Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Lineamientos, Cambios

Los “Lineamientos” y los municipios

El sistema municipal cubano, a pesar de todos sus límites, mantiene potencialidades

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Una de las más llamativas omisiones de los Lineamientos de la Política Económica y Social es, sin lugar a dudas, el asunto de la descentralización estatal y los municipios. Para ser un documento que se propone trazar los derroteros del desarrollo, al menos por el próximo quinquenio, diría que es una omisión inexcusable. Y es así porque la dinámica de la globalización —a la cual Cuba no escapa por mucho que lo intente— es justamente la repetida violentación de los estados nacionales (el logro político clave de la mundialización capitalista en el siglo XVIII) y la inserción/marginación selectivas de las regiones subnacionales. Y en consecuencia, la idea del desarrollo sostenible no es posible sin una visión integral y metas que incorporan sociedades y gobiernos locales vigorosos.

Los Lineamientos dedican cuatro puntos al tema territorial, donde sencillamente dicen que los gobiernos locales quedan separados de la gestión empresarial, que hay que delimitar funciones entre ellos y el Gobierno central y que hay que enfatizar el desarrollo local percibido como autoabastecimiento local, lo cual se adjudica, especialmente en el área de la producción de alimentos, a los municipios. Luego hay algunas alusiones al asunto, la más interesante de las cuales es la mención en el acápite de la inversión extranjera a las Zonas Especiales de Desarrollo, que se explican para todos los fines, por lo que no sabemos bien si se refieren a los experimentos venezolanos del mismo nombre o a las inmensas zonas especiales chinas. O a las dos, es decir aludiendo sentimentalmente a las andanzas de los camaradas bolivarianos, pero objetivamente apuntando a los bolsillos de los epígonos de Deng Xiao Ping.

Para mí lo más fácil sería decir que no saben lo que hablan, y luego reírme de la supuesta ignorancia de los dirigentes cubanos mientras me miro al ombligo. Pero el asunto es mucho más complejo. Es probable que los autores de los Lineamientos no sepan algunas cosas. Pero es probable que aún sabiéndolas, no las quieran hacer. O que las conozcan y las quieran hacer, pero no puedan. Y esto último es lo que realmente sucede en este tema, y me temo que en la mayor parte del documento.

El sector tecnocrático empresarial que encabezan los militares, sabe a dónde va: convertirse en burguesía al calor de la relación con la economía capitalista global y negociar al país desde su posición de detentador cuasimonopólico del poder político. Y en términos técnicos maneja muchas claves para poder hacerlo. Su límite no es cognoscitivo, sino político, pues es muy difícil hacerlo sin producir efectos fatales para su proyecto de poder. Intuye que no puede ir en su ajuste más allá de determinados límites, pero tampoco quiere contraer compromisos paralizantes frente a esos mismos límites. De ahí que los Lineamientos son particularmente cuidadosos de no establecer compromisos con los sectores trabajadores, ni hablar de la participación laboral y comunitaria, y de obviar todos las referencias institucionales. Como se dice, habla permanentemente del amor sin mencionar jamás al sexo.

Los municipios entran en este saco. Los descalifican y reducen a nada. Y no es la primera vez que la clase política cubana lo hace. Por una razón: son una zona de potencial conflictividad política, donde la gente hace su vida cotidiana, donde sus habitantes han sido enseñados a demandar y a esperar respuestas, y donde finalmente el Estado entra en contacto directo con la ciudadanía.

Vale la pena recordar algo de historia. El sistema municipal cubano ha sido la pieza más original y dinámica del sistema político postrevolucionario. De hecho, cuando fue creado en 1976, era el sistema municipal más avanzado de todo el bloque soviético, pero también más avanzado que muchos sistemas municipales latinoamericanos. No había en ellos nada parecido a una autonomía municipal, ni siquiera tenían acceso directo al mercado y se guiaban por presupuestos “blandos” asignados centralmente. Pero insertos en un modelo económico de recursos relativamente abundantes, tenían la posibilidad de satisfacer directa o indirectamente las demandas de la población en torno a sus vidas cotidianas, en particular en poblados pequeños y medianos. Entre Gobierno y población existía un interesante entramado de participación. Se decía entonces que el Poder Popular era popular pero no era poder.

Cuando la crisis asomó, los municipios fueron dejando de ser “populares” en la misma medida en que la asignación de recursos se debilitó y los ayuntamientos carecían de las atribuciones para movilizar recursos propios en sus jurisdicciones o del ámbito internacional. Si en 1986 el éxito de un delegado se medía por la cantidad de demandas que recibía (signo de confianza de sus electores), desde fines de los 80 se les medía por la cantidad de demandas que podían rechazar. Fue entonces cuando comenzó a hablarse de la necesidad de “perfeccionar” el sistema municipal al menos en tres direcciones: otorgarle mayores atribuciones, recursos y funciones mediante la descentralización del Estado; hacerlos más autónomos mediante una ley orgánica propia; y hacerlos más democráticos mediante la dinamización de sus espacios de participación, transparencia y elección.

Esta demanda estuvo en el centro de los planteamientos realizados en las asambleas que precedieron al IV Congreso del PCC y en grupos técnicos y profesionales ubicados en el Estado o en la incipiente sociedad civil. Fue entonces cuando apareció una inédita actividad comunitaria acompañada por activistas y académicos que decidieron aprovechar la “tolerancia por omisión” de políticas que caracterizó el período 1990-1996.

Al final la clase política decidió poner orden de la única manera que sabe hacerlo: se cancelaron las consultas para la ley orgánica, fueron subordinadas o disueltas las organizaciones que habían estado implicadas en estos procesos (en ocasiones mediante fuertes represiones políticas como sucedió al CEA y a Habitat-Cuba) y las experiencias comunitarias fueron insertas en los llamados “consejos populares”, engranajes burocráticos submunicipales que quedaron como áridos testimonios institucionales de aquel proceso. Lo que muchos percibimos como el punto de partida de un sistema descentralizado, participativo y comprometido con el desarrollo local, se trocó en un punto de llegada para la gobernabilidad del régimen político centralizado y autoritario.

No sé qué sucedió en las discusiones públicas que tuvieron lugar hace unos años y cuyos resultados nunca se han dado a conocer. Pero estoy seguro que el tema municipal volvió a sus andadas, sencillamente porque es imprescindible. Y lo es para mucho más que para lo que enuncian los Lineamientos: producir comida barata en aras de la sobrevivencia y la tranquilidad pública mientras que la élite política continúa su proceso de conversión burguesa.

El sistema municipal cubano, a pesar de todos sus límites, mantiene potencialidades. Por ejemplo, los municipios cubanos han logrado evitar la fragmentación, y se conservan como unidades territoriales y demográficas consistentes, a diferencia de buena parte de sus congéneres latinoamericanos que carecen de las masas críticas imprescindibles para planear el desarrollo. También poseen recursos humanos envidiables y sus consejos de administración y asambleas se componen de personas con altos niveles educacionales, sensibilidad social y experiencias administrativas. Si de lo que se trata es de avanzar hacia un desarrollo territorial más equilibrado mediante la formación de encadenamientos productivos y de servicios, entonces la formación de municipios fuertes, transparentes y participativos no es una opción que se pueda obviar.

Por muchas razones esta es un área que requiere de particular atención en la Cuba del futuro —en la República con todos y para el bien de todos que estamos obligados a pensar— donde la democracia, el desarrollo y la justicia social deben imperar por encima de cualquier otra consideración doctrinaria. No es la única, por supuesto, pero sí una de las más importantes. Probablemente es por su importancia que los autores de los Lineamientos han preferido mantener el tema en el fondo del closet.

Quizás de aquello que una vez dijo Martí de los municipios como “la savia de la libertad”.


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