Actualizado: 25/09/2020 0:20
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Fariñas, Disidencia, Exilio

Los comedores de Fariñas

Si el hambre es acicate del disgusto, mal podría capitalizarse políticamente este último proveyendo remedio humanitario a una causa eficiente como el hambre

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El problema cubano viene de tan lejos que ya suele tirarse a la bartola. Guillermo Fariñas anda por Miami “para junto a las organizaciones del exilio, coordinar la posibilidad de establecer comedores populares en Cuba que permitan a través de esa ayuda, engrosar el apoyo a la disidencia” (“La oposición dentro de Cuba tiene que unirse”, Diario Las Américas, octubre 20, 2014).

Esta oposición es aquella que Raúl Rivero elogió por sus líderes “con más de veinte años de experiencia” (“Delfín en un vaso de agua”, El Mundo, 28 de febrero de 2008), pero que no acaban de superar “el muro de la disidencia” advertido por Ivette Leiva Martínez en el fracaso de “su principal misión: convertirse en un movimiento popular” (El Nuevo Herald, 25 de febrero de 2009).

Leiva Martínez percibió “un soplo de aire fresco, esperanzador, [en] formas más originales e independientes [de] resistencia cívica ante la dictadura”, que vendría de “una promisoria muestra”: la bloguera Yoani Sánchez, el escritor Orlando Luis Pardo Lazo y el músico Gorki Águila. Y se preguntó: “¿Lograrán impulsar ellos un movimiento popular o al menos, la conciencia sobre la necesidad de la democracia en Cuba?” Han pasado más de cinco años y ni el roquerismo de Gorki ni las letras o imágenes del ya exiliado OLPL ni la tríada digital (blog-periódico-twitter) de Yoani han logrado movimiento popular alguno ni toma de conciencia.

Confusión de sentimientos

En anteriores visitas a Miami, Fariñas había largado ya desde tener cierta amistad con el tercer hombre del castrismo, Miguel Díaz-Canel, hasta saber por coroneles del MININT que asesores de Raúl Castro aconsejaban que algunos disidentes ocupen escaños en la Asamblea Nacional. Ahora se apea con el movimiento popular de los comedores, que no tienen “connotación política sino humanitaria”, pero ayudarían a encarar con éxito el reto de los disidentes: “capitalizar el disgusto de la gente”.

Aquí tenemos otro ejemplo cubiche del disparate que Giovanni Sartori describe como “contradicción práctica”: sacar igual provecho de acciones contrarias (La politica: logica e metodo in scienze social, Milán: SugarCo, 1979, p. 140). Si el hambre es acicate del disgusto, mal podría capitalizarse políticamente este último proveyendo remedio humanitario a una causa eficiente como el hambre.

En el afán por superar el muro de la disidencia, Fariñas no sabe ya si hacer política u obras de caridad. Y viene a proponer su iniciativa a un exilio que cumple, desde hace rato y por razones de biografías familiares, funciones de abastecimiento de la Isla, pero que desde hace más rato aún —desde el fiasco del Plan Torriente— se desencantó con la misión histórica de dar fondos “para la causa” y desconfía de todo administrador, aunque sea de un comedor popular.

Así y todo no hay reproche moral a Fariñas ni a nadie por continuar con tales iniciativas opositoras. El mercado de ideas es eso: mercado, y cada cual aprovecha como puede la coyuntura para ir tirando. Allá quien pague porque la oposición siga como hasta ahora: sin camino ni pueblo.


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