Actualizado: 24/09/2021 16:37
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Cuba, Miami, Intervención

Miami: el delirio de la intervención

Los republicanos pretenden, como siempre, dominar el discurso del anticastrismo en Miami; mientras a los demócratas los persigue la desidia

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En su último discurso sobre el Estado de la Unión, el ahora expresidente Barack Obama señaló que no era la función de Estados Unidos “reconstruir cada país que entrara en crisis”. Y luego enfatizó: “Eso no es ser un líder. Es una manera segura de acabar en un atolladero, derramando sangre y dinero estadounidense. Es la lección de Vietnam, de Irak, y ya deberíamos haberla aprendido”.

Sin saberlo, el entonces mandatario adelantaba la respuesta adecuada a una congresista como María Elvira Salazar, que en las últimas semanas ha acusado al presidente Joe Biden de “no ser líder”, por no tomar medidas más activas contra el gobierno cubano. ¿Hasta dónde llegarían esas medidas? Para los partidarios de los representantes cubanoamericanos del sur de Florida —republicanos por más detalle— la respuesta es corta: una invasión armada.

Curiosamente, la línea de acción que Obama anunciaba en aquella ocasión, que por otra parte lo acercaba a una tradición del pensamiento conservador —cuando los miembros del Partido Republicano criticaban al entonces presidente Bill Clinton por pretender convertir a los soldados estadounidenses en “protectores de las guarderías de Kosovo”—, no es compartida los legisladores republicanos del sur de Florida. Al menos en lo que respecta a Cuba.

Intervención y aislamiento

El cambio de estrategia conservadora ocurrió durante el mandato de George W. Bush, quien recurrió a una distorsión para que los hechos entraran en sus planes. Consideró a las “amenazas asimétricas” —referidas a los objetivos militares no convencionales, de las cuales el ejemplo más claro son las organizaciones terroristas— como si se tratara de potencias enemigas.

En su momento G. W. Bush recurrió a la vieja creencia estadounidense de considerar al “mal” como algo ajeno, fuera de sus fronteras. Luego, con nuevos bríos, Donald Trump retomó la idea.

Tras Obama, la presidencia de Trump trazó una vía aislacionista que aún pervive en los fanáticos del exmandatario. Solo que en el caso de los legisladores cubanoamericanos —en los que el fanatismo hacia Trump se mide en conveniencia política; salvo en Mario Díaz-Balart, donde imperan también las afinidades electivas—, el reclamo de una intervención estadounidense directa, para algunos incluso armada, busca atraer partidarios y votos que les permitan mantenerse en el poder legislativo (¿suena familiar, no?). Para ello se imponen con la debida urgencia a llevar a cabo esa labor. Más cuando su actuación en favor de la mejoría social y económica de los distritos que representan es poca o nula; al punto de resumirse sin exageración en una frase: no les interesa dicho mejoramiento.

El mal externo

El colocar el origen y la causa del mal fuera de nuestra responsabilidad —e incluso territorio— es uno de los puntos donde han coincidido tanto el aventurerismo de Bush como el aislacionismo de Trump. Pese a sus conocidas diferencias y rencores, ambos siempre encontraron apoyo y justificación en ese sector del exilio que ahora reclama —más que pedir— una intervención militar en la Isla.

En el caso de Cuba, hay que tener en cuenta que en su historia los factores externos han sido en muchos momentos más determinantes que los afanes y conductas de sus habitantes. Así, por razones y circunstancias múltiples, el hecho de que la independencia de la colonia se estableciera gracias a otra potencia extranjera —y luego la dependencia económica a dicha potencia y después a otra que en parte la sustituyó— han convertido en idea común y sin prejuicio la petición de ayuda exterior para resolver los problemas internos.

Si en EEUU la clave para explicar el furor contra lo ajeno se encuentra en la herencia puritana, algo arraigado en cierta zona del carácter nacional, que ocasionalmente reaparece e inicia un ciclo —y luego cede tras derrotas y muertes innecesarias—, igual repetición de ciclos, de euforia y sumisión, aplican en Cuba; esa hasta cierto punto extraña mezcla de mirar y copiar lo externo para luego o al mismo tiempo gritar un fervor nacionalista.

Puede agregarse que EEUU esa fe y práctica puritana no ha sido muchas veces más que un mito alimentado por los interesas al uso. Al igual, ese “fuerte nacionalismo de los cubanos”, al que con frecuencia se refieren —por comodidad o desconocimiento— los periodistas locales y extranjeros, no pasa de ser un recurso fácil y un reflejo de ignorancia o vagancia por parte de la prensa.

La proyección del mal como algo exterior actúa a las mil maravillas en las mentes formadas en la repulsa a lo desconocido. De dicha repulsa nace la intransigencia. Tanto la intransigencia puritana (calvinista), que también por oscurantismo o provecho tiende a ocultarse tras el cliché más burdo —“vinieron a estas tierras buscando la libertad religiosa”; sí, para ellos, pero no para los demás— como la intransigencia política que trata de callar las opiniones contrarias.

Intransigencia

Con el inicio de la lucha por librarse del dominio español, los cubanos comenzaron a exaltar la intransigencia no como un valor moral, un recurso emotivo y una justificación personal, sino como un valor político.

El error se ha trasladado a los libros de historia y a la literatura, recorre las páginas de los textos que en Cuba se enseñan desde la escuela primaria y sirve a muchos demagogos para alimentar sus engaños y de vocación suicida a unos cuantos insensatos.

Ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte con lo que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una diferencia, según el Diccionario de la Real Academia.

De acuerdo a esa definición, la intransigencia puede interpretarse como sinónimo de rectitud, cumple una función de guía moral: cuando se transige, se cede, en parte se claudica.

La definición de intransigencia en inglés destaca otro aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al diccionario Webster.

Entre ambos aspectos de una misma definición existe un abismo cultural. Mientras que en español el intransigente es alguien que se niega a transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un extremista.

La valoración positiva de la intransigencia —paradigma heredado de los patriotas, pero que también ha servido para cubrir de gloria diversos fracasos políticos y bélicos— se asume desde hace muchos años por un sector del exilio miamense, despreocupado o inepto para juzgar el efecto negativo que la misma ejerce sobre su imagen, a los ojos del resto del país.

Estulticia y oportunismo

La historia es vieja, muy vieja; la ilusión infinita. Lo que no deja de producir sorpresa es esa capacidad del exilio miamense, de volver una y otra a tropezar con la misma piedra, y cuando no la encuentra buscarla y colocarla en la vía.

El capítulo más reciente ocurrió durante el mandato del anterior inquilino de la Casa Blanca. Donald Trump y el exilio, donde los papeles de seductor-seducido se fueron intercambiando a partir del momento en que el exmandatario se dio cuenta que no era una mala aritmética contar con los votos de los cubanoamericanos, y que tampoco era muy difícil ganárselos.

A partir de entonces, las cifras importaron poco para repetir viejos mitos con nuevos nombres; acelerar mentiras que reafirmasen que sin la little help de los cubanos de Miami, Trump no habría salido nunca de su pent-house en Manhattan; y por otra parte —primero con entusiasmo y luego con añoranza— aferrarse a la idea de que sin la participación del exinquilino, el fin del castrismo resultaría punto menos que imposible.

Lo peor es que vivimos uno de esos tantos momentos, en lo que respecta a Cuba, donde oportunistas, revanchistas y reaccionarios compiten a ver quien cae más bajo. Ello en medio de una oleada de terror en la Isla, para paralizar el mínimo intento de rebelión política.

Ni el régimen de La Habana merece defensa alguna, ni tampoco emanó fervor el tardío reverdecimiento de La Pequeña Habana durante el mandato de Trump. Al final todo se redujo a un coro de idiotas aprovechados o de aprovechados idiotas, en ambas costas. Ahora nuevas voces y nuevos ámbitos están definiendo en Cuba la oposición —o al menos las respuestas— al régimen imperante, más allá de las persistentes torpezas en Miami. Largo es el rosario que tiene el caso cubano en intentar trasladar modelos foráneos. Aún queda una ligera esperanza de que esta tendencia se detenga.

Pasividad y más de lo mismo

El recurrir a la “pasividad” de Biden como chivo expiatorio ante la situación cubana no es solo una mentira oportunista —los políticos de ambos partidos son expertos en mentir— sino un insulto a la inteligencia del elector. Que se repita con énfasis en Miami solo indica la impunidad que por décadas ha permitido lucrar y avanzar a embaucadores disfrazados de patriotas.

Durante décadas, tanto legisladores demócratas como republicanos se mostraron más interesados en aparentar ante sus electores un interés por la situación en Cuba, que en contribuir a un cambio real en la nación caribeña.

Esa realidad siempre ha encontrado en Miami un acondicionamiento político: los republicanos diciendo que eran los demócratas quienes no querían un verdadero cambio en la Isla y los segundos respondiendo desde una posición defensiva, con el argumento de que los primeros no habían hecho nada útil al respecto. En la práctica ambos partidos han hecho todo lo posible para no destacar sus objetivos comunes: el impedir una situación de inestabilidad en la Isla que desencadene un éxodo masivo.

Aunque durante la administración de G. W. Bush concretó que desatar un éxodo masivo en Cuba hacia EEUU sería interpretado como un acto de guerra —y al respecto las tácticas del régimen han cambiado—, los objetivos persisten: trasladar a Miami los problemas internos de la Isla.

Por otra parte, desde hace varias décadas se desarrolla en esta ciudad un espíritu reaccionario-revolucionario que ya no se materializa en acciones bélicas o terroristas (¡por suerte!), pero que no renuncia a una retórica afín.

Ello a través de generaciones. Una parte de quienes han nacido —o desde la infancia han vivido en Miami— no logran separar las ventajas y privilegios de esta ciudad de las limitaciones que implican el identificarse de forma estrecha con un ámbito acotado, como es el de cualquier comunidad exiliada.

Sacando provecho al conocimiento de dos idiomas, y a la facilidad de un mundo por delante, han escogido el camino más fácil: apelar al sentimiento minoritario para adquirir cargos políticos y administrativos.

Al mismo tiempo, dichos supuestos representantes de la comunidad arrastran la desventaja —que no reconocen y se niegan a identificar— de carecer de patria. No en el sentido limitado de un nacionalismo antiguo —representado por una serie de valores que pueden considerarse más o menos vigentes o caducos—, sino bajo un concepto más amplio: son apátridas en la carencia de un sistema referencial contra el cual analizar y juzgar otros patrones nacionales.

De esta forma, su patriotismo —para atenerse al argumento benevolente que poseen algunos— es en el mejor de los casos provinciano.

Historia antigua

Por demasiados años los cubanos han sido cautivos de una visión decimonónica de la historia, y una teoría del desarrollo que lleva a pensar que la evolución económica, social y política del país seguía un patrón de avance.

Este determinismo coincide en la Isla y el exilio, aunque con conclusiones opuestas.

La situación imperante en la “República Mediatizada” tuvo por fin lógico la “Revolución”, se afirma desde la Isla. Mientras en Miami se repite que la “República” avanzaba —con más o menos dificultades según el orador— por el camino del desarrollo, hasta ser destruida por la llegada de Fidel Castro al poder.

En ambos casos, la ilusión republicana establece la guía. Para alcanzarla, tanto en Miami como en La Habana se justifican los afanes independentistas, sin importar los medios necesarios para lograr la deseada independencia.

Una nueva generación en la Isla ha transformado esta tendencia. En la actualidad, a muchos entre quienes rechazan al régimen no los alienta un afán contrarrevolucionario de destruir por completo a la sociedad existente, ni tampoco la vuelta nostálgica a la Cuba de ayer. Son ellos quieren merecen ser escuchados, y no los vocingleros de siempre en Miami.


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