Actualizado: 21/08/2019 5:32
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José Martí, Exilio, Oposición

Martí y la imagen del opositor

Martí viajó por Estados Unidos y Latinoamérica juntando voluntades —en vez de espectadores— que se definían por dar dinero a y enrolarse en la causa opositora

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Para conmemorar la muerte de José Martí suelen inventarse sorpresas. Esta vez el Museo Municipal de Guanabacoa develó una “foto inédita” y Cubadebate infirió enseguida que “fue tomada en [La Habana] entre el 28 de enero de 1895 [y] el 19 de mayo de ese mismo año”, como si fuera posible que Martí se hubiera infiltrado en Cuba luego de celebrar su cumpleaños 42 en Nueva York y exfiltrado a tiempo para reunirse con el general Máximo Gómez en Montecristi (República Dominicana) el 7 de febrero de 1895, tal y como consta bien documentado.

La foto de marras, que tiene grabado al dorso: “Ramón Corral Fotograf [sic], O’Really 66 Altos Habana,” puede ser reproducción de otra neoyorquina o lo que sea, pero confirma cómo Martí procuraba siempre aparecer serio y hasta severo ante la cámara. Sólo esbozó una sonrisa —cargando a su hijo— en una (La Habana, 1879) de sus tantas fotografías. Y semejante control de la imagen parece traer su causa de que Martí tenía conciencia de que así esperaba verlo la gente y sólo así se decidía a seguirlo.

“Heroicos hemos de parecer, puesto que nos quieren heroicos. Si nos ven de menor tamaño que aquel de que esperan vernos, esto será como darnos muerte,” escribió (Julio, 1882) al general Antonio Maceo para instarlo a la recurva contra el gobierno colonial español. Así mismo parece haber descifrado la clave de cómo lograr arrastre popular entre cubanos para oponerse al poder político. Martí pasó la prueba crucial de no sucumbir a las tentaciones de la familia y del dinero, que campean por sus respetos entre cubanos. Nada tiene de reproche moral apuntar esta diferencia, que fija ya sólo la razón instrumental para congregar al exilio y al insilio en torno a la unidad de propósito, así como para recaudar antes que malgastar fondos.

Martí desoyó los consejos de su madre: “Te acordarás de lo que desde niño te estoy diciendo, que todo el que se mete a redentor sale crucificado (…) Qué sacrificio tan inútil, hijo de mi vida, el que estás haciendo de tu tranquilidad y de la de todos los que te quieren.” (Agosto, 1881). Tampoco reaccionó a las exigencias de su esposa y madre de su hijo: “Mucho más que tú tienen méritos estos hombres que lucharon y que hoy se rinden, no a un gobierno que combatieron, sino a las necesidades de sus hijos no satisfechas (…) Sacrificar a todos y cantar purezas lejos del contagio, olvidando cuánto hay de más sagrado en la tierra y más serio en la vida, ni es valor ni así se cumple con el deber.” (Julio, 1881).

Y no lo hizo por ignorar el contexto nacional: “Los héroes mismos, cuando llegan a su hora, mueren abandonados, si no maldecidos, por los mismos que los recibirían luego con honor y los acompañarían en su triunfo,” confesaría en carta a su compatriota Juan Ruz (Octubre, 1887). Martí lo hizo por asumir con entereza la tesitura opositora: “En mí, sólo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad. Y en cuanto tengamos forma, obraremos, cúmplame esto a mí, o a otros.” (Mayo, 1895).

Hay que ser entero para pasar cepillo sin aprovecharse. El exilio quedó puesto y convidado con José Elías de la Torriente y su plan de invadir la Isla para barrer con Castro. Tras subrayar que “jugó con las esperanzas, las aspiraciones y el dinero del pueblo,” Orlando Bosch puntualizó que “nadie más levantará una falsa bandera, por temor a perder su propia vida.” (Réplica, Número 196, 3 de julio de 1974, página 13). Sólo que ese temor de morir baleado —como De la Torriente el Viernes Santo de 1974— se desvaneció al reemplazarse “el dinero del pueblo” con el dinero de los contribuyentes de EEUU, como fuente primordial para financiar la oposición a Castro.

Martí viajó por Estados Unidos y Latinoamérica juntando voluntades —en vez de espectadores— que se definían por dar dinero a y enrolarse en la causa opositora. Pasó aun por encima de las banderillas cubanísimas de “Cristo inútil” y “Capitán Araña” para convencer de que no pedía lo que no daría de sí mismo. Sudó la camiseta en múltiples trabajos para mantenerse, publicar sus poemas y aun traer a su padre de visita a Nueva York, al tiempo que forjaba su imagen personal en estricta concordancia con las tareas opositoras.

No tenía que inflarse como ídolo prefabricado, porque sabía que todo efecto sería pasajero si no se tomaba la oposición en serio, esto es: no para sí mismo. Y la víspera de su muerte escribió: “Por mí, entiendo que no se puede guiar a un pueblo contra el alma que lo mueve, o sin ella.”


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