Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Cuba, Obama, Raúl Castro

La visita

El presidente Calvin Coolidge visitó una Cuba atada por la Enmienda Platt, cuya política y economía estaban bajo el control de Estados Unidos. Casi ochenta años después el presidente Obama visita a una Cuba sin economía, con una política totalitaria

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Siempre pensé que Obama iría a Cuba. En su momento, a posteriori: Barack Obama, el ciudadano.

Pero parece que va el Presidente, en marzo de este año 2016: la segunda visita de un presidente estadounidense en activo a un dictador cubano.

La primera, y única visita hasta ahora, había sido la del presidente Calvin Coolidge, que arribó a La Habana en el USS Texas en enero de 1928. “(...) big guns boomed salutes and a multitude of people cheered with the enthusiasm born of an intensive Latin nature”, describió el recibimiento una nota del New York Times del 16 de enero de 1928.

El visitado en aquella ocasión fue el presidente Gerardo Machado, que por esa época estaba determinado a convertir a Cuba en la Suiza de América, y construyó la Carretera Central, el Capitolio, el Hotel Nacional, el Centro Asturiano (en la actualidad uno de los dos edificios del Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana), el Hotel Presidente, y hasta amplió la Universidad, la cuál cerró posteriormente en medio de la crisis de su segundo mandato.

Machado, general del Ejército Libertador, presidente prolífico, “agua, caminos y escuelas”, asesino de estudiantes, empresario y político que derivó en corrupto y represor, el “Asno con Garras” de Martínez-Villena.

En 1933, cinco años después de la visita de Coolidge, Machado fue derrocado en un golpe de Estado auspiciado por el embajador de Estados Unidos, Sumner Welles. Escapó el general rumbo norte, y terminó sus días en Miami Beach.

Todos los caminos cubanos siempre han parecido conducir a Miami.

El presidente Barack Obama visita entonces Cuba, de nuevo a un dictador.

Esta vez, un dictador heredero, menor, improductivo, ineficaz, inepto para cualquier cosa que no sea mantener el poder. Un tipo diferente de dictador del que fue Machado, que solo logró nueve años en la presidencia. Un tipo diferente de dictador, este también general, benjamín de familia de dictadores, familia de gente fea, extraña, tan mediocres que les ha tomado cincuenta y siete años demoler un país, y todavía no terminan.

Pero los Castros le pudieran dar lecciones de supervivencia a Machado. Lecciones de cómo tener suerte y saberla aprovechar. De cómo ser sanguijuela, látigo y tirano. De cómo lograr que el presidente de Estados Unidos, resultado de la democracia y el voto de hombres libres, les visite a ellos, dictadores vitalicios, dignificándolos con su presencia. Sufre, Machado constructor, aprendiz de dictador.

Y Obama, pues va a Cuba.

Por lo pronto ya le cantan, desafiantes, los estribillos de la timba: “¡Obama, Obama, vuélvete loco, y ven pa´ la´bana!”. La gente se bambolea, ríe. El timbero suelta una parrafada, “¡´Ta bueno de abuso: cincuenta años jamando soga...!” El timbero se percata de que la frase le salió ambigua, peligrosa, que necesita inmediata enmienda. “¡Abajo el bloqueo!”, remata, prudente, y entra el coro en mi cabeza, “Obama, cojoneeee, dile a Raúl que convoque a eleccioneeee!”.

Porque algo así dirá Obama en La Habana. Lo mismo que ha dicho en otros lugares, y que muchos antes que él; que se requiere un cambio en la Isla, pluripartidismo, democracia, apertura, respeto a los derechos humanos.

Lo dirá, y va a ser escuchado con amabilidad, e ignorado a conciencia.

Le van a estrechar la mano, le van a mostrar la ridícula Asamblea Nacional, le van a traer un coro de pioneros —quizás hasta le hagan escuchar al timbero cordero— y lo van a pasear por La Habana Vieja. Mientras, lo van a cocer en esas herviduras de hombre nuevo, esas que hablan, escriben y gritan sus ¡viva!, con intensive Latin nature: “¡Obama, Obama, deja esa muela y disfruta la ´bana!”, será el mensaje. Después, un abrazo, le palmearan la espalda y lo enviarán de regreso a la Casa Blanca; perplejo tal vez, burlado de seguro.

La verdad, no tiene sentido práctico esa visita de Obama a Cuba.

El embargo/bloqueo, más símbolo que instrumento, es interpuesto por el desgobierno cubano en cada conversación. Eso, a pesar de que ninguna de las partes quiere que desaparezca: es la última pieza que le queda al gobierno americano en su cruzada pro democracia para intercambiar por una hipotética apertura en la Isla, y es la última excusa del desgobierno cubano ante su parálisis incurable.

Por su parte el general heredero no va a ceder un ápice de poder, y la razón es simple: no tiene ningún motivo para hacerlo. Al cabo, si han mantenido las riendas por cincuenta y siete años, pues por una simple visita de un presidente de Estados Unidos no van a renunciar a gobernar hasta que se culmine el traspaso del Gobierno a sus descendientes.

¿Que Obama va a hacer en La Habana un llamado al cambio y al respeto a los derechos humanos? Eso es seguro.

¿Que su discurso va a ser trasmitido en vivo y sin posible censura para los cubanos de la Isla? También es una certeza.

¿Que va a ser interpretado, explicado e inculcado como un acto de injerencia en los asuntos internos cubanos? Es un hecho: pura rutina de mesa redonda y NTV.

La visita fuera relevante si ya hubiera caído —como eventualmente sucederá— el Gobierno de Nicolás Maduro, y con ello hubiera desaparecido el petróleo chavista. La mesa de negociaciones tuviera en ese caso otra temperatura, el desgobierno cubano estaría contra la pared, sin opciones.

Pero no es el caso. Todavía.

Por eso la visita es simbólica: un cierre de proyecto, una visita de campo al deshielo que comenzó el presidente americano, que quiere ver de cerca el agua oscura del totalitarismo y el fracaso. Es algo, si acaso, personal.

El presidente Calvin Coolidge visitó una Cuba atada por la Enmienda Platt, cuya política y economía estaban bajo el control de Estados Unidos. Casi ochenta años después el presidente Obama visita a una Cuba sin economía, con una política totalitaria y represiva, asfixiada por el control de una familia de tiranos a la cual todavía subsidia Venezuela.

A no ser que la visita de Obama sea para ratificar alguna propuesta de las que se han negociado en la sombra, todo se reducirá al momento histórico, las fotos de rigor, y la comidilla noticiosa que durará un par de días en las primeras planas, y un poco más en las redes sociales de cubanos.

De cualquier manera, pues que le vaya bien en su visita a Barack Obama, el presidente benefactor; la verdad, ha hecho mucho por terminar el estúpido conflicto entre los dos países y, si hay algo que se puede afirmar sin temor a equivocación, es que los cubanos de la isla lo van a extrañar.

Pero no cuando se marche, dejando a La Habana mareada de euforia, sino cuando ya no esté en la Casa Blanca, y ya no haya quien haga nada por Cuba.


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