Actualizado: 26/11/2020 16:04
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Iglesia Católica, Cardenal Jaime Ortega

Logros y retos: dos años de diálogo Iglesia-Estado

Desde las realidades políticas de hoy, en un diálogo nacional, las bases patrióticas comunes son tan importantes como el reconocimiento de diferencias legítimas, afirma el autor de este artículo

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Varios progresos en la política cubana de los últimos dos años vindican la posición constructiva del cardenal Jaime Ortega y la Iglesia católica. Los avances obtenidos por su metodología patriótica de diálogo y reconciliación contrastan con la histórica ineficacia de aquellos actores que prefieren lo contencioso y hasta adoptan posiciones ambiguas o favorables hacia el embargo norteamericano. El diálogo paciente de la Iglesia con el Gobierno no solo logró la liberación de los prisioneros de la primavera de 2003, sino también abrió nuevos canales de comunicación entre el Partido Comunista y la organización de más amplia membrecía dentro de la sociedad civil cubana.

Como resultado de esos logros, parciales, compartidos e incompletos pero avances al fin, se rompieron lógicas de confrontación. El diálogo iniciado el 19 de mayo de 2010 fructificó la construcción paciente y gradual por las comunidades religiosas cubanas de varios repertorios de acercamiento entre los diferentes componentes de la nación cubana. Rechazando la lógica subversiva enunciada en la ley Helms-Burton —que, como ha confesado uno de sus gestores, el ex subsecretario de Estado Roger Noriega, requiere un período de “inestabilidad y caos” en Cuba—, las comunidades religiosas cubanas optaron temprano por la formación paciente de identidades patrióticas, y democráticas.

Resistiendo las caricaturas simplistas de ángeles y demonios, las congregaciones de fe han preferido el anuncio a la denuncia, procurando dotar a la sociedad cubana con una consciencia de derechos humanos, fe y responsabilidad nacionalista. La esperanza es que la comunión nacionalista permita que los adversarios no sean enemigos, sino patriotas que discrepan privilegiando la civilidad, el acuerdo y la moderación. Esa cultura, no la imposición de resultados a priori, es la mejor contribución a la construcción de una Cuba soberana.

“Aguar fiestas”: berrinche de la irrelevancia

La Iglesia ha tenido que navegar entre la Escila de un estado comunista todopoderoso, que le ha costado demasiado a Cuba en términos de desarrollo y libertad, y la Caribdis de una oposición desleal que apuesta por el “caos y la inestabilidad”. Mientras el primero se esmera en posponer cambios urgentes y necesarios, la segunda fantasea, desde la esperanza de que mientras peor le vaya al país, mejor le irá a sus propósitos de subversión. Las comunidades religiosas buscan desmovilizar las polarizaciones y discutir racionalmente problemas que afectan a todo el pueblo cubano. Lo importante no es montar un show mediático sino marcar diferencias. Para frustrar ese propósito, en el marco de la última visita papal, se organizaron ocupaciones políticas de varios templos católicos anticipadas con bombo y platillo por Mauricio Claver Carone, el cabildero pro embargo por excelencia, como “un aguacero en la fiesta del Cardenal”.

Inmediatamente se desató la campaña mediática de habituales analogías históricas sin análisis. Los miembros del llamado Partido Republicano de Cuba no buscaban refugio de persecución en los templos, como sí ocurrió en otros países u otras épocas cubanas. Ocuparon templos no para rezar con los sacerdotes, o escapar de una persecución, sino para frustrar que el mundo se abriera a Cuba, y mejoraran las relaciones entre los diferentes componentes de la nación cubana, en la Isla y la diáspora. Actuaban como “aguafiestas”, imponiendo confrontaciones, contrarias a los objetivos que la Iglesia y el gobierno, principales anfitriones del Sumo Pontífice, se habían trazado.

Como la estrategia del berrinche fracasó ante la visita de Benedicto XVI, acompañada cordialmente por un sector importante de la diáspora, incluido el obispo Thomas Wenski de Miami, los mercaderes del revanchismo se han concentrado en difamar al cardenal Jaime Ortega. La idea sectaria es hacerle pagar caro al Cardenal de Cuba sus proyectos reconciliadores y su patriotismo, dañando la credibilidad de la Iglesia católica para nuevos diálogos.

Radio Martí, con Radio Mambí y Estado de Sats, a diestra y siniestra; insultaron a Su Eminencia con improperios que antes solo dedicaron a Fidel Castro. Es el mismo patrón de atacar lo mismo a Nelson Mandela, que al presidente James Carter, o incluso personalidades de la cultura como Juanes o Billy Joel. Ni siquiera Oswaldo Paya escapó a esa ira cuando visitó Miami en 2002. Todavía es descalificado como “ni pa’lla ni pa’cá” en los medios dominados por la derecha radical. Lamentablemente, en aquella coyuntura crítica que exigía cantarle a los plattistas la irrelevancia e ilegitimidad que les toca, el líder del movimiento “Liberación” optó por apaciguar a ese sector con discursos ambiguos como que el embargo, “no era un asunto nuestro” sino “una política de los Estados Unidos”.

Tanto el exilio radical de derecha como sus subordinados en la oposición interna saben que mienten al afirmar que el Cardenal es un agente del Gobierno cubano. Toda su campaña de mentiras se motiva en el conocimiento de que si triunfaran los proyectos reconciliadores, como el que el Cardenal promueve, habría que desmontar las estructuras de hostilidad a ambos lados del estrecho de la Florida. Y esa sí sería la peor derrota para las industrias del odio.

Por un nacionalismo plural y pragmático

Frente a los aguafiestas plattistas, la mejor respuesta nacionalista es asumir una lógica proactiva. En lugar de enfrascarse en debates espurios con posnacionalismos sietemesinos, que “no le paran la pechada a ningún potro”, la Iglesia y el Gobierno deben avanzar responsablemente con mayores aperturas. Después de haber caminado con la mano extendida a todo patriota, la disciplina inherente a una postura racional de reconciliación requiere no distraerse con aquellos que carecen de la mínima consistencia ética o política, y último, pero no menos importante, de poder.

Un nacionalismo moderno debe reconocerse como continuidad de las gestas heroicas desde la guerra grande hasta la actualidad, pasando por la lucha contra la enmienda Platt, la derrota de las dictaduras de Machado y Batista, y los días “luminosos y tristes” de la Crisis del Caribe. Como Rusia que aprendió a respetar a Finlandia, Francia y Alemania a Bélgica, Estados Unidos tendrá que respetar a un nacionalismo cubano orientado al desarrollo, incluso dentro de un orden mundial bajo su liderazgo. La derrota del embargo impondrá el funeral del plattismo en la política cubana. Aunque la soberanía de los estados sigue siendo el principio ordinal del sistema internacional, las naciones son, cada vez más, espacios trasnacionales que incluyen a sus diásporas. Para lidiar con esa tendencia, que se refleja en aumentos de las migraciones laborales, matrimonios cubanos a través del estrecho de Florida, y en el futuro miles de cubanos estudiando en otros países, el nacionalismo cubano del siglo XXI no puede ser rehén del pasado. La sociedad norteamericana de hoy difiere en identidad y composición a aquella cuya élite concebía a Cuba como una “fruta madura” a caer bajo su dominio por gravitación. La cercanía de Estados Unidos y el tratamiento a la diáspora cubana allí son retos, pero también oportunidades para el desarrollo, la democracia y el bienestar de la nación cubana toda.

La condena absoluta al plattismo, desde los principios del derecho internacional, no es óbice, sino condición necesaria para procurar el óptimo de una relación bilateral, respetuosa y cordial con Washington. En ese sentido, se impone una dosis de pragmatismo alta en La Habana, de modo que no se repita la situación del período Carter, cuando una supuesta “solidaridad” con el tercer mundo y el comunismo internacional, irrelevante a nuestros intereses nacionales, se priorizó sobre la necesidad histórica de obtener un “modus vivendi’ cordial con la superpotencia a noventa millas de nuestras costas. José Martí, que criticó como nadie el expansionismo norteamericano de fines del siglo XIX, también reconoció muchos elementos admirables y a emular en la gran nación norteamericana.

Si los que detentan el poder actúan con responsabilidad patriótica, y se mueven hacia el centro del espectro político, con un modelo de economía mixta y pluralidad acotada, nada habría que conversar con la derecha plattista, que no fuera la compasión gallarda con el derrotado. Contrario a la afirmación del profesor Eusebio Mujal de que Cuba vive una guerra civil con capitales del norte y el sur en Miami y La Habana respectivamente, el conflicto armado en Cuba terminó en 1965 con la victoria de las FAR. Las nuevas generaciones no tienen porque reeditar los conflictos de sus padres, sino construir una nueva gobernabilidad que reconozca la pluralidad política actual de la sociedad cubana actual y aquel hecho militar. Cuando Alexis Pestano, Lenier González y Roberto Veiga sugirieron en la X Semana Social Católica (“Todo el tiempo para la esperanza”) incorporar a la oficialidad militar a un diálogo con la Iglesia estaban reconociendo el balance de poder existente.

Desde las realidades políticas de hoy, en un diálogo nacional, las bases patrióticas comunes son tan importantes como el reconocimiento de diferencias legítimas. El Gobierno debería tomar en serio no solo la pluralidad existente en la sociedad cubana, incluida la diáspora, sino también el nivel de descontento que se respira en la población con respecto a muchas de las políticas oficiales y la lentitud y reducido alcance de las reformas implementadas. El Partido Comunista debería abandonar la soberbia de asumirse con el apoyo activo del noventa por ciento de la población. Hay un espacio para coalición y metas comunes entre sectores constructivos en el Gobierno, pero se impone una transición en Cuba desde una hegemonía en crisis al liderazgo. La agenda misma de cambios y su implementación debe ser no solo explicada y discutida sino negociada.

Es tiempo de que las elecciones del Poder Popular, por ejemplo, permitan espacios representativos de la pluralidad existente en el campo nacionalista. Cubanos con ideas diferentes a la ideología comunista, pero comprometidos con la soberanía nacional y un Estado de bienestar con acceso universal a la educación y la salud, deberían poder ser elegidos sin el veto o la intermediación de las comisiones de candidatura, controladas de facto por el partido comunista. La expansión paulatina de esa representatividad desde el municipio, a la provincia y de allí a la nación, podría esbozar un tránsito gradual a un congreso bicameral, como balance y contrapeso republicano, donde la existencia de una cámara alta, que enfatice la estabilidad y la pausa, permita la existencia sin peligro de una cámara baja menos tutelada, que demande la prisa.

De cara al futuro, el diálogo Iglesia-Estado requerirá de una mayor creatividad. Un elemento esencial es bajar falsas expectativas porque los mangos bajitos ya se cogieron. (Es el caso de los feriados religiosos y las celebraciones de peregrinaciones públicas de elevado simbolismo para la Iglesia pero baja dificultad para concesiones del Gobierno, de cara a sus sectores más doctrinarios). Un caso que probará la voluntad del Gobierno a abrir espacios legítimos a la pluralidad creciente dentro de la sociedad cubana, será su respuesta a los pedidos de la Iglesia católica a incursionar institucionalmente en la educación. La concepción de la Iglesia en esta área no es confrontacional, pero implica un cambio significativo en relación al casi monopolio del Gobierno en la formación de las nuevas generaciones. En ese sentido, un indicador relevante de madurez en el diálogo Iglesia-Estado es si sus líderes son capaces de articular un sistema de formación postgraduada bajo guía religiosa (sin que el contenido de la misma sea necesariamente de carácter religioso) en áreas de impacto social y económico.

Un reto inmediato para la Iglesia católica cubana será movilizar líderes e intelectuales de la emigración para la defensa de su postura dialogante dentro de la diáspora. Es lamentable que después de todos los esfuerzos del Cardenal Ortega para abrir diálogos con el Grupo de Estudios sobre Cuba o los redactores del informe “Diáspora y Desarrollo”, de FIU, ninguno de sus miembros ha tomado una actitud diáfana de defensa sin ambigüedades de las posturas dialogantes del Cardenal, de las cuales se han beneficiado. En ese sentido político, quizás la Iglesia debería exigirle a esos sectores más firmeza por los espacios y auditorios que les ha brindado. José Martí, quien decía que en la moderación esta “el espíritu de Cuba”, se encargó de defender esa postura sin falsas delicadezas. Cuba necesita un centro pro-reconciliación tan firme como los extremos que tratan de “aguarle la fiesta”.



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