Actualizado: 18/10/2017 20:02
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| Opinión

Cuba, Inmigración, Costa Rica

Migrantes, crisis y transnacionalismo

La única virtud de este lamentable suceso es que nos obliga a mirar a la sociedad cubana desde un ángulo transnacional

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Según pasan los días, los miles de cubanos refugiados en Costa Rica y los cientos que pululan como indigentes por puebluchos de la costa pacífica panameña, dejan de ser noticia.

La prensa oficial cubana menciona el asunto de pasada, como distante, como —cito a Cubadebate— “una compleja situación migratoria creada en ese país” (Costa Rica) alentada por el atractivo que la riqueza del norte crea en los pobres del sur y por las disposiciones particulares que benefician a los migrantes cubanos en Estados Unidos. Y la prensa internacional se cansa de lo que fue un show mediático atractivo mientras los cubanos eran vapuleados por los policías nicaragüenses. Lo que tenemos hoy es un juego cerrado en que cada país involucrado ha tomado una posición que neutraliza las posibles salidas que pueden adoptar los otros y obliga a Costa Rica a digerir una situación que califica como la más desastrosa en términos migratorios de su historia.

La complejidad del asunto, sin embargo, no radica en su perfil humanitario. Al final estoy seguro que los cubanos hallarán la manera de llegar a Estados Unidos o ubicarse en algún otro punto de la geografía centroamericana donde puedan hacer sus vidas. Es posible, y deseable, que completen sus odiseas antes que termine el año. Tienen derecho a ello.

La complejidad resulta en que el tema no es debatido, y por consiguiente queda en manos de las interpretaciones oficialistas en las que el asunto es descripto como “compleja situación migratoria”. Cuando de lo que se trata es de una crisis estructural que vive la sociedad cubana, y de su exposición a situaciones morbosas que la desgastan y la exponen a la inviabilidad como nación.

Es cierto que ningún balance objetivo de la situación migratoria cubana puede sacarla del contexto del llamado diferendo bilateral EU/Cuba, ni obviar la responsabilidad que en ello ha tenido el Gobierno de Estados Unidos. Pero dejar el asunto ahí no solo implica una parcialización política, sino también una inmoralidad intelectual. El Estado cubano ha usado la emigración (es decir su propia emigración, de sus ciudadanos) como arma de chantaje político. Unas veces restringiéndola, otras veces autorizándola, otras induciéndola mediante avalanchas humanas como sucedió en 1980 y 1994. Y para todos los fines no ha dudado en montar pantomimas como las reuniones de la nación con la emigración, hundir barcazas llenas de personas indefensas (niños incluidos) o cobrar los servicios consulares más caros del mundo.

Lo sucedido en la frontera Nica/Tica es otro ejemplo de los usos de los migrantes: el Gobierno cubano ha inducido una crisis migratoria de acuerdo con un gobierno aliado —Nicaragua— y ha consentido en que sus ciudadanos fueran maltratados y golpeados en actos injustificados de violencia. Y luego se ha desentendido del asunto desde todos los puntos de vista, proclamando faraónicamente que estaría dispuesto a permitir el regreso a Cuba solo de aquellos que quisieran y que tuvieran sus estatus migratorios legalizados. Es decir, nadie.

Por otra parte, no es cierto que la emigración cubana pueda ser explicada echando mano a disposiciones legales como la Ley de Ajuste, pues ninguna oportunidad, por atractiva que sea, explicaría las naturalezas francamente sandokianas de los itinerarios donde más de uno ha dejado su existencia. Tampoco lo es que la razón para emigrar sea simplemente económica —ninguna migración funciona de esa manera— y en Cuba en particular, economía y política se funden en un abrazo excesivamente afectuoso. La gente en Cuba emigra porque carece de expectativas en un país con una economía devastada, con un sistema autoritario y posibilidades muy limitadas de realización. Los cubanos no solo viven mal, no pueden quejarse y no atinan a imaginar un futuro diferente: también se aburren terriblemente.

Una de las aristas más peligrosas de la presente situación es la poca atención brindada al asunto por quienes —sea desde la academia o el activismo político— debieran haber aprendido la relevancia que tiene la cada vez más evidente configuración de nuestra sociedad como un espacio transnacional. Casi nadie ha dicho nada.

Un ejemplo de ello es el tardío e incompleto acercamiento realizado por el proyectos intelectual crítico Cuba Posible (CP). Al efecto, CP convocó a uno de sus conocidos dossiers (http://cubaposible.net/topicos-cubanos) bajo un prometedor introito: “Se hace urgente una solución al drama que viven estas personas y sus familiares. Además, urge que Cuba y Estados Unidos tomen medidas multidimensionales (a corto plazo) y estructuren una estrategia (a largo plazo) para sentar las bases que exorcicen escenarios como este”. Y se pidió opinión a varios personas de las que quiero referirme a tres que son reconocidos intelectuales: Lenier González, Roberto Veiga y Pavel Vidal.

Salvo Lenier González, subdirector de CP, quien ofreció una argumentación sistémica del asunto, discutible como todo, pero con una encomiable vocación multidimensional que no olvidó el problema de la democracia, el resto de las personas consultadas se colocaron a un nivel de análisis francamente precario y unilateral.

El economista Pavel Vidal, por ejemplo, fijó la razón de la emigración en la crisis económica y su solución en la extensión de la actividad privada. Olvidando que la expansión de la migración hasta los niveles insoportables de la actualidad han ocurrido simultáneamente a esa extensión de la actividad privada. Sencillamente porque la extensión de la actividad privada no ocurre como un agregado gratis a la economía nacional, sino como una transformación que deja fuera a otras personas, justo los perdedores que los economistas encandilados con el mercado ven como un daño colateral moralmente aceptable. Y luego, finalmente, que hay migración mucho antes de que existiera crisis, incluso en momentos de dinamismo económico y expansión del consumo, de lo que Mariel fue un ejemplo. Colocar migración y economía en una línea argumental sin desvíos es una lamentable vulgarización del asunto.

Pero probablemente el caso más curioso fue la argumentación del director de CP, Roberto Veiga, para quien el problema se resolvería con la eliminación del bloqueo/embargo y la adopción de un carril rápido que otorgaría poderes discrecionales al consejo de ministros para tomar decisiones sin la venia del “parlamento”. Como si ya esto no fuera así en un país que se gobierna con decretos, y como si ese autoritarismo no fuera una de las causas de la crisis nacional que lanza a los cubanos a todos los confines del planeta, y como si fuera razonable que una institución que habla de una Cuba mejor sugiera agregar más autoridad al autoritarismo.

Cuando observo este resultado, se incrementan mis sospechas de la resignación de la intelectualidad insular —no importa ahora cuanto talento resuma—frente a temas que, como este, colocan la crítica en el patio interior. Y es una pena redoblada porque ese debate tiene lugar en esa otra parte de la sociedad cubana que no reside en la Isla pero que CP no convoca. Quiero solo recordar el volumen publicado por la FIU hace tres años.

La única virtud de este lamentable suceso es que nos obliga a mirar a la sociedad cubana desde un ángulo transnacional, es decir, como una sociedad que trasciende los límites insulares y despliega intensos vínculos —económicos, culturales, políticos— por diferentes puntos de la geografía planetaria. Si no vemos a Cuba desde ese ángulo, no entenderemos lo que está pasando ni lo que pasara en un futuro lleno de retos. Uno de ellos es como aprovechar ese carácter transnacional en una patria que debe ser de todos.


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