Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Conferencia Nacional del PCC, Castro

Los Castro y el límite

Raúl Castro y su séquito, frente a 811 delegados que lo aplauden, dictaminan lo que es bueno para el país, sin haber consultado con sus habitantes

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La pregunta es ¿dónde estaba Raúl Castro cuando, durante casi medio siglo, su hermano mayor establecía una de las dictaduras más férreas, sanguinarias y absurdas de que se tenga noticia? Sabemos la respuesta: al lado de su hermano, por él —Raúl Castro—adorado, aupado, venerado; animándolo. Y otras preguntas: ¿alguna vez Raúl Castro disintió de su hermano?, ¿alguna vez no lo valoró como un gran genio, como un hombre de suma honestidad, como su paradigma? Y otra: ¿alguien no estaría de acuerdo en que el mandatario heredero no ha sido más que un hombre sin talento político, portador de un discurso de confrontación, simplista y amenazador? Y otra, solo una anécdota: ¿alguien olvidó cuando el hoy gobernante de Cuba advirtió, refiriéndose a un dirigente entonces defenestrado, que, si alguien pretendiese modificar la revolución cubana, “lo ahorco de una guásima”?

Entonces, ¿cómo sería posible que tantas personas más y menos inteligentes, más y menos informadas, tanto dentro de Cuba como fuera de la Isla, cubanos y extranjeros, esperaran algún cambio político o siquiera un alivio de la tiranía, puesta en manos de Raúl Castro, para con el pueblo cubano? No había ningún indicio que apuntara hacia esto. Quiero pensar que solo el deseo de que así fuera llevara a tantas personas a creerlo, a tantos analistas, periodistas, politólogos a calcinarse los sesos exponiendo en uno y otro sitio sus análisis sobre el “cambio”, el “perfeccionamiento” o las “reformas” del régimen dictatorial existente en la Isla.

El pasado domingo 29 de enero, en la llamada Primera Conferencia Nacional del Partido Comunista de Cuba, Raúl Castro lo dejó claro: “Renunciar al principio de un solo partido equivaldría sencillamente a legalizar al partido o los partidos del imperialismo en suelo patrio y sacrificar el arma estratégica de la unidad de los cubanos”. Ya sé, esto no resiste el menor análisis. Los cubanos son tan torpes, tan vendidos, tan sin criterio propio, que ningún partido político que no sea el particular de los Castro podría aflorar en la Isla para el bien de sus habitantes. Ya sé, por sus estrellas Raúl Castro y su séquito, frente a 811 delegados —de ellos mismos— que lo aplauden, dictaminan lo que es bueno para el país, sin haber consultado con sus habitantes. Sé que esto no es noticia, así ha sido siempre. Solo que hoy las consecuencias serán catastróficas.

¿Qué viene? Ahora o más tarde unos y otros segmentos de la población se revelarán y se rebelarán contra la dictadura. De modo que ahora o más tarde las “fuerzas del orden”, porque así siempre ha sido, entrarán en acción y no dudarán en aplicar la fuerza en una u otra medida. Los resultados de esta confrontación, claro, son impredecibles.

¿Cuál es el objetivo de la dictadura castrista al plantar tamaña intransigencia? No sería muy arriesgado afirmar que los Castro, atendiendo a ese ánimo numantino que los caracteriza —“antes nos hundimos en el mar”, ha sido una de sus consignas—, buscan llegar al límite. ¿El límite? Un bloqueo multinacional que aísle aún más a Cuba. Una amenaza militar de Estados Unidos. Una real confrontación militar con Estados Unidos, lo más intensa y devastadora posible. Y me atrevo a afirmar que sobre todo esta última posibilidad es la que ellos pretenden, con ansias, sobre todas las demás. Porque así quedaría justificada su letanía guerrerista y antiimperialista de más de medio siglo. ¿O no?


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