Actualizado: 07/08/2020 16:54
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Estaturas, Historia, Nación

Los tontos no tienen estatuas

Las estatuas son símbolos. A veces malos símbolos porque las estatuas, como los hombres, son de su tiempo

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“Los hombres son de su tiempo”
ARS

Al final, todos tenemos una estatua para derribar.

Yo tuve la mía. Me la construyeron desde que nací. Creció conmigo. Me fue llenando, de arenga en arenga, de miedo en miedo, de pies a cabeza, y un día yo era la estatua.

Treinta y tres años después, en México, la empujé. Vi, con algo de tristeza, con mucho gozo, como se salía de mí y se quebraba en fragmentos de cada día perdido, de cada mala idea; miré, con susto, asombro, y alegría, como esos pedazos se hacían polvo, un polvo gris, que apestaba a consigna, doctrina y mansedumbre. Y vi como un viento nuevo, ese que hasta hoy sopla en mis ideas, me liberaba y se llevaba todo eso a la mierda.

Qué bien.

Por eso entiendo a los que derriban estatuas. Las estatuas son símbolos. A veces malos símbolos porque las estatuas, como los hombres, son de su tiempo.

Entiendo también la ignorancia de los destructores. Uno, en la turba, es un ignorante. Todos hemos estado en la horda. Todos hemos gritado vivas y abajos. Todos hemos erigido estatuas. Porque es necesaria tanta ignorancia para erigir una estatua como para derribarla.

La turba es tóxica. Si lo sabré yo que desfilé frente a la Embajada del Perú, mientras una amiga se iba y yo no lo sabía, y en algún Primero de Mayo, detrás de una muchacha que al fin me hizo caso. Se necesita soledad para ser sabio, que tampoco es garantía, como bien sabemos. Pero es buena idea estar lejos del que grita porque otro grita, porque donde se grita no hay idea, solo gente que derriba estatuas.

Esas estatuas, las de piedra y metal, fueron hechas para recordar lo bueno. Pero no es tan fácil. No es posible separar al hombre de su sombra con una abstracción ni con apañadora benevolencia; ni siquiera con olvido se puede, y es lo que ocurre.

Pero hay que tratar de ver, no solo mirar, a las estatuas.

Hitler, por ejemplo, unió a los alemanes.

Abraham Lincoln no consideraba dignos de ser iguales en la sociedad, o con derecho al voto, a los negros. “I will say then that I am not, nor ever have been, in favor of bringing about in any way the social and political equality of the white and black races”, dijo ese gran presidente en su momento.

Lenin sacó a Rusia de la tiranía de la nobleza y del atraso del feudalismo.

Newton fue un ser mezquino y extraño.

Gerardo Machado, general de la Guerra de Independencia, en cinco años hizo más obras públicas que cualquier otro presidente cubano.

Stalin ganó la Segunda Guerra Mundial para los soviéticos.

Churchill lo hizo para los británicos.

Colón tenía esposa y amante, y Caballo Loco perdió su título de líder de los Dakotas por frecuentar mujer casada.

Tomás Estrada Palma fue general del Ejército Libertador y amigo de Martí.

Los fundadores de Estados Unidos de América eran esclavistas, o convivían con el esclavismo sin problema alguno.

Ernesto Guevara parecía una esperanza.

Antes de liberar a esclavos porque necesitaba soldados, esclavos además que no eran suyos, Carlos Manuel del Céspedes fue esclavista, y su hijo homónimo, nacido en Nueva York y fallecido en el Vedado, fue presidente de Cuba por menos de un mes.

Grecia está repleta de bustos de tiranos.

Saddam Hussein mantenía a raya a su país y al Medio Oriente.

Centenares de miles de cubanos han adoptado la ciudadanía del país que desarticuló y exterminó civilizaciones enteras, fusiló estudiantes de medicina (por profanar un monumento, por cierto), y confinó a cubanos en campos de concentración.

Yo quiero retirarme en España.

En eso de erigir estatuas y ejercer el perdón quizás habría que ser un poco como los mexicanos. Allá bautizan las calles de los centros históricos de sus ciudades con los nombres de los personajes históricos nacionales. No es raro que una calle cruce a otra, y que ambos nombres se hubieran fusilado, de haber tenido la oportunidad, si es que no sucedió.

Me repugna entonces la idea de derribar estatuas, que son memoria, en el vértigo del vandalismo.

Derribar una estatua es olvidar cómo hemos llegado aquí. Yo no quiero olvidarlo. Yo soy, somos todos, de nuestras circunstancias, de los lugares que venimos, de todas las estatuas por cuyo lado hemos pasado sin mirar de qué se trata.

Derribar una estatua es un acto de ignorancia supina que, para colmo de males, no cambia un ápice la Historia, más bien la empobrece de manera irremediable.

Yo, en estos tiempos de odio, me percato de que estoy en paz conmigo y con mis símbolos. No tengo estatuas para erigir, ni me quedan estatuas por derribar.

Pero, si una turba me arrastrara, si un odio insensato infectara ese viento del que tanto cuido, creo que me gustaría hacer volar en pedazos aquella piedra ridícula, que no es estatua, pero es un malhadado símbolo, aunque los tiempos, tiempos de los ignorantes que nunca tendrán estatua, no vayan a ser mejores por ello.

Eso, y después descansar de este año de mierda.


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