Actualizado: 24/05/2019 17:31
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Los Castro rechazan cualquier apertura

La llamada línea dura del exilio se apresura a condenar al fracaso todo nuevo esfuerzo de negociación con La Habana. Pero en realidad, ¿no son la apertura, el diálogo y la negociación los que constituyen la verdadera línea dura frente al régimen de La Habana?

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La carta firmada por 74 ciudadanos cubanos pidiendo al congreso de EEUU que levante la prohibición de viajar a Cuba a los ciudadanos norteamericanos ha provocado escozor entre los partidarios de la línea dura en Miami. A sabiendas de que esto sería así, los firmantes de la carta admiten que el régimen se va a beneficiar de nuevos ingresos como caídos del cielo si se levanta la prohibición. Incluso admiten que estos fondos podrían servirle para reforzar su maquinaria represiva.

Pero el aumento de contactos entre norteamericanos y cubanos, sumado al ya creciente entre cubanoamericanos y sus familiares en la Isla, y al fomento de intercambios de todo tipo, contribuye a romper el bloqueo que el régimen ha construido para aislar a los cubanos de a pie.

Los turistas norteamericanos no van a traer la democracia a Cuba, pero tampoco lo ha hecho el embargo de EEUU, ni la prohibición de estos viajes.

El pasado abril, la Secretaria de Estado Hillary Clinton declaró: “Mi opinión personal es que los Castro no quieren el fin del embargo, ya que perderían la excusa de poder achacarle todo lo que no se ha hecho en Cuba en los últimos 50 años”.

Si el embargo ha sido utilizado por el régimen como el causante de todos sus fracasos —y en esto coincido con la Secretaria Clinton—, ¿no sería más sabio retar a Cuba a través de la apertura y el diálogo? El pasado año, el presidente Barack Obama reclamó “un nuevo comienzo” en la frágil relación entre los dos vecinos.

Y, pese a la escalada de la represión tras la muerte de Orlando Zapata Tamayo, la administración ha mantenido esta política. La Casa Blanca ha lamentado el fallecimiento de Zapata Tamayo, el acoso a las Damas de Blanco y el puño de hierro utilizado por el Gobierno contra una oposición cuyas únicas armas son sus ideas de libertad, derechos Humanos y democracia.

Los viajes de los cubanoamericanos a Cuba no se suprimieron, se concedieron visas a cubanos de la Isla para visitar a sus familiares en los EEUU, dar conciertos en el Carnegie Hall, o realizar investigaciones en la Biblioteca del Congreso. Diplomáticos estadounidenses continuaron realizando gestiones para liberar a Alan Gross, el experto en informática arrestado en diciembre. La ayuda humanitaria a Haití y el catastrófico vertido de petróleo de BP en el Golfo de México también forman parte de la agenda bilateral. Y el viernes 18, se celebró en Washington la tercera ronda de conversaciones sobre temas migratorios.

Todo intento de negociación con el gobierno cubano está expuesto a la frustración. El diálogo entre Raúl Castro y los obispos católicos ha conseguido la libertad de un preso muy enfermo, y el traslado de otros 12 a instalaciones cercanas a sus domicilios familiares. Quedan 25 presos enfermos y otros 15 en cárceles alejadas de sus familias. En total, quedan alrededor de 200 presos de conciencia, aunque la gestión de la Iglesia se encaminó concretamente a los activistas encarcelados durante la Primavera Negra de 2003.

A partir de la muerte de Zapata y los maltratos a las Damas de Blanco, La Habana se ha enfrentado a una escalada de censuras de la comunidad internacional. El comportamiento del régimen torpedeó los esfuerzos de España por normalizar las relaciones entre Cuba y la UE. Si el diálogo con la Iglesia se traduce en resultados más satisfactorios, la UE está dispuesta a reconsiderar su posición en septiembre.

No creo que la prohibición a los norteamericanos de viajar a Cuba se levante en los próximos meses. No obstante, la Casa Blanca tiene la potestad de liberalizar todos los viajes a Cuba excepto los de turismo. En sus dos últimos años, la administración de Bill Clinton diseñó una política más abierta hacia Cuba al hacer uso de las potestades del ejecutivo que no estaban limitadas por la Helms-Burton. El intercambio académico y estudiantil, la liberalización de algunos viajes, el comercio agrícola bajo licencia, fueron pasos en la buena dirección. George W. Bush continuó estas políticas hasta 2003.

El propio Obama y su “nuevo comienzo” representan una complicación para La Habana. Los cubanos de a pie aún están esperando por medidas que les permitan tomar sus propias iniciativas para ganarse la vida. Los jóvenes están impacientes. Existe una corrupción rampante incluso entre los antes adeptos al régimen. Los afrocubanos están desengañados sobre la igualdad racial proclamada por el gobierno. Lo último que necesitan los ancianos líderes de la revolución es apertura y diálogo.

La llamada línea dura del exilio se apresura a condenar al fracaso todo nuevo esfuerzo de negociación con La Habana. ¿Cuánto tiempo más debemos esperar por los supuestos resultados del embargo y la confrontación? ¿A caso su paciencia es una virtud y la nuestra un pecado? No lo creo.

En realidad la apertura, el diálogo y la negociación son la verdadera línea dura.


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