Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Utopía, Socialismo

La utopía y los kilómetros

La utopía, como hoy sus rastrojos, hizo del largo y tortuoso camino una de sus divisas

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A la salida de Alamar, sobre la Vía Blanca, hay un cartel que indica que Matanzas está a 86 kilómetros y Varadero a 186. Lo vi en una foto que me envió un amigo y que ahora encabeza este artículo.

Miré la foto un buen rato, tratando de imaginar la razón de esas cifras tan discordantes que colocan a Varadero a 100 kilómetros de Matanzas, cuando todos sabemos que si tomamos la excelente carretera panorámica que une a ambas ciudades, la distancia es de poco más de 30 kilómetros.

Me incliné a pensar que fue un error de alguna persona que tuvo que ver con el cartel, y de ahí para arriba. Pero, para hacer las cosas más complicadas, me otorgué una licencia divagadora e imaginé que la información había sido manipulada ex profeso por alguien que consideró la pertinencia de otro camino, más largo y trabajoso.

Pues efectivamente, hay una posibilidad de hacer ese recorrido por unos 186 kilómetros, más o menos. Si a la altura de Peñas Altas, en lugar de tomar la vía costera, nos adentramos por la añeja y angosta carretera central, pasamos Gelpi, Limonar y Coliseo; y en Jovellanos torcemos al norte hasta Carlos Rojas y Cárdenas. Y de ahí, a Varadero, siempre teniendo cuidado con la peligrosa curva del cementerio que todos los cardenenses vinculan con algún accidente aparatoso y fatal. Es un recorrido, cuando menos, aburrido, escoltado por planicies de tierra roja repletas de cañaverales y pueblos tristes. Es además, largo y peligroso.

Si alguien quiso indicar este camino para llegar a Varadero, hizo algo realmente estúpido, pero no inusual en Cuba, donde en los últimos 50 años se han escogido los caminos más largos, severos y tortuosos como una forma de probar a los caminantes. Y de producir una suerte de selección artificial de súbditos templados (como el acero) en las mayores adversidades, pero capaces de continuar imaginando una marcha indetenible hacia la utopía.

Y entonces la utopía, como hoy sus rastrojos, hizo del largo y tortuoso camino una de sus divisas. Para alcanzar algo había que pasar trabajo, pues lo que se obtenía fácilmente, aún cuando fuese inobjetablemente fácil, no merecía ser considerado virtuoso.

Conozco una anécdota muy ilustrativa. En los tempranos 60 ––cuando aún se podía hablar de una revolución— estuvo en Cuba un sociólogo inglés que asesoraba el desarrollo de un sistema de poblamientos rurales que —dos metas loables— facilitara la provisión de servicios básicos y redujera la dispersión de la población campesina. Cuando presentó sus resultados a la comisión estatal encabezada por Osvaldo Dorticós, este le preguntó la razón por la que los asentamientos estaban ubicados cerca de los principales nudos viales y poblacionales. El experto le explicó que era una manera de conseguir los propósitos al menor costo, pues ello suponía ahorros sustanciales en las inversiones infraestructurales.

Narra el sociólogo que el presidente subalterno no lo dejó terminar la explicación. Simplemente le recordó que la validez de una obra revolucionaria se medía por el mayor esfuerzo para conseguirla. “Todo aquí hay que hacerlo, espetó, con el mayor esfuerzo”. Lo que obviamente implicó el desperdigamiento de las comunidades por un vasto territorio sin más justificación que el arrebato ideológico de unos nuevos dirigentes que ofrecían la austeridad plebeya como el ethos de la nueva sociedad.

Es el problema de las utopías. Se imaginan a sí mismas fundando algo, cambiando radicalmente al mundo, sin entender que los principales cambios en el mundo han sobrevenido por procesos metamórficos que han usado muy discretamente sus utopías. Los seres humanos nunca hemos podido prescindir de ellas, y creo que seguiremos elaborándolas en el futuro. Pero coincido con Karl Popper en que cuando se superponen a sus sostenedores, cuando cobran vida propia, o cuando se atascan en las vías de la historia, producen, como el sueño de la razón en los caprichos de Goya, monstruos insaciables.

La utopía en Cuba —y esa brutal acumulación originaria de moral que produjo— sirvió por igual para hacer una campaña de alfabetización que para fusilar muchas personas sin garantías mínimas; para promover una intensa movilidad social de las mayorías que para meter en las ergástulas de la UMAP a cuanta persona fuera considerada extraña a sus propósitos; para abrir la puertas de una educación masiva de buena calidad que para frustrar a los educandos que terminaron largándose del país o sumiéndose en una resignación aniquiladora.

Es la historia que todos vivimos de una u otra manera: ejercicios militares incomprensibles, trabajos voluntarios costosos e improductivos, ropas monocolores y zapatos rígidos, escuelas en el campo que perjudicaban a todo el mundo, túneles faraónicos de concreto en una ciudad que se cae a pedazos, alimentación aburrida y asignada, toda una gimnasia política que llegó a su paroxismo en los 90, cuando Fidel Castro intuyó que solo le quedaba la retórica y un enemigo: el imperialismo. Y que convirtió al cansancio y a la extenuación en mecanismos de dominación política.

Hoy pocos hablan de utopías. El propio Partido Comunista apenas menciona la palabra socialismo. La revolución se ha convertido en una suerte de caja de pandora que incluye todo y por eso no significa nada. Solo unos pocos izquierdistas doctrinarios siguen hablando de la utopía, como una perfecta excusa para mirar al vacío sin prestar atención al mundo real en que malviven. Para poder seguir confiando en una regeneración socialista y revolucionaria de lo que nunca fue socialismo y hace mucho tiempo dejó de ser revolución.

Pero en este tema, estimado lector, cada cual debe cargar su propia cruz. Y, por si acaso viaja usted rumbo a esa utópica península de Hicacos, no se deje confundir por el cartel y siga por la vía costera. Al fin y al cabo los principales instigadores de los largos y tortuosos caminos, como nos sugiere el cartel de Alamar, hace mucho tiempo aprendieron a usar los atajos que los están llevando al disfrute de los nada discretos encantos del mercado desde la atalaya del poder político incontestado.


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