Actualizado: 14/09/2019 3:07
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Haití

Los exiliados mantienen su fe

Lo que los haitianos que emigran dejan atrás resulta obvio: la miseria extrema y élites codiciosas les dejan poco margen para aspirar a un futuro mejor

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“La fe nos hace vivir, pero la miseria nos divide”, le confesó un haitiano radicado en Miami a Margarita Mooney, la autora del libro Faith Makes Us Live: Surviving and Thriving in the Haitian Diaspora (La fe nos hace vivir: sobrevivir y prosperar en la diáspora haitiana, N. del T.), (University of California Press, 2009).

Durante 16 meses, Mooney vivió entre inmigrantes haitianos en las ciudades de Miami, Montreal y París, aprendió a comunicarse en creole y se ganó la confianza de las 150 personas que entrevistó. Tanto la esperanza como la aflicción constituyen la esencia de lo que significa ser haitiano. No importa lo que les depare la vida, la naturaleza o incluso los poderosos, los haitianos no pierden la fe: Dios es bueno (Bondye bon).

El libro retrata la diáspora haitiana con la religión como centro. ¿Por qué los haitianos abandonan su país? ¿Cómo les ha ayudado la fe a adaptarse a culturas extrañas y, a menudo, poco acogedoras? ¿Cómo interactúan sus líderes con las instituciones gubernamentales o cívicas de las ciudades a las que han arribado?

Lo que los haitianos que emigran dejan atrás resulta obvio: la miseria extrema, la política depredadora, el hábitat degradado y élites codiciosas les dejan poco margen para aspirar a un futuro mejor. Los católicos haitianos —de hecho, todos los católicos, aunque las trágicas circunstancias de Haití le infunden a su fe un inusual patetismo —hallan alivio en la encarnación de Dios en Jesús, intentan vivir según sus enseñanzas y confían en la divina providencia.

Con la esperanza, los rezos y su entrega a los demás, los haitianos practican su catolicismo. Y añadiría que todas las religiones se guían por estos sencillos preceptos, como si fueran la Estrella Polar. Pero Mooney se adentra en la diáspora haitiana valiéndose se un profundo conocimiento sociológico y de los haitianos que entrevistó.

Notre Dame d’Haiti constituye una floreciente comunidad religiosa de Miami con más de 2.000 practicantes. Si Thomas G. Wenski —en los años 80 párroco de Notre Dame y arzobispo de Miami en la actualidad— no hubiera defendido sin cejar a los “refugiados que nadie deseaba”, la Arquidiócesis no hubiera respondido tan rápidamente a las necesidades de los haitianos. Sin embargo, su receptividad les aseguró un poderoso patrocinador institucional.

A menudo se describe la sociedad estadounidense como un “crisol de culturas”, un melting pot, si bien es cierto que se trata de una sociedad en la que los inmigrantes se asimilan mientras mantienen sus rasgos culturales diferenciados. Y a pesar de sus penalidades anteriores y sus todavía altas tasas de pobreza, los haitianos de Miami se han beneficiado del lugar prominente que ocupa la religión en nuestra sociedad. La separación de la Iglesia del Estado no ha disminuido, en modo alguno, la religiosidad en los estadounidenses.

Notre Dame en Miami se convirtió en una comunidad moral haitiana, con misas en creole, grupos juveniles, actividades familiares y grupos de oración. Más tarde, el Centro Pierre Toussaint brindó servicios para apoyar la adaptación de los inmigrantes y, a lo largo de los años, ha conseguido reunir millones de donaciones externas, la mayoría provenientes de organismos gubernamentales, lo que les ha permitido ampliar su misión.

Al final, por lo tanto, los haitianos de Miami encontraron una cooperación en su adaptación que fue fomentada por una confluencia de su fe, con acciones de sus líderes, la Arquidiócesis y las instituciones del Gobierno de EEUU.

En Montreal y París, sin embargo, se encontraron en circunstancias menos favorables.

A primera vista, Montreal pudiera parecer una anfitriona más acogedora que Miami. Aunque sea parcialmente, Québec y Haití comparten un idioma y una cultura. Pero a principios de los sesenta, Québec se movió en una dirección más secular que tuvo como resultado apartar al catolicismo de su anterior posición prominente en la cultura, la educación y los servicios sociales.

El multiculturalismo canadiense —entendido como integración y cooperación entre organizaciones de diversidad étnica— desaprobaba que el Gobierno otorgara fondos a grupos étnicos individuales. De manera que el centro de Montreal equivalente al Toussaint Center pasa apuros desde el punto de vista financiero. El conflicto es lo que señala, sobre todo, a la diáspora haitiana de Canadá, que todavía mantiene una fuerte identidad católica y étnica.

Notre Dame d'Haiti en MiamiFoto

Notre Dame d'Haiti en Miami.

Al residir en vecindarios diferentes, los haitianos no han conseguido conformar una única comunidad unida. Los entrevistados por Mooney con frecuencia se referían a su soledad. La fe todavía los sostiene, aun cuando sus iglesias no consiguen lograr algún resultado meritorio en su mediación a su favor con organizaciones seculares y oficiales.

Tanto en Miami como en Montreal, los haitianos constituyen la mayor comunidad de inmigrantes negros. Y en París, son confundidos con africanos, que son más numerosos. Los haitianos, por tanto, tienden a ser “invisibles”; además de que la cultura francesa resulta más difícil para la adaptación de los inmigrantes.

El republicanismo francés —la ciudadanía como parte de los ideales republicanos— constituye la esencia de la identidad nacional francesa. Los inmigrantes pueden hacerse ciudadanos y a los hijos, nacidos en Francia, se les otorga la nacionalidad a la edad de 18 años. El gobierno francés, además, les brinda ayuda en los trámites de su estatus legal. Pero, en general, las autoridades francesas se distancian de los problemas sociales que deben enfrentar. Y, en ese sentido también, los haitianos terminan siendo “invisibles”.

Los haitianos en las tres ciudades viven de la esperanza, los rezos y su entrega a los demás, pero la historia y la cultura de Estados Unidos, Canadá y Francia los separa. Es francamente recomendable el libro de Margarita Mooney.


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