Actualizado: 23/05/2019 11:26
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Cuba, Trump, Helms-Burton

«Mi estimado Rick, ¿cuándo te vas a dar cuenta…?»

Concentrar las esperanzas en la Helms-Burton es una ilusión vana que por demasiado tiempo ha abrumado al exilio

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Con el tiempo Miami se ha convertido no en la frontera establecida por décadas —el punto que definía la llegada a ‘‘tierras de libertad’’— sino el espacio donde se adquieren las mercancías, o se gana el dinero que se gasta en la otra orilla.

Para el régimen cubano el objetivo siempre ha sido subordinar al exilio a una función abastecedora: bajo el mantra de una patria que todo lo espera y nada tiene que dar a cambio, el exiliado debe cumplir su deber filial. La familia que quedó atrás se convierte entonces en una vía para el sostenimiento de la nación, tal y como la entienden sus gobernantes.

“Si las Tropas y las Milicias cubanas no DEJAN de inmediato las operaciones militares y de otro tipo con el propósito de causar la muerte y la destrucción de Venezuela, se impondrá un embargo total y completo, junto con las sanciones de más alto nivel”, escribió el presidente estadounidense Donald Trump en su cuenta de Twitter.

Tras la amenaza —difícil de llevar a cabo a estas alturas por otra parte— no hay más que un intento de vuelta al pasado. No responde a una vocación seria o un interés genuino por parte del mandatario sino a una forma fácil de garantizar los votos en busca de su reelección. Trump juega con los exiliados cubanos la misma carta que con los cristianos ultraderechistas: garantizar a sus partidarios más fieles que pueden confiar en él.

Solo que en el caso del llamado “exilio histórico” de Miami —en última instancia el único que queda en pie: es un decir— esta vuelta al pasado no sería más que un reclamo del fracaso.

Supongamos por un momento que Trump interrumpe los vuelos directos, el envío de remesas y cierra las fronteras de Estados Unidos a los cubanos de la Isla. Demos aún un pasó más allá e imaginemos que suspende el correo postal, suprime las llamadas telefónicas y termina por cerrar la embajada en La Habana.

Pues bien, no estaría haciendo otra cosa que reinstalar normas y políticas que ya estuvieron vigente en el pasado y no condujeron a camino alguno en favor de la democracia, la libertad o el avance de los derechos humanos en Cuba. Para lo único que sirvieron fue para complicarle la vida a los cubanos de ambas orillas, y para que los que viven aquí gastaran más dinero.

Los exiliados cubanos en Miami con familiares en la Isla volverían a recurrir a los vuelos por terceros países, las redes internacionales de comunicación y los potenciales intermediarios en Canadá u otra parte a los que se enviaría dinero para que a su vez estos lo hicieran llegar Cuba, no mediante bancos y agencias de envíos sino mediante gestiones personales. Ya todo ello existió y fracasó en cuanto a un avance democrático o el fin de la represión.

Aferrarse al embargo es batallar a favor de la derrota, defender una trinchera que es un blanco perfecto para el enemigo, desde la cual no se puede lanzar un ataque y que solo protege un pozo sin agua custodiado por un puñado de soldados sedientos. Se trata de una herramienta tan poco efectiva para lograr la libertad de Cuba que no justifica una discusión seria: su ineficacia ha quedado demostrada por el tiempo; su significado reducido a un problema de dólares y votos y su valor a una pataleta.

Claro que la puesta en práctica en pleno de la Helms-Burton autorizada por Trump es afín a su política comercial nacionalista de tarifas y aislamiento. Pero ese ir contra la corriente en un mundo cada vez más globalizado tiene el significado de un paréntesis —el valor de uno o dos períodos administrativos en EEUU— y no establece una política duradera.

Por supuesto que moralmente es condenable que el robo de propiedades en Cuba quede impune y que extranjeros estén aprovechándose de ello, pero la situación actual va mucho más allá de un problema de litigios. Concentrar las esperanzas en la Helms-Burton es una ilusión vana que por demasiado tiempo ha abrumado al exilio. Pero mejor sería que quienes hoy ponen esperanza en dicha ley volvieran a ver Casablanca: “Mi estimado Rick, ¿cuándo te vas a dar cuenta que en el mundo actual el aislacionismo ya no resulta una política práctica?”.


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