Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Revolución, Cuba, República

Los eternos “revolucionarios”

Para los cubanos, la sobrevaloración de la identidad se ha convertido en un recurso eficaz en días difíciles, pero también es una enorme limitación

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El cubano es revolucionario por naturaleza. O al menos se lo cree. Todavía hoy existe la tendencia en el exilio de poner comillas al término, cuando se refiere a Fidel Castro o al sistema que este estableció en Cuba. Y cuando se entrecomilla, lo que en realidad se intenta es apostillar: difícil de aceptar lo de revolucionario en Castro, cuando se considera que hay que interpretar el engaño, comentar lo ocurrido, completar el texto para salvar a la “revolución”, aunque sea de palabra.

Más que un interés por el avance lento y sistemático, es característica del cubano el afán de acabar con todo para hacerlo distinto. Borrón y cuenta nueva. El mito del ave fénix. Vocación heroica, ideal mitológico.

Como las sociedades más estables no se construyen a golpe de héroes, siempre existe el problema de quedarse a medias.

La existencia de decenas de años de dictadura castrista ha brindado la justificación mayor: el extender un manto piadoso sobre los diversos períodos en que una y otra vez se intentó refundar la república, reiniciar el proceso constitucional y empezar casi de cero en el orden institucional. No se trata de postular una sociedad estática, sino de enfatizar la necesidad de una estabilidad, que Cuba ha estado siempre lejos de alcanzar.

Al saltar la barrera de la exaltación y querer llevar los ideales a la práctica, los cubanos nos limitamos a esquemas alejados de la realidad; nos rodeamos de patrones erróneos, solo justificados por la sonoridad de una frase. Acabamos encerrados en las limitaciones cotidianas.

Es entonces la hora de arribistas y demagogos, quienes repitiendo un discurso hueco sacan provecho de nuestras virtudes y debilidades.

A toda esta idealización e intenciones sublimes se contraponen actitudes mucho más apegadas a la realidad, que se imponen en la práctica y han hecho que en la política cubana siempre triunfen los vivos, o incluso los villanos.

Las raíces de la valoración exagerada de lo propio y la justificación a priori de nuestros defectos se remontan a la herencia hispana, y al surgimiento tardío del capitalismo de libre empresa en España y Latinoamérica.

La sobrevaloración de nuestra identidad se ha convertido en un recurso eficaz en días difíciles, pero también es una enorme limitación a la hora de conocer y analizar nuestras capacidades.

En nuestra nacionalidad se anidan no solo expresiones positivas y creadoras, sino también valores y sentimientos perniciosos, dispuestos a aflorar cuando las circunstancias lo permiten: llevamos el diablo en el cuerpo.

Fidel Castro ha desperdiciado millones de dólares y años de vida de los cubanos en planes agrícolas e industriales, guerras y guerrillas, proyectos que no han rendido resultado alguno. No ha sido el único.

En todos estos casos, junto al fanatismo los pequeños resentimientos; tras el afán heroico, las mezquindades y los prejuicios. Ello le ha facilitado la tarea al mal.

Junto a dirigentes políticos, generales y miembros de los cuerpos represivos, a la par de funcionarios y oportunistas, los pequeños seres que no han obtenido grandes beneficios y privilegios, salvo el placer de satisfacer sus rencores y envidias.

Algunos de ellos un día marcharon al exilio, y quizás nunca se han cuestionado que hicieron su pequeño mal de forma gratuita e injustificada. Son los que participaron en actos de repudio mientras aguardaban la llegada de un bote por el puerto del Mariel; los que aún hoy asisten a las manifestaciones, mientras alientan en sus corazones la esperanza de ganarse una visa en la lotería de la Oficina de Intereses.

Muchos han continuado aquí esa senda oportunista, amparados en su conocimiento de las “reglas del juego”.

Herederos de una tradición revolucionaria caricaturesca, son ellos una caricatura. No como una forma expresiva sino como una vulgaridad ramplona. Trazos mal hechos, seres deformados, existencias vanas.

Se habla sobre la necesidad de juzgar, condenar o perdonar a todo aquel que en determinado momento ejerció un papel más o menos destacado durante estos largos años de régimen castrista, que pese a todo no culmina. De igual importancia es analizar la miseria humana que nos impulsó o nos conduce a cometer cualquier pequeña infamia. Miserias humanas en el exilio y en Cuba: una historia que se repite, sin aprender de ella.


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