Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Cuba, Crisis, Período Especial

Los despertares de los Rip Van Castro

El régimen de La Habana continúa haciendo caso omiso de un precepto básico de su propia ideología: las relaciones de producción condicionan las relaciones sociales

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Un día de julio de 1990, el estruendo del derrumbe de la utopía este-europea despertó al Castro de turno, ese que soñaba con revoluciones mundiales y bombardeos nucleares que borraran de la faz de la tierra a su enemigo favorito, Estados Unidos.

Sin dilación, los llamó traidores, a los ya exsocialistas; diligente, armó un alegato tejido con consignas, parábolas, tangentes y, tanto se esmeró que, sin decir nada que valiera la pena, le dio el discurso para dos o tres horas de arenga que declamó en época de carnavales, al caer el sol.

No lo mencionó por su nombre, pero la Historia llegaba a una nueva encrucijada y se terminaba un sistema sociopolítico, fracasado en toda la línea; se terminaba también —y de eso estaba más que consciente, pero tampoco lo dijo— algo más importante: el mecenazgo de la URSS y sus satélites, que durante treinta años alimentó los delirios del dictadorzuelo de opereta, manteniendo a Cuba y cubanos como mascotas ideológicas y traviesas, y todo para molestar al vecino de enfrente. Que el paísito-mascota les orinara en la puerta de vez en cuando, era la idea.

En estos días, casualmente también de un mes de julio, pero un cuarto de siglo más tarde, le tocó despertarse el Rip van Castro heredero.

Esta vez es Venezuela la que se desmorona, toca fondo, y cierra la válvula del oleoducto chavista: Maduro tiene los días contados y, con él, llega a su fin la segunda bonanza para la Isla y los cubanos.

Pero a este Rip van Castro el despertador no lo agarró de sorpresa; cualquiera, aun con la frente escasa de los desgobernantes cubanos, sabía que algo así sucedería en cualquier momento. A diferencia del campo socialista, producto de la conquista y dominación soviéticas, y que parecía tan eterno como la amistad inquebrantable entre los pueblos de Cuba y la URSS, el chavismo llegó al poder a través de las urnas y por voto democrático.

Y por esa misma vía lo va a abandonar.

En el ínterin, prácticamente ha desaparecido la otrora primera industria cubana, la azucarera; la producción de concentrados de níquel y cobalto, que florecía en Moa y Nicaro, se redujo de manera drástica; el petróleo cubano, pesado e insuficiente, los cacareados nuevos yacimientos no aparecen; en las zonas francas bostezan por la inactividad, las inversiones extranjeras no llegan, y el país parece depender cada vez más del turismo de segunda y las remesas de sus expatriados. La agricultura sigue siendo ineficiente e improductiva; empresarios y senadores norteamericanos llegan a Cuba no a comprar mercancía para llevar a los mercados de Estados Unidos, sino a vender lo que cosechan sus votantes: cereales y alimentos del agro estadounidense, muchos de ellos subsidiados por ayuda federal.

Para colmo, los logros-banderas de los van Castro, la salud y la educación —programas que fueron financiados por la generosidad geopolítica de los exsocialistas—, han dejado de ser bandera para convertirse en guiñapos: es imposible que un país paupérrimo con un gobierno ineficaz e inepto, país del que todo el que puede, escapa, incluyendo a los profesionales, pueda sostener y hacer funcionar educación y salud a un nivel digno.

Mientras fluyó el petróleo ajeno en las venas de la Involución, los Rip van Castro se dedicaron una y otra vez a soñar utopías y a perder tiempo. Si hubiera que ponerle otro nombre a lo que sucede en Cuba, pues sería una haitianización galopante lo que tiene lugar; pero es otro Período Especial, llevado de la mano del desgobierno, el que toca a la puerta de los cubanos.

Las oportunidades perdidas

La última demostración del callejón sin salida ni soluciones en el cuál el gobierno de los Rip van Castro ha encerrado a la nación cubana, es la manifiesta incapacidad para aprovechar la generosidad del Gobierno del presidente Barack Obama que, en sus propias palabras, extendió la mano a ver si se la estrechaban.

Es más fácil imaginar a los de la línea dura, a los adoctrinados, aborregados por la voz aguardentosa de su general, atrincherados en un rincón enseñando los dientes como las bestias mediocres que son ante esa mano que se extiende, que estrechándola y aprovechando las oportunidades que un restablecimiento de relaciones con Estados Unidos propicia.

Porque eso, la total torpeza del desgobierno cubano, es lo que, de una manera u otra, ha sido la respuesta al famoso 17D —que ya en breve cumple dos años— y a la histórica visita de Obama, que puso en evidencia y ridículo a un régimen que solo se sostiene porque los cubanos perdimos en el camino entereza, raciocinio y corazón.

El desgobierno cubano, siguiendo la filosofía de los mantenidos que siempre han sido, ignoraron, y continúan consistentemente haciendo caso omiso, de los preceptos más básicos de su propia ideología: las relaciones de producción condicionan las relaciones sociales.

Siguen hablando de socialismo, aun en medio la crisis y la desesperanza.

Para ellos no se cumple aquello de “ganado está el pan, hágase el verso”; no entienden (o tal vez sí, pero no les importa) que la izquierda, en cualquiera de los tonos de su diapasón, solo puede sobrevivir dentro del capitalismo, porque el socialismo es absolutamente incapaz de crear tecnología, productos de calidad, riqueza de manera racional y abundante, y mucho menos de hacerla asequible a la gran mayoría.

Si algo han logrado los Rip van Castro es demoler sistemáticamente el país, y las consecuencias están a la vista.

Cincuenta y siete años después, el as bajo la manga es algo que han llamado “Conceptualización del modelo económico y social cubano de desarrollo socialista”, cosa-panfleto en cuya confección amanuenses e ideólogos oficialistas han perdido el tiempo que no tienen, escribiendo sandeces en su absurdo intento de apuntalar los escombros de la isla de Cuba.

Panfleto que no he leído ni leeré. No es necesario hacerlo para saber que es solo otra estupidez, otro eufemismo para enmascarar la absoluta falta de talento y creatividad del desgobierno cubano.

Todo indica entonces, decía, que otro “Período Especial” es inminente en Cuba.

Quizás sea el último. Tiene que serlo, pues ya no parece haber otros mecenas dispuestos a echarse al hombro el fardo de los Castro y su país en quiebra.

Es tal vez la oportunidad necesaria para que los cubanos también despierten de su modorra, echen a patadas sus desgobernantes, y para que, por fin, se hagan cargo de sí mismos.


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