Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Cuba, Raúl Castro, Cambios

Los nichos abarrotados

Hoy resulta muy difícil saber qué está sucediendo, quién es quién en el nuevo entramado político y administrativo y en qué dirección se mueven las fichas políticas en la Isla

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A Raúl Castro es difícil suponerle una particular sofisticación en el ejercicio del pensar. Dicen que es un hombre llano que ni en sus discursos, ni en sus conversaciones, intenta demostrar versatilidad intelectual. Y habría que reconocer que lo logra plenamente. Pero hay un campo en que el General/Presidente es un buen practicante: el ejercicio incontestado del poder.

Por eso apenas confirmado el retiro de su hermano se encargó de recomponer la élite política. Pues el General/Presidente sabe que en regímenes políticos duros pero frágiles como el cubano, la existencia de una élite absolutamente leal, sin fisuras, es una condición para la sobrevivencia.

Lo primero que hizo fue anudar una alianza conservadora con la burocracia partidista encabezada por el político menos simpático que ha conocido la Isla —José Ramón Machado Ventura— a quien nombró vicepresidente. Y luego ha ido cargando contra los cuadros aupados por Fidel Castro. En un principio las víctimas fueron una serie de figuras políticas o administrativas. Ahora parece que los cañones se dirigen contra los miembros de la tecnocracia empresarial que había servido de bisagra para la articulación de la economía nacional con diferentes áreas de la economía globalizada. Unos con incontestables pedigríes “revolucionarios”, otros con inmaculados sellos gerenciales, han caído acusados de deslealtad, corrupción o incompetencia, según el caso, y han salido de diferentes maneras de la esfera pública nacional. Los más desdichados han ido a la cárcel. Los más afortunados llegaron a Miami. La mayoría se quedó en ese limbo de “castigados-pero-aún-compañeros” que los convierte en parias condenados a merodear, sin esperanzas, los alrededores del templo.

Decía Pareto que la historia es un cementerio de aristocracias. Unas son víctimas del canibalismo. Otras sucumben a las revoluciones. La historia de Cuba postrevolucionaria no ha sido una excepción. Pero los últimos 4 años abarrotaron los nichos. Y en consecuencia hoy resulta muy difícil saber qué está sucediendo, quién es quién en el nuevo entramado político y administrativo y en qué dirección se mueven las fichas políticas.

Hace 15 años era posible saber quién estaba en el inner circle. Bastaba que una persona estuviera al menos en dos de las tres instituciones topes —buro político, consejo de estado y presidencia del consejo de ministros— para sospechar que estaba dentro o al menos muy cerca. Pero desde 2000 Fidel Castro fue dinamitando estas estructuras, lo que culminó en la creación de un cuasi Estado paralelo denominado Batalla de Ideas. Raúl Castro, convencido de que era necesaria alguna institucionalidad, disolvió la Batalla de Ideas y reactivó las instituciones ejecutivas y administrativas, pero produciendo adecuaciones y nombramientos de dinosaurios y de advenedizos, sin que sepamos exactamente cuáles son las cuotas de poder de que disfrutan. El buró político del PCC es todavía un almacén de cadáveres —políticos y biológicos— y puede esperarse que el congreso del PCC arroje nuevas informaciones acerca de la recomposición de la élite.

A esto se agrega otro problema. En años anteriores los dirigentes elegidos o cooptados para integrar el top político eran conocidos previamente. Personajes como el frívolo ministro de cultura, Roberto Robaina, Marcos Portal o el impresentable canciller defenestrado en 2009 eran personas que habían actuado en la arena pública y se les conocía como blandos o duros, torpes o inteligentes, ambiciosos u opacados, etc. Y desde ahí era posible esperar algo de ellos, malo o bueno.

Pero las nuevas adquisiciones son personas de las que solo sabemos el nombre, la edad y qué estudiaron. Los más importantes provienen de los pasillos oscuros de las fuerzas armadas y otros, los menos y menos importantes, llegan desde los no menos oscuros pasillos partidistas. Como anotaba antes, ha sido el resultado del pacto “sucesorio” que consumaron estas dos fracciones elitistas —militares y burócratas partidistas— bendecidos por Fidel Castro y la vieja guardia que sigue ocupando posiciones cada vez más simbólicas pero necesarias en un país donde el Gobierno no puede darse el lujo de perder ningún apoyo simbólico.

Pero si los cambios suscitados por el General/Presidente y sus soportes castrenses han logrado salvar la unidad de la élite en un momento transicional, ello no significa que hayan logrado un acuerdo efectivo de largo plazo. Aunque puede haber otras, permítanme explicar brevemente dos razones.

La primera es que —al menos que aparezcan nuevos “cisnes negros” como lo fueron los subsidios chavistas en 2000 o pudiera serlo la aparición de petróleo en la muy perforada plataforma marina— el sistema deberá afrontar una revisión aún más radical de sus relaciones con la población. Hace 50 años se estableció un pacto fundacional que cambiaba lealtad política por protección. Hace mucho tiempo que la protección ha estado expuesta a la erosión de la escasez de recursos y de la emergencia de nuevas generaciones. Y en consonancia la población intensificó sus prácticas de resistencia trabajando cada vez menos, apropiándose de lo que pudiera y violando sistemáticamente la fatigosa “legalidad socialista” donde todo lo importante que no era obligatorio, estaba prohibido.

El problema hoy es que si el sistema estaba siendo diezmado por la erosión, ahora sufre una estocada explícita al calor del ajuste. Y en la misma medida en que ese ajuste clama por una racionalidad económica eficientista, no puede tolerar el desparpajo social que —junto con las remesas— ha permitido a la gente sobrevivir. De manera que cuando los dirigentes cubanos denuncian el paternalismo, les ocurre lo mismo que al burgués gentilhombre de Moliere: hablan en prosa sin saberlo, denuncian un sistema del que deriva su propio poder omnímodo. Esto será aún peor en 2011. Y aunque se asume alguna mejoría para 2012, no será la restauración del orden preexistente, que se fue para no volver. Y sería ingenuo pensar que los cubanos van a aceptar el binomio incompleto por mucho tiempo.

La segunda razón es que Raúl Castro ha realizado una promoción de cuadros a dedo, es decir, sin un mecanismo regular de circulación elitista. Ciertamente esto último nunca ha existido en Cuba postrevolucionaria, pero mientras Fidel Castro estaba al timón y la generación “histórica” era aún joven, ello no fue un gran problema. Pero hoy el otrora máximo líder emplea su tiempo en vaticinar apocalipsis y en visitar el acuario, y los “históricos” comienzan a doblar amenazadoramente la esquina de los 80. Hoy es perceptible el reforzamiento de las Fuerzas Armadas como institución hegemónica, en detrimento de otras como el Partido. Y que dentro de ella pudiera estarse consolidando un clan familiar Castro que no podría plantearse una sucesión dinástica pero sí condicionar las decisiones al respecto. Pero nada de eso es en sí mismo un mecanismo probado y aceptado.

Y si el sistema no garantiza ese mecanismo regular de circulación y renovación de la élite, es predecible que se generen fracturas que un sistema político como el cubano no puede aceptar sin quiebras muy costosas. La cuestión es clara para los políticos y tecnócratas cubanos: la élite restaura el capitalismo y necesita una burguesía capaz de asociarse al capital internacional desde las propias posiciones del Estado. Quien no esté ahora no estará en el futuro. Y según en qué posición estén, mejores serán las posibilidades para participar en el festín restaurador. Nuevas motivaciones para una familia revolucionaria que nunca ha sentido escrúpulos en colocar el indicador hacia la izquierda y doblar a la derecha sin sentimientos de culpa.


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