Actualizado: 05/12/2019 10:02
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Lo recuerdo como si fuera ayer

En este testimonio, se cuenta lo ocurrido cuando dos jóvenes —uno de ellos herido y otro que sería asesinado poco después en Humbold 7— se presentaron en un apartamento de El Vedado, aquella tarde de un 13 de marzo de 1957, hoy hace cincuenta y tres años.

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El día comenzó igual a otros desde el golpe de Estado de Batista. Con muertos en la cuneta de la carretera central y en los repartos habaneros. Me había levantado temprano para hacer el dulce. Esa era mi tarea diaria. Desde hacía dos meses al menos.

El dulce tenía que estar listo antes de las doce, porque a esa hora ya estaba en 29 y F, para coger la guagüita que me llevaría al Príncipe, donde por fortuna estaba preso Alberto Mora.

Digo afortunadamente, porque desde que lo había cogido la policía ̶ cuando iba con su padre en un automóvil por una de esas calles estrechas de La Habana―, nadie respiró tranquilo hasta que Alberto estuvo en el Príncipe.

Alberto y su padre, Menelao Mora, iban a una reunión para ultimar detalles sobre el asalto al Palacio Presidencial y a Radio Reloj. Los policías Habían reconocido a Menelao, y cuando les dieron el alto, Alberto ̶ que acababa de cumplir 22 años― le dijo a su padre que huyera y él se quedó solo para enfrentarse a la policía. Pensó que éste era más importante y con mucha más experiencia para lo que se avecinaba, y era evidente que su padre estuvo de acuerdo.

Llevaron a Alberto para el Buró de Investigaciones y durante un mes estuvieron sacándolo todas las noches y repitiendo el mismo ejercicio macabro: le decían que caminara y comenzaban a rastrillar las ametralladoras, a decirle que ahora sí que lo iban a matar y a insultarlo.

Cuando lo trasladaron al Príncipe, la familia y los amigos respiramos. Había bajado 40 libras. Ya era muy difícil que lo desaparecieran.

Las visitas eran diarias, de doce a dos de la tarde. Podía entrar todo el mundo, pero sólo por diez minutos. Después de hacer una pequeña cola y ver a su familiar o a su amigo, uno salía y se colocaba de nuevo en la cola. Así era todos los días y durante dos horas. El viaje costaba un medio ida y un medio de vuelta.

Antes de caer preso, Alberto había estado escondido en la casa de mi cuñado, Guillermo Cabrera Infante, quien vivía con su familia en los bajos del mismo edificio de la calle 23, entre 24 y 26, en el Vedado, donde estaba mi apartamento en un tercer piso.

De pronto, a eso de las 3 de la tarde, comenzaron a pasar los tanques y camiones cargados de militares armados con fusiles y ametralladoras. Venían del campamento militar de Columbia y avanzaban hacia La Habana.

Desde el balcón de mi apartamento se veía todo el movimiento de soldados y policías. Salí a buscar a mi hermana de 5 anos, que estudiaba en un colegio de monjas cerca de allí. La llevé a su casa y regresé.

Para entonces ya se comenzaba a saber qué pasaba: habían asaltado el palacio presidencial.

A eso de las 5 o 6 de la tarde, y estando yo en el apartamento de mi hermana Marta y Guillermito, con toda la familia, llegó Dysis Guira acompañada de dos jóvenes. Uno estaba herido en una pierna y los dos estaban muy nerviosos.

Había que decidir rápido dónde se quedaban, y tras discutirlo por breves momentos, subieron a mi apartamento, ya que era un lugar más tranquilo, que nadie visitaba. La casa de los Cabrera Infante siempre estaba llena de gente, además de que había una niña de tres años, hija de mi hermana y mi cuñado.

Ya arriba, me enteré de que habían asaltado Radio Reloj, que iban en el carro junto con José Antonio Echeverría y que lo habían visto morir.

Se quedaron unos días. Primero se fue Joe Westbrook y días más tarde se marchó el Chino, Carlos Figueredo, al que acompañé hasta el carro que lo esperaba en 24 y 23.

Nunca más volví a ver a Joe vivo. Sólo el día de su muerte en Humboldt 7, cuando vi el cadáver que estaba expuesto en el Cementerio de Colón, con la cara ensangrentada y el pelo teñido de rubio.

El año pasado, la noticia del suicidio del Chino llegó pronto a Miami. Desde hacía años estaba retirado, tras una extensa trayectoria que incluyó un exilio en Miami durante la dictadura de Batista, su regreso a Cuba como miembro de la expedición del Directorio Revolucionario 13 de marzo, la participación en la toma de Santa Clara, un par de carreras universitarias que no sé si concluyó y una larga experiencia como oficial de la Seguridad del Estado y luego jefe de bomberos de La Habana. Esto sin olvidar que dejó varios libros inéditos, desde poemas hasta una autobiografía.

Lo último que supe de él, antes de conocer su muerte, fue hace ya varios años: el Chino manejaba un taxi y recorría diariamente las calles, en donde pudo morir en más de una ocasión y ahora sería el nombre olvidado de un CDR o un Círculo Infantil.

¿Debo agregar que el 14 de marzo seguí visitando a Alberto Mora en el Príncipe y llevándole dulces, hasta que lo liberaron?

(Alberto Mora se suicidó en septiembre de 1972)


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