Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Raúl Castro, Cambios, Cuba

Las tesis de abril

El primer enemigo de un cambio brusco en Cuba es el gobierno de Estados Unidos, que sabe que eso significa el prolegómeno de una guerra civil instantánea

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Garantizada la estabilidad de los vínculos internacionales gracias al restablecimiento de las relaciones con Estados Unidos, Raúl podrá concentrar todas sus energías en allanarle el terreno a la nueva generación de gobernantes cubanos, esto es, y dicho de manera más tajante, lograr el tránsito hacia el capitalismo. ¿Quizá lo haya expresado brutalmente? Si les complace, llámenle neocapitalismo, economía de mercado o una nueva modalidad muy ingeniosa ella del socialismo a la cubana. Cierto que conocimos un limitado oasis de bienestar luego del Primer Congreso del Partido cuando hubo la decisión de tener un país socialista en serio, con ingreso en el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica, la organización reguladora del comercio de los países de la esfera soviética) y todo lo demás. Incluso, registramos índices de crecimiento. ¿No se acuerdan? Había tarros de fresas búlgaras en los mercados, se vendían Ladas —¡y podías disponer de garantías y seguros!— y hasta hubo un par de tiendas en La Habana que vendieron pianos. ¡Pianos!

Pero Raúl tiene poco tiempo, como se sabe, por una cuestión de edad, y no puede dejar que las cosas se le vayan de las manos por una premura que, además, es innecesaria. Estemos claros que los primeros enemigos de un cambio brusco en Cuba son los americanos. Saben que eso significa el prolegómeno de una guerra civil instantánea. Las cosas deben seguir como hasta ahora, que van muy bien a ojos vistas. Tiene que deslizarse suavemente hacia el objetivo, como el movimiento sobre un plano inclinado, pero uno de gradiente apenas perceptible. En este sentido, hay dos cosas muy importantes que debemos reconocerle a Raúl. Al igual que Obama ha admitido —con galantería realmente inusitada de su parte— que la política norteamericana hacia Cuba de los últimos 50 años ha sido un fracaso; Raúl, de la suya, no está haciendo otra cosa desde que agarró el poder después de la enfermedad de Fidel, que aceptar como un desastre el producto de 50 años de voluntarismo y tropiezos del socialismo cubano. La otra razón por la que le debemos una condecoración al menor de los Castro: que aquí el único que se lo está jugando el todo por el todo, en esta aventura, es el mismo Raúl. Se le va el cuello en esta, señores. Un paso en falso y la soga de Saddam o la voladura de sesos de Kadafi no se la quita nadie al final del camino. De verdad que hay que tener los pantalones bien puestos para lanzarte en una empresa semejante teniendo como tus aliados al feroz enemigo de las vísperas.

Y las cosas, todavía, parece que irán mucho mejor a partir del próximo Congreso del Partido Comunista de Cuba, que ha de inaugurarse el próximo 15 de abril y donde se deben sentar las bases en firme de una nueva política económica. No serán meras palabras altisonantes si de verdad se va a separar el Gobierno de los productores, esto es, que los dirigentes se mantengan dentro de las suntuosidades de sus oficinas y coches, y no se inmiscuyan más en la actividad económica en cualquiera de sus variantes, privada, colectiva, empresarial, familiar, o desde una siderúrgica hasta un puesto de fritas.

El Congreso, como es menester, comienza en una fecha simbólica: el día inicial de lo que luego sería reconocido como la batalla de Playa Girón. Como se sabe, Fidel aprovechó magistralmente el fervor del combate de un país agredido y en vísperas de una invasión militar, para declarar al carácter socialista de la Revolución Cubana. Que su hermano retome la misma fecha para decretar la restauración del capitalismo en Cuba, no tiene por qué verse como una paradoja. Sería mejor contemplarlo, si no como una demostración de fuerza, como una de audacia. Estará demostrando en definitiva que, mientras no deponga las armas (o mantenga el control sobre ellas), una revolución puede acoger bajo su nombre cualquier tipo de formación económica.

Q&A:

Entonces… ¿hicimos la Revolución para después de medio siglo entregarles el país a los americanos? No, para eso sí que yo no tengo respuesta.


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