Actualizado: 18/10/2019 17:37
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La solución es el mercado

El gobierno sigue atascado en la mentalidad de la ayuda, sin asumir sus responsabilidades por el estado deplorable de la economía.

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"El crecimiento global es la historia que destaca en nuestros tiempos", escribe Fareed Zakaria en su notable libro The Post-American World, cuya lectura es recomendable. El subtítulo, The Rise of the Rest, nos dice la razón por la que estamos en la cúspide de un verdadero orden global. Dondequiera los países crecen: una tendencia que comenzó en Asia y que se ha extendido por Europa Central, América Latina y África. La causa no es un misterio: los países están expandiendo el alcance de sus mercados internos, al mismo tiempo que aumentan las exportaciones.

El postamericanismo de Zakaria no es antiamericanismo. Si el nuestro, en el plano político-militar, es un mundo de una sola superpotencia, en todos los demás aspectos —industrial, financiero, educacional, social, cultural— "la distribución del poder está cambiando". El mundo postamericano se está formando "desde muchos lugares y por muchas personas". Estas son buenas noticias, aunque Estados Unidos y todos los demás deban aún comportarse acorde con esta idea.

El mundo todavía tiene ante sí retos difíciles que "no provienen del fracaso sino del éxito". Dicho de otra forma, los problemas actuales no son situaciones en que unos ganan y otros pierden ( zero-sum), sino que, potencialmente, todos se benefician de una u otra forma ( win-win). Es triste constatar que los gobiernos de Bolivia, Cuba, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, así como muchos ciudadanos en América Latina, favorezcan la perspectiva del zero-sum, que sólo puede llevar al retroceso.

Las cuentas de Machado Ventura

Un ejemplo de lo anterior es la posición de La Habana sobre el alza del costo de los alimentos, como expresara su representante, recientemente, en la reunión de la FAO en Roma. El primer vicepresidente, José Ramón Machado Ventura, arremetió contra una economía global basada en "la pobreza, la desigualdad y la injusticia", e hizo cuentas de las sumas anuales que, según él, deberían canalizarse hacia los países del Sur:

-La reducción de los gastos anuales de la OTAN en un 10% liberaría 100.000 millones de dólares.

-Si todas las deudas externas fueran anuladas, los países del Sur contarían con 345.000 millones de dólares adicionales.

-Si el mundo desarrollado cumpliera con su compromiso de contribuir con un 0.7% de su Producto Interno Bruto, el resto tendría 130.000 millones a su disposición.

Machado no detalló, en realidad, cómo el Sur utilizaría estos recursos.

El alza en el costo de los alimentos es, por supuesto, una preocupación profunda y urgente. El etanol —en especial el que tiene como base el maíz— es uno de los factores. Los altísimos precios del petróleo hacen más cara la siembra, recolección y la comercialización de las cosechas.

Los subsidios agrícolas en los países desarrollados y las restricciones en la exportación de alimentos en otros países han encarecido todavía más los precios. En los años 2005 y 2006, las más bajas reservas de alimentos en todo el mundo agudizaron los efectos del mal clima y de las cosechas reducidas.

Machado Ventura ignoró la mayoría de estos factores. La desigualdad y la injusticia abundan, es cierto; sin embargo, el contexto y las tendencias tienen importancia. Aunque ha aumentado la desigualdad en Vietnam, sus ciudadanos viven mucho mejor, gracias a un crecimiento económico sostenido. La injusticia —que no es sólo social o económica— se mitiga más eficazmente con un Estado de derecho democrático. La pobreza, de hecho, ha disminuido.

Terquedad antimercado

El gobierno cubano sigue atascado en la mentalidad de la ayuda. En África, por ejemplo, muchos gobiernos refuerzan los créditos, la tecnología y la infraestructura para apoyar la agricultura y facilitar las exportaciones. Si no se resuelve el reto humanitario que supone la inflación en el precio de los alimentos, el mundo podría perder el terreno que ya ha ganado en la lucha contra la pobreza. La ayuda —que tiene su momento y su lugar— es un recurso transitorio, no una solución a largo plazo.

La agricultura cubana está en un estado deplorable. El país importa el 85% de los alimentos, principalmente de Estados Unidos. El marabú y otras hierbas malas han invadido la mitad de las tierras fértiles. En los últimos quince años, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU le ha dado a Cuba de 2 a 3 millones de dólares anuales en ayudas.

¿Quién es el responsable de esta situación vergonzosa? No se puede culpar al embargo de Estados Unidos ni a una economía global "injusta". El verdadero culpable es la terquedad antimercado que valora los llamados "principios" por encima del bienestar de los cubanos de a pie.

Raúl Castro ha colocado, con razón, la seguridad alimentaria al centro. Si aumentara la producción, las mujeres podrían alimentar a sus familias con mayor facilidad y algunas de las angustias materiales de la vida cotidiana desaparecerían. Los habitantes de las ciudades podrían entonces preguntarse: si los campesinos pueden producir y ganar más por cuenta propia, ¿por qué nosotros no?

Castro, Machado y los demás dirigentes seguirán con el viejo discurso, aun cuando sus políticas permitan a los cubanos, con lentitud, andar por nuevas sendas. Hace casi dos años, una encuesta de Gallup, realizada en La Habana y Santiago de Cuba, mostró que el 75% de la población decía que no tenía libertad para decidir qué hacer con su vida. A medida que surjan las oportunidades económicas, menguará la desesperanza. Tarde o temprano escucharemos a los cubanos de a pie expresarse de forma tal que amplíen y profundicen las nuevas sendas.


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