Actualizado: 18/10/2019 17:37
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Caribe, Cuba

Los holandeses, el otro país y el primer poema

El comercio de contrabando era la salida para las menores o mayores penurias, y ya en el siglo XVII todo un sistema en que predominaban los holandeses

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El siglo XVII fue un período de crisis y transición en la historia europea. Un siglo eminentemente barroco que marcó la decadencia de la madre patria. Pero paradójicamente también fue parte de ese Siglo de Oro de la cultura española —como lo denominó Lope de Vega— en virtud de la tremenda densidad literaria y cultural de España en este período. Quizás por esa hermosa cualidad que tienen los literatos de producir más y mejor mientras más sufren.

En el Caribe es el siglo que casi nadie menciona. Solo se habla de hechos aislados. Y dos de estos hechos que ocurrieron en su primera década trajeron para el Caribe dos resultados inesperados que han sobrevivido hasta hoy: un nuevo país y un primer poema.

En la metrópoli el siglo se inauguró con una fuerte ofensiva contra los herejes al calor de la Contrarreforma y de la humillación que sufrieron los españoles en los Países Bajos. En 1609 fueron expulsados de España unos 300 mil musulmanes conversos, los moriscos, que eran distinguidos por rasgos como la frecuencia del baño, las ropas de colores, la preferencia por el aceite de oliva y la sana adicción a las frutas y los vegetales. Muchos autores consideran este hecho como una estocada muy costosa, pues significó la expulsión de lo que hoy llamaríamos un precioso capital humano. Y a juzgar por la descripción anterior, también del buen vivir.

Todo ello repercutió en el Caribe, epicentro de la ruta comercial más valiosa de la época. Hacia el Caribe había afluido la mayor parte de los piratas y corsarios que hasta la primera mitad del siglo XVI habían operado fundamentalmente en un triángulo cuyos vértices eran Las Islas Canarias, Los Azores y Gibraltar. Y aunque ello incrementó la presencia del pirata clásico —descripto originalmente por Exquemeling, embellecido por Espronceda y caricaturizado por Errol Flynn— junto con él también apareció el contrabandista que encontraba más rentable comerciar con el enemigo que saquearlo. Al menos eventualmente.

Aunque el sistema de flotas —ensayado desde la cuarta década del siglo XVI y establecido oficialmente desde los 60— hacía un uso perfecto del sistema de corrientes marinas, era muy imperfecto en cuanto a la atención a las colonias establecidas, muchas de las cuales estaban casi totalmente desconectadas, como fueron los casos de La Española, Puerto Rico, la costa venezolana y el oriente cubano. Y otras, aunque más favorecidas —como fue el caso del Caribe Occidental— sufrían frecuentes penurias debido a las estrecheces propias del mercado español controlado por los andaluces y a la inseguridad del tráfico.

El comercio de contrabando era la salida para las menores o mayores penurias, y ya en el siglo XVII era todo un sistema hegemonizado por los holandeses “luteranos” que contaban con varias flotas itinerantes que abastecían a Europa de cueros, sal, tintes y otros productos vitales para la naciente industria capitalista. Era un comercio de muchas caras, que se producía tanto en las capitales coloniales (para regocijo de las autoridades de todo tipo y con los suficientes camuflajes) o en sus periferias, donde los pobladores locales y los “herejes” aprovechaban la lejanía para operar abiertamente. En ocasiones los holandeses se trocaban en efectivos piratas, como sucedió en 1628, cuando capturaron la Flota de la Nueva España en la entonces despoblada bahía cubana de Matanzas. O en menos afortunados conquistadores como cuando guerrearon infructuosamente en San Juan de Puerto Rico, dejando a la posteridad la ciudad destruida y la mejor colección de mapas del Caribe Colonial temprano.

El comercio de contrabando tenía niveles escandalosos en las villas ubicadas en el oeste de La Española, donde mayormente hoy se ubica la República de Haití. Y gracias a ello allí funcionaban los poblados más pujantes fuera de la capital Santo Domingo. Uno de ellos, La Yaguana tenía unos 300 habitantes, cifra muy alta para una colonia empobrecida y en despoblamiento, mientras que otra media docena —Puerto Plata, Bayajá, Yáquimo, Salvatierra, Montecristi, Puerto Real— se contentaban con menos población pero roles muy importantes en el aprovisionamiento de otros poblados mayores.

En 1603 el gobernador español Antonio Osorio —caracterizado por su inagotable terquedad— recibió la orden de despoblar el occidente y norte de la isla, y trasladar a todos los habitantes a un triángulo en torno a la capital. La ejecutó con particular celo y el auxilio de un centenar de soldados traídos de Puerto Rico. Aunque los proto-dominicanos intentaron resistir, eran pocos y no pudieron detener el avance de las tropas que actuaron con toda la violencia que justifican los fundamentalismos. Muchos pobladores fueron asesinados. Los historiadores dominicanos le llaman “las devastaciones de Osorio”, un apelativo muy gráfico que denuncia el grave desastre socioeconómico que la fe militante produjo en la colonia primada de América.

Un siglo más tarde, cuando bajo la férula borbónica se intentó repoblar la zona con campesinos canarios, ya los franceses habían ocupado buena parte del terreno abandonado. Y habían fundado la colonia más contradictoria del Nuevo Mundo: Saint Domingue. Una colonia muy opulenta y a la vez contentiva de las mayores miserias humanas. Un conocido sociólogo haitiano, Jean Casimir, sintetizó la contradicción en una oración: “La opulencia de los amos era proporcional a la indigencia de los servidores”.

Pero mientras esto sucedía en la parte occidental de La Española, no muy lejos de allí, en el poblado oriental cubano de Bayamo los proto-cubanos se prepararon para otra resistencia. En realidad en materia de contrabando los pobladores de la Yaguana eran boys scouts en comparación con los de Bayamo. Según Moreno Fraginals, en 1606 se reportaban 29 navíos extranjeros en el puerto fluvial que usaba la ciudad —la desembocadura del río Cauto— de los que 24 eran holandeses. No es casualidad que Bayamo era en 1580 la villa cubana con mayor población, unos 500 a 600 habitantes, muy superior a la reportada por La Habana y por la entonces capital Santiago de Cuba. Ni es casual que decidieran enfrentar por todos los medios a las intentonas represivas del gobernador Pedro Valdés, un pariente del otrora hombre fuerte del Caribe —Pedro Menéndez de Avilés— y, según los historiadores, fuertemente enrolado en el negocio del contrabando desde su alta posición gubernamental.

Finalmente el Gobernador desistió ante las muchas maniobras leguleyas y gestiones políticas de una élite local que había logrado controlar los predios del cabildo. Los bayameses salieron airosos. Y posiblemente el incidente hubiera pasado sin penas ni glorias si no hubiera sido porque en 1604 vivía en la villa un funcionario canario llamado Silvestre de Balboa, quien escribió un largo poema encuadrado en los cánones renacentistas, cuyos más de 1.200 versos en octavas reales describen las luchas de los bayameses contra un pirata francés, Gilberto Girón, cuando éste intentó cobrar un rescate por la devolución de un obispo secuestrado.

El poema es considerado la primera obra literaria cubana. No sé respecto al Caribe, pues finalmente no olvidemos que Fernández de Oviedo vivió mucho tiempo en Santo Domingo, donde también vivió Tirso de Molina por dos años. Pero de cualquier manera eso no es lo más importante pues “Espejo de paciencia” —el titulo del poema— es, como literatura, poco agraciada, y al final fue escrita por un canario. Creo —recordando a Moreno Fraginals— que su importancia es política, probablemente el primer alegato a favor de los hombres de la tierra y del poder local emergente.

En resumen, habría que reconocer que no nos fue tan mal. Los habitantes de Santo Domingo español perdieron un tercio de la isla que antes fue solo de ellos. Pero los caribeños ganamos la genuina presencia cultural haitiana, una sociedad que ha sabido sobrepasar todos los obstáculos y también superará los presentes. Y aunque como cubanos hemos tenido que leer en algún momento de nuestras vidas el “Espejo de paciencia”, lo que pienso que siempre agregó a nuestras adolescencias una nota de consternación, también ganamos un poema ancestral sobre esta pelea cubana contra los demonios del autoritarismo y la arbitrariedad. Curiosamente ocurrida en la misma patria chica donde dos siglos y medio después fue proclamada por primera vez la independencia nacional.


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