Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Cuba, Disidencia, Oposición

La sonadera de horas y eras

Hay una manía de sonar horas y hasta eras que vendrían llegando, pero nunca llegan

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Desde La polémica filosófica (1838-40), José de la Luz y Caballero (1800-62) advirtió el error de “pasteleros de las ciencias” y otros muchos que “no adoptan resueltamente la posición de la hora”, esto es: que no se atienen al momento histórico y andan en boberías. Ese pasado continúa vigente y se confirma con la “Hora Ciudadana”, que acaba de resonar con cuatro iniciativas de ley sin que sus promotores, organizados en sendas mesas de trabajo, tengan un solo diputado a favor en el parlamento, que es la única autoridad legisferante.

Reloj surrealista

Esta hora ciudadana se marca con un reloj que no adopta la posición de la hora, sino que pone la carreta delante de los bueyes. Para dar a Cuba una nueva ley electoral, una ley de asociaciones y partidos políticos más otras de protección (1) de las minorías y de la diversidad cultural, así como (2) de la libertad de expresión y contra los delitos de odio, hay que cambiar primero el parlamento, que jamás aprobará propuestas de leyes urdidas por opositores sin arrastre popular ni siquiera para colar un delegado en alguna asamblea municipal.

El reloj que marca la hora ciudadana no sólo está así de adelantado, sino también atrasado, porque marca también “la hora de la disidencia” que Rafael Rojas sonó hacia junio de 2002, porque el Proyecto Varela se encontraba ya “en el parlamento cubano, el cual tiene la obligación constitucional de debatirlo y aprobarlo o rechazarlo”. Rojas agregó que, como escenario más plausible, el proyecto sería “engavetado en las oficinas de la Asamblea Nacional”.

Lejos de engavetarlo, como mañosa y engañosamente suele difundirse aún, la Asamblea Nacional dio al Proyecto Varela la respuesta legalmente establecida: el dictamen de la comisión parlamentaria competente. Una sola de sus razones para darle ñampiti gorrión al proyecto acredita también el extravío tanto de Rojas, al endilgar al parlamento cubano aquella obligación, como de los sonadores de la hora ciudadana: “Ni la Constitución de la República ni el Reglamento de la Asamblea Nacional del Poder Popular establece la recolección de firmas, cualquiera que fuese su número, para promover la iniciativa legislativa”.

Tradición horaria

Hay una manía de sonar horas y hasta eras que vendrían llegando, pero nunca llegan. Quizás el ejemplo más ilustrativo sea “la hora final de Castro” que Andrés Oppenheimer sonó hacia 1992, luego de pasar seis meses en la Isla para salir a contar “la historia secreta detrás de la inminente caída del comunismo en Cuba”. Hay otras muchas de igual desatino, por ejemplo:

  • En la primavera de 2007, Dagoberto Valdés sonó “una hora de oportunidades” en que “bastaría con la voluntad política y con la participación y responsabilidad cívica de los cubanos para abrir la puerta”. No adoptó la posición de la hora, que marca toda apertura como resultado del juego de intereses políticos.
  • En diciembre de 2010, Iván García sonó “la hora de la oposición cubana”, porque “las condiciones son propicias para que la disidencia pueda dar un giro de 180 grados en su trabajo político” y Martha Beatriz Roque había lanzado “una buena señal [con] un escrito equilibrado: Futuro para Cuba. Contrapuestas a las medidas del gobierno”. No adoptó la posición de la hora, que marca la política como algo más que papelitos.
  • El 27 de enero de 2015, Nora Gámez resonó “la hora de los cubanos” que varios opositores sonaron en Miami con una Convención para la Democracia en Cuba. Ninguno adoptó la posición de la hora. que exige darse cuenta de las falacias de concreción fuera de lugar.
  • El 4 de junio de 2015, Ariel Hidalgo sonó una “nueva era para la oposición cubana”, en la cual “se tendrá fuerza en la medida en que se represente, legítimamente, los intereses de las grandes mayorías”. No adoptó la posición de la hora, que exige darse cuenta de que si nunca antes la oposición tuvo el favor de la mayoría, menos aún podrá tenerlo tras quedar más acorralada.

Y así por el estilo, el anticastrismo de corte irracional encauza la tradición cubiche de sonar horas y hasta eras por canales equivocados al menos desde aquel corrillo casi sexagenario de que “a Castro le quedan seis meses”.

Ya en la posguerra, la posición de la hora sería votar contra el gobierno, pero el animar a la gente a hacerlo exige labor de base sin fanfarria, que no daría para la Medalla de la Libertad Truman-Reagan otorgada a Guillermo Fariñas ni para otros tantos premios que adornan a la oposición pacífica dizque anticastrista.


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