Actualizado: 14/12/2018 10:51
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Estabilidad, Cuba, Libertad

Libertad, estabilidad y disidencia

Si La Habana admitiera un mínimo de cordura, y diera muestras de superar el encasillamiento que ha mantenido por décadas, el peligro de un estallido social disminuiría

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El elemento primordial, tanto en las guerras de independencia como en los movimientos de derechos civiles, es la búsqueda de la libertad por encima de cualquier actuación fundamentada en el mantenimiento de la estabilidad. Además de un concepto, estamos ante un plan de acción.

El concepto es que la libertad actúa como un valor fundamental de motivación en cualquier pueblo —con independencia de credo, cultura, historia y origen—, mientras que el plan de acción se fundamenta en la estrategia para lograr que ese valor y esa motivación se encaminen al éxito.

De las declaraciones de los organizadores —que pueden ser más o menos fervorosas, pero no siempre efectivas— al logro de la movilización ciudadana transita la posibilidad de triunfo de cualquier movimiento a favor de la libertad.

Una buena formulación del principio de valorar la libertad por encima de la estabilidad aparece en The Case For Democracy, de Natan Sharansky y Ron Dermer.

Sharansky, un disidente judíosoviético, dedica las trescientas páginas de su libro a explicar como en una época sólo los disidentes de la desaparecida Unión Soviética y los países de Europa del Este; unos pocos líderes mundiales —Margaret Thatcher y Ronald Reagan— y algunos legisladores —los senadores Henry “Scoop” Jackson (demócrata) y Charles Vanik (republicano)— fueron capaces de poner por delante de otros intereses el ideal libertario.

Para Sharansky, la lucha por la paz y la seguridad debe estar vinculada con promover la democracia. De lo contrario, solo se consigue posponer el problema.

Expresa que así ocurrió durante la guerra fría, con la política de la Détente, hasta la llegada de Thatcher y Reagan al poder en sus países respectivos, y de igual manera sucedería en el Medio Oriente.

La confrontación, no necesariamente bélica pero sin dar respiro al enemigo, sería la única solución.

Sharansky ha sido un activista más que un político (aunque ocupó cargos en el parlamento y el Gobierno israelí). Ello no les resta valor a sus argumentos, pero obliga a situarlos en el terreno ideológico y no de la política práctica. En su obra, quien fuera un conocido disidente defiende tan ardorosamente sus argumentos, que en muchos casos pasa por alto aspectos que contradicen o complementan sus explicaciones.

Vistos los hechos con una perspectiva más amplia, la Détente contribuyó a la caída de la Unión Soviética, mucho más de lo que Sharansky está dispuesto a reconocer, y el afán de consumo jugó un papel tan importante como las ansias de libertad —quizá mayor— en la forma rápida en que los ciudadanos soviéticos y de Europa Oriental volvieron la espalda al sistema socialista en la primera oportunidad que pudieron. La falta de libertad les impidió hacerlo antes, pero la escasez de productos de Occidente les hizo correr de prisa al abrazo del capitalismo.

El no ceder una pulgada, el no admitir la necesidad de reconsiderar una política de represión feroz, que no admite la menor disidencia, no es algo nuevo en Cuba. Ello no exime a esa actitud de ser una muestra de debilidad del sistema.

En gran medida, esa debilidad es consecuencia de los tres pilares en que se fundamenta el Gobierno cubano: represión, escasez y corrupción.

El exigir una posición incondicional es abrir la puerta a oportunistas de todo tipo, quienes a su vez se desarrollan gracias a la escasez generalizada.

Por décadas el Gobierno cubano ha caminado en la cuerda floja, con la población controlada entre el uso de una represión casi siempre profiláctica y la ilusión del viaje a Miami, pero siempre bajo el peligro de un estallido social.

Si La Habana admitiera un mínimo de cordura, y diera muestras de superar el encasillamiento que ha mantenido por décadas, el peligro de este estallido social disminuiría. Pero, por el contrario, lo único que hace es alimentarlo a diario.

Detrás de este control extremo, que no permite manifestación alguna de los derechos humanos, hay un fin mezquino. El mantenimiento de una serie de privilegios y prebendas. La represión política actúa como un enmascaramiento de una represión social que ha penetrado toda la sociedad. En última instancia, el régimen sabe que el peligro mayor no es la posibilidad de que la población se lance a la calle pidiendo libertades políticas, sino expresando sus frustraciones sociales y económicas.

De producirse un estallido social en Cuba, el régimen lo reprimirá con firmeza. No hacerlo sería la negación de su esencia y su fin a corto plazo. Imposible no usar la violencia. La habilidad de ese gobierno ha radicado en evitar las situaciones de este tipo.

Los cubanos, mientras tanto, siguen a la espera. Y en todas partes, mantener la estabilidad de momento se impone sobre cualquier ideal de libertad.


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Una niña camina junto a un letrero con el nombre de Fidel Castro en la provincia de Pinar del Río Cuba, en esta foto de archivo.