracias a estos recursos, el lenguaje ideológico del castrismo nace deforme por naturaleza. Al mismo tiempo, comienza a deteriorarse casi desde su origen. Paradójicamente, dos factores contradictorios contribuyeron a ello: el fracaso en la concretización de su modelo ideal y los éxitos en la exclusión de sus enemigos tradicionales.

Por años se prefirió ignorar a los disidentes, persistir en la categoría de “vicios del pasado” al tratar de eliminar todos los intentos de crítica, e identificar con la “sociedad anterior” a quienes se oponían al sistema.

La permanencia en el poder fue erosionando esos argumentos. El golpe más formidable ocurrió con la crisis que culminó en el puente marítimo Mariel-Cayo Hueso, cuando miles que eran niños en 1959, o nacidos después de esta fecha, y trabajadores carentes de propiedades, decidieron o se vieron forzados a abandonar el país.

Ello obligó al gobierno a recurrir a una difamación menos política y más vulgar. El ataque frontal a los “enemigos de clase” se sustituyó por las vejaciones y los epítetos. Las palabras más repetidas fueron “prostitutas”, “homosexuales” y “proxenetas” (claro que en sus versiones más crudas).

La crisis del Mariel no modificó en cambio que la caracterización continuara recurriendo a la generalización. Bajo la palabra “escoria” se catalogó a todos, pese a que en muchos casos las diferencias superaban a las semejanzas.

Con los años se mantuvo la táctica de difamación, pero el lenguaje fue modificándose. No se ataca al exilio en general, y prefiere hablarse de “diáspora”, “emigrados”, “cubanos en el exterior”. Se habla de “la mafia de Miami”, para definir y limitar el ataque a una ciudad y a un sector de la comunidad.

La falta de argumentos ideológicos ha llevado a los ataques personales, más soeces pero más limitados.

Este enfoque responde a un argumento de peso, o mejor de dólares: la economía de la isla depende en gran medida de las remesas que se envían desde Miami; pero al mismo tiempo reconoce la fuerza económica y política de un sector del exilio.

Ya no se habla de “títeres del imperialismo”, sino de recalcitrantes y “asalariados del imperio”, “mercenarios”.

Curiosa esa dualidad que el régimen asume al emplear como arma —más que ideológica simplemente política— al fetichismo del dinero.

Cuando el canciller Bruno Rodríguez mostró su desdén frente a la posibilidad de que los cubanoamericanos invirtieran en la isla, durante una reunión con miembros de la CAFE (Cuban Americans for Engagement), se limitó a mostrar una preferencia por las grandes cifras.

“Yo no sé a cuántos cubanos ustedes conocen que podrían invertir en Cuba 200, 300, 500, 1.000 millones de dólares, que es la inversión que demanda Cuba”, dijo Rodríguez.

Sin embargo, supuestas cifras muchísimo, pero muchísimo, más pequeñas son esgrimidas como el argumento negativo perfecto para despertar la envidia y promover una motivación adicional a los que participan en los actos de repudio.

Si naciste en Cuba y vives en el exterior y has logrado acumular una fortuna de miles de millones, ya sabes que tienes las puertas abiertas en la isla, pero no te atrevas a hacer nada que haga que el gobierno te acuse o te difame —no importa la carencia de pruebas— de conseguir unos cuantos dólares.

Si la difamación individual ha abandonado el lenguaje de la lucha de clase, y se ha postrado ante la envidia más mezquina, la epopeya y la épica revolucionaria de los primeros años ha degenerado en la disputa de solar, el chancleteo y la obscenidad.

Un paso importante en ese destino se dio con la tragedia del niño Elián González, que quedó solo en el mar tras un naufragio de balseros, fue llevado a Miami, retenido por familiares y finalmente devuelto a Cuba. Por aquellos días el naufragio de los balseros se reduce a descripciones propias de la denominada “cultura de la pobreza”: hombres abusadores y alcoholizados que golpean a sus mujeres; relaciones familiares fundamentadas en la violencia; prostitución y robo.

Al final solo quedó el lenguaje de una novela que no llegaba al rosa, que se perdía en el gris y la suciedad, donde las intenciones valían más que los hechos, por entonces repetidos a diario —la fuga en balsas improvisadas— la realidad reducida en una fórmula de anécdotas más o menos escabrosas y a una arenga incesante.

Para la época del “niño Elián”, la ideología ya no aspiraba a ser doctrina: se limitaba a la distracción a la fuerza.

Fidel Castro no comprendió la excepcionalidad del caso de Elián y trató de repetir una campaña similar —pero ahora con carácter internacional— con las condenas a cinco agentes cubanos por espionaje en Estados Unidos. La campaña continúa incesante, y es uno de los legados de los últimos años de gobierno activo de Castro.

La propaganda a favor de los llamados “cinco” —que con el tiempo, se han reducido a tres— mantiene una melopea edulcorada, con apelaciones a la injusticia cometida, las arbitrariedades del juicio y el clima hostil en Miami, y apela a argumentos falsos, como la defensa del espía Gerardo Hernández decir ayer miércoles 4 de junio —en una rueda de prensa en Washington— que “el Miami Herald despidió a tres periodistas en 2006 cuando supo que estaban cubriendo el caso ‘bajo la nómina del gobierno estadounidense’” (según lo informado en Cubadebate y un cable de la agencia Efe), lo cual es una soberana mentira.

Mientras, los ataques a la oposición recurren cada vez más a un lenguaje de tono agresivo.

Esa mezcla de reclamar el reparo de una “injusticia”, apelar al acercamiento, la conciliación y el diálogo, contrasta con la hostilidad interna hacia quienes solo plantean la divulgación de información, cambios de acuerdo a la legislación vigente y el avance de la sociedad civil.

Como el gobierno cubano se muestra incapaz de discutir ideas y propuestas de una forma civilizada, el apelar al ataque personal y el insulto continúa formando parte de la esencia del sistema. No importa si el tradicional enemigo de clase ha sido arropado ahora con el disfraz del dinero.


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