Actualizado: 10/07/2020 19:25
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Las meigas y los heptarcas

El proyecto de la 'revolución' consiste en sobrevivir. Eso es todo.

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Las reformas en Cuba son como las meigas en Galicia: de haberlas, haylas. Lo que está por ver es el alcance y las repercusiones que van a tener. Porque todo apunta a que Raúl Castro y los miembros de la heptarquía que designó recientemente han elaborado un plan de supervivencia que, en el fondo, se parece mucho al de la orquesta del Titanic.

Después de la Ofensiva Revolucionaria de 1968, alrededor del 95% de la economía quedó en manos del Estado. La propiedad privada sólo subsistió, muy menguada, en algunos sectores —fincas particulares, unos pocos pescadores y algunos taxistas— a los que el régimen atribuía una importancia mínima. El dominio casi absoluto de la vida económica, posible gracias a los subsidios soviéticos, le facilitó al gobierno el control casi total de la vida, a secas.

La crisis terminal del sistema soviético, iniciada en 1989, obligó a Fidel Castro a echar mano de medidas capitalistas para "salvar el socialismo". Al igual que hicieron Lenin —con la NEP en los años de 1920— y Janos Kádar —en Hungría, después de la insurrección de 1956—, el mercado fue el remedio para compensar la ineficacia productiva del Estado y la escasez y mala calidad de los bienes y servicios que la gestión estatal proporcionaba a la sociedad.

Cuestión de aquí y ahora

En Cuba se recurrió al capitalismo extranjero, en forma de inversiones y empresas mixtas; y, lo que resulta aun más sorprendente, al capitalismo nacional, tanto en su variante exiliada, en forma de remesas de dólares que todavía hoy constituyen un capítulo considerable del PIB, como en su variante interna, en forma de pequeñas empresas agrarias, restaurantes privados, artesanos y proveedores de los más diversos servicios.

Agotadas las posibilidades del estatismo, que ya se exploró casi hasta sus últimas —y trágicas— consecuencias, a partir de ahora toda reforma económica irá en el sentido del mercado, es decir, de seguir inyectando dosis mayores o menores de capitalismo para aliviar los males crónicos del sistema comunista. Los voceros del régimen pueden llamarle a eso como quieran —"perfeccionar el socialismo", "instaurar una economía social de mercado", "fomentar la autogestión" o "erradicar las tendencias negativas"—, pero la etiqueta ideológica no cambiará la naturaleza del asunto.

Porque la única manera de aumentar la productividad y mejorar el nivel de vida de la población —objetivos que ha proclamado el nuevo/viejo gobierno de Castro II— consiste en avanzar por el camino de la modernización capitalista, lo que equivaldrá a reducir proporcionalmente el grado de socialismo que prevalece en la economía de la Isla. Eso es lo que Raúl Castro viene haciendo desde febrero pasado con cautela y lentitud sumas, para no suscitar expectativas que puedan exceder el horizonte económico y desbordarse hacia otros ámbitos.

El problema de todas esas medidas parciales es que son arbitrios, paliativos cuyos límites se conocen ya de sobra. Trucos de supervivencia que no alcanzan para conformar un plan racional de desarrollo económico a plazo medio, y mucho menos una estrategia de largo alcance.

Por eso la pregunta que un estudiante universitario le planteó recientemente al presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón ("La revolución tiene un proyecto. ¿Queremos saber cuál es?"), es un interrogante sin respuesta. El proyecto de la "revolución" —es decir, de la cúpula del Partido Comunista que domina el gobierno y administra el Estado— consiste en sobrevivir. Eso es todo. Y la supervivencia no es asunto de largo plazo, ni siquiera del año próximo. La supervivencia es cuestión de aquí y ahora.

En el plano individual, es buscarse la vida y ver cómo se "resuelven" unas libras de carne o un poco de arroz para ir "escapando" y llegar a fin de mes. Esa mentalidad de "resolver" y "escapar", de ir tirando hasta ver qué pasa, es la del cubano de a pie sometido a las penurias de un sistema absurdo, porque es también, a escala del país, la del régimen que lo oprime. Ni plan quinquenal, ni desarrollismo, ni amaneceres gloriosos: insolidaridad, rapiña, grosería y neurosis colectiva es lo que predomina en el país real, ese que apenas comienza a asomar en las páginas de Granma.

Un puro milagro histórico

Cierta izquierda occidental solía vituperar al capitalismo emergente de los países en desarrollo añadiéndole el adjetivo de "salvaje", epíteto que llevaba implícita, por contraste, la índole científica y civilizada del socialismo. Hoy resulta fácil comprobar que es este último, el comunismo en su versión tardocastrista, el que merece el calificativo de salvaje, como empiezan a reconocer hasta los medios de comunicación del régimen, que suelen ser los últimos en enterarse de todo lo que ocurre.

El origen de esa quiebra económica, social y cultural habría que buscarlo en la mezcla de ignorancia, voluntarismo, soberbia y prejuicio antiliberal que condicionó las decisiones de Fidel Castro durante casi medio siglo: el desconocimiento supino de cómo opera la creación de bienes y servicios en una sociedad moderna; la fe en la primacía de la política y la ideología —de donde se derivaron boberías como aquella de "vamos a crear riqueza con la conciencia y no conciencia con la riqueza" y otras consignas del mismo jaez—; la necesidad de aplastar la autonomía del ciudadano para hacerlo más vulnerable y dependiente del Estado, y la presunta superioridad moral de quienes desprecian el dinero, el interés y otros instrumentos del capitalismo en aras de "ideales" más elevados, que casi siempre terminan generando nuevas modalidades de servidumbre.

Para quienes comparten esa cosmovisión, basta con elaborar un proyecto grandioso, capaz de ilusionar a las masas, y los recursos para llevarlo a cabo aparecerán luego como por arte de magia. Lo asombroso es que en Cuba así fue, por lo menos hasta 1991, gracias a los subsidios soviéticos. Y ha vuelto a serlo, aunque en menor cuantía, desde 1998, con la entrada en escena de Chávez y su revolución bolivariana. En ese sentido, cabe afirmar que la supervivencia del modelo castrista ha sido un puro milagro histórico.

Consciente del carácter sobrenatural y chiripesco de esa sobrevida, Raúl Castro intenta asentar su poder sobre bases económicas y sociales menos azarosas. Aunque sea a costa de dejar a su hermano en el (mal) papel de Casandra granmense, que cada tres días repite advertencias y sombríos vaticinios sobre la marcha de los acontecimientos.

En el contexto de socialismo salvaje que hoy prevalece en la Isla —corrupción, prebendas, latrocinio, restricciones arbitrarias y quistes monopolísticos al servicio de las 200 familias que detentan la autoridad y usufructúan la riqueza del país—, las reformas adoptadas hasta el momento tienen por único objetivo preservar la configuración actual del poder político y económico. Ese criterio dictará su alcance y limitará sus efectos.

Porque al contrario de lo que parecen creer los miembros de la heptarquía que desde finales de abril manda allí, la cuestión esencial de Cuba no es la escasa productividad ni los bajos salarios ni la mala calidad de la comida, la educación, la medicina, el transporte o la vivienda. Esos rasgos del socialismo cubano son meras consecuencias del problema fundamental, que es la falta de libertad y de garantías para la vida y hacienda del ciudadano.

Sin el derecho a ejercer las libertades fundamentales —de expresión, asociación, movimiento y participación política—, sin el amparo jurídico para la vida y la familia, y sin la protección explícita de la propiedad privada, todas las reformas seguirán siendo un intento de paliar los efectos sin modificar las causas. O, como dirían en Galicia, gaitas y cuentos de meigas.


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