Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Versailles, Cuba, Exilio

Misiles de café con leche

Sabedores de que la nostalgia es el peor de los males, los emperadores romanos quitaban la patria a sus enemigos en lugar de la vida: así sufrían más y durante toda su existencia

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Éste es el mostrador de los últimos perdedores de la Guerra Fría. Aquí, un montón de ancianos toma La Habana cada noche con misiles de café con leche evaporada y a golpes de humo de tabaco. Es La ventanita del Versailles, el gran símbolo de Cuba allende el mar, que reúne a los enemigos que Fidel Castro no quiso fusilar ni que se pudrieran en la cárcel. Les hizo algo peor: los dejó sin patria.

Es una mesa expendedora de tres metros de largo por medio de ancho, que mira hacia la calle Ocho y oferta pastelitos de guayaba y café “cubano”, que la tradición obliga a tomar parado en la acera. Y de un par de buches. En rigor, es el café del restaurante Versailles. Pero que va: esto es un mundo aparte. Es el ideograma de una historia de amor y odios, a lo largo de la cual se empobreció la isla de Cuba y se levantó la ciudad de Miami.

En la acera, al pie de una palma, una tarja provoca que huelguen los comentarios: “En reconocimiento a los cubanos; hombres y mujeres que nunca se resignaron a vivir sin libertad. Los cuales diariamente se reunieron en este restaurante Versailles centro patriótico y cultural del exilio cubano para aportar ideas y compartir el sueño del regreso a la Patria que espera. La peña del Versailles. 20 de Mayo, 2007”

Sí, los derrotaron, pero no los han destruido. Siguen en pie como pioneros de los únicos exiliados del mundo que conquistaron el poder político de una ciudad en Estados Unidos: desde la alcaldía hasta la rectoría de la Universidad, pasando por el Departamento de Bomberos, media docena de congresistas y donde el Director de la Policía se llama Juan Pérez.

Se definen a sí mismos como “los judíos del Caribe” y si fuera cierto lo que dicen haber luchado “contra la tiranía”, Fidel Castro hubiera caído hacía décadas. Lo cuentan todos a la vez, mientras hacen fila como escolares sencillos para pedir una colada. Llegan en las noches. Visten como en su juventud en Cuba: traje y corbata o guayabera blanca, los hombres; collares, vestidos y peinados altos, las mujeres. Son aspaventeros y arrogantes. Por eso piden un “café cubano”, aunque los granos vengan de Colombia. En “su” ciudad, no puede hacerse más café que “cubano”. Sí, la verdad histórica es que perdieron su patria y el poder, quienes lo tenían. Pero el tiempo no les quitó razón.

La Cuba que dejaron hace más de medio siglo tenía la renta per cápita más alta de América Latina, con $550; inversiones privadas por $357 millones, más televisores que Italia y más Cadillac, que cualquier otro país. Además, la industria editorial, de la radio y la televisión más influyentes de América Latina. Cuba vendía por peso toneladas de papel los guiones de radionovelas que se escuchaban en Venezuela, Perú, Costa Rica y otros países de la región.

La Cuba que observan hoy entre el humo de los cortaditos y los tabacos, registra 56 años después de su partida una parálisis económica crónica, con una importación de apenas dos mil millones de dólares en alimentos, una producción de 1,6 millones de toneladas de azúcar, y seis mil 106 de café: la décima parte, en ambos productos, de lo que produjo el año anterior a que los echaran.

En cambio, son los padres de una ciudad que conoció su actual prosperidad gracias a su concurso inicial y en la que 60 % de sus compatriotas es dueño de sus casas, un porcentaje más alto que cualquier otro grupo hispano en Estados Unidos. Hasta en el condado vecino hacia el norte, Broward, copado de oligarcas rusos, 77 % de cubanos es propietario.

Su derrota no está en los bolsillos, sino en su corazón: ahí se cumplió la advertencia de su Mefistófeles de bolsillo el 27 de marzo de 1960:

“Es muy serio no poder disfrutar nunca más de este pueblo, de esta compañía, de las bellezas de nuestra patria, de nuestras playas, de nuestros campos, de nuestra música; pero sobre todo, de este despertar, de esta alegría de vivir este minuto singular de nuestra historia; ya es de verdad bastante castigo haber renunciado a eso para siempre”.

Es el drama del desterrado con éxito lejos de su tierra, representado por el poeta romano Ovidio, cuya vida transcurrió feliz hasta el año 8 d.C, cuando Octavio Augusto, el primer emperador, lo mandó al exilio en la inhóspita aldea rumana de Tomi donde, sin embargo, escribió los versos más bellos, como este de los folios de Tristes:

“Cuando me asalta el tristísimo recuerdo de aquella noche en la que viví mi último instante en la ciudad, cuando recuerdo la noche en que abandoné todo lo que amaba, todavía hoy una lágrima se desliza desde mis ojos”.

Sabedores de que la nostalgia es el peor de los males, los emperadores romanos quitaban la patria a sus enemigos en lugar de la vida: así sufrían más y durante toda su existencia. Esa cruz cargan estos ancianos, muchos ya carcamales, a quienes el destierro llenó de rencores. De ellos fueron las respuestas en una famosa transmisión, en 1994, de “Tome nota”, el programa de otro exiliado, Armando Pérez-Roura, en Radio Mambí, sobre el tema de “qué hacer con los comunistas cuando se instalara un nuevo gobierno en Cuba”:

“Quemarlos vivos”, sugirió uno. “Abrir incineradores y echarlos a todos, hombres, mujeres y niños”, pidió otro.

Es una generación que morirá sin regresar a casa. No es gratuito que, camino al mar, dos cuadras más abajo, se encuentre al cementerio de Woodlawn Park, última escala del último presidente de la Cuba republicana, Carlos Prío; de Jorge Más Canosa, el líder más carismático del exilio político de Miami; de Rafael Díaz-Balart, excuñado de Fidel Castro y el único legislador que se opuso en el Parlamento en 1955 a la amnistía que liberó a éste aunque había atacado un cuartel y condenado a 15 años…

Más hacia la bahía, en pleno corazón de La Pequeña Habana, hay una calle que lleva el nombre de éste último, en homenaje a su profecía, pues al oponerse a la amnistía, argumentó su voto con un razonamiento perfilado por su cercanía familiar y de amistad personal:

“Fidel Castro y su grupo solamente quieren una cosa: el poder, pero el poder total, que les permita destruir definitivamente todo vestigio de Constitución y de ley en Cuba, para instaurar un régimen totalitario, inescrupuloso, ladrón y asesino que sería muy difícil de derrocar por lo menos en veinte años. Fidel Castro solamente podría pactar desde el poder con las fuerzas del Comunismo Internacional, porque ya el fascismo fue derrotado en la Segunda Guerra Mundial, y solamente el comunismo le daría el ropaje seudo- ideológico que necesita para ello”.

Pero se equivocó por muchísimos años, al igual que estos ancianos, que en esta noche vieja, como tantas otras antes, brindarán por “el próximo año en Cuba”. Pero lo hacen con botellas corrientes. Porque las buenas tienen más de cuatro décadas guardadas bajo llave, pues no han existido motivos para descorcharlas: son para cuando se caiga Fidel Castro.

Mientras, lo tumban con misiles de café con leche.

Un flotador para Cuba

Tenía que ser en un episodio como descongelado de la Guerra Fría, como los ancianos de La ventanita se recolocaran en el vórtice del huracán cubano. Son los únicos que se oponen en Miami al gran acontecimiento de la política mundial en 2014: el anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

El 64 %, la mayoría jóvenes, está en favor; frente a un 38 por ciento en contra, básicamente ellos, según encuesta de Bendixen & Amandi.

Los jóvenes creen que Cuba se abrirá a la inversión estadounidense, con un inmediato desarrollo económico que provocaría la flexibilización del régimen.

Ellos piensan que Estados Unidos patrocinará al comunismo, al punto de rehabilitar el ferry que había hasta 1959 entre Florida y La Habana, que representó el enchufe de Cuba a Estados Unidos, que poseía 90 % de las minas, la mitad de las tierras, 67 % de las exportaciones y 75 % de las importaciones cubanas.

Lo mejor de este anuncio fueron sus entretelones y no lo que producirá, porque en cinco décadas y pico el sistema cubano se ha conducido por muy personalísimas reglas y no por el derecho internacional ni acuerdos bilaterales. Para justificar sus decisiones dispone del mejor arsenal retórico que se pueda encontrar en la política internacional. Lo único seguro en esta historia es que entre las prioridades de Cuba no figura apertura alguna.

Aunque nadie puede negar que sus entresijos entretienen como una novela de Frederick Forsyth: negociaciones secretas en cabañas de troncos en la nieve de Canadá, en paradisiacas playas caribeñas, en los atrios del Vaticano; intercambios de espías que de un lado ayudaron a tumbar aviones y del otro a descubrir topos que operaban desde la Guerra Fría; una jeringa con semen entregada por un espía preso en una cárcel de alta seguridad estadounidense para embarazar a su esposa en La Habana… tremendo best seller.

La novela es lo mejor, hasta que de verdad sean restablecidas las relaciones. En más de 50 años sucedió varias veces que, al cuarto para las diez, acercamientos de gran calado entre la Casa Blanca y La Habana quedaron truncos por razones de última hora, como en febrero de 1996: el Presidente Clinton estaba por tirar por decreto medio embargo, cuando de Miami despegaron dos avionetas de exiliados que fueron derribadas por cazas cubanos en un punto ciego del espacio aéreo que Cuba reclamó como suyo y Estados Unidos como internacional. Clinton debió echarse atrás y la retórica del bloqueo se mantuvo como la gran baza cubana para justificar su sistema de partido único.

Si se concretan en fin de cuentas, las relaciones diplomáticas lo primero que harán será aceitar los mecanismos de migración de cubanos a Estados Unidos con su consecuente golpe mortal a Cuba como nación, porque acelerará la sangría de hijos, jóvenes en su mayoría, que sufre hace décadas. De manera legal, 20 mil cubanos emigran cada año a Miami, aunque es incuantificable el número que lo hace de manera ilegal, por mar o tierra.

Desde que Cuba derogó el permiso de salida, el 14 de enero de 2013, cerca de 400 mil aprovecharon la oportunidad, pocos con la idea de regresar. A eso se une el bajo índice de natalidad. El número promedio de hijos nacidos vivos para la población de 15 a 54 años es de 1,02 para hombres y 1,35 para mujeres, insuficiente para un reemplazo generacional. Es un país de ancianos.

El 21 % de las mujeres de entre 15 y 54 años se ha realizado abortos, que son fáciles, seguros, cómodos, gratuitos y la principal práctica anticonceptiva en la Isla. Cuando una embarazada va al ginecólogo, la primera pregunta de éste es ¿te lo vas a sacar o te lo vas a dejar? El 71 % no desea hijos y más de la mitad de los casos de infertilidad se deben a secuelas de uno o más abortos.

La mayoría prefiere tener hijos fuera, porque dentro las inhibe la interminable crisis económica, escasez de viviendas y la insuficiencia de los salarios. Es una bomba de tiempo contra la nación cubana que ayudarían a detonar las relaciones diplomáticas con Estados Unidos: alto nivel de emigración y bajo de fecundidad.

El destino de quienes se van ya no es solo Estados Unidos. Cerca de un cuarto de millón saldrá beneficiado por la nueva ley española de la Memoria Histórica, que otorga la nacionalidad a hijos y nietos de españoles. A Cuba llegó un millón de españoles de 1900 a 1930, cuya descendencia puede retornar ahora a la Madre Patria.

Será un ritmo insoportable, al final, para una isla pequeña y pobre, porque, además, quienes emigran son jóvenes profesionales de 25 a 40 años. El éxodo supera los tres millones: es decir, el 26,5 % de sus habitantes.

El sistema cubano posee, en tanto, una riqueza renovable: la elocuencia política más vital y efectiva del mundo. Raúl Castro lo hizo saber al anunciar al alimón con el presidente Barack Obama el restablecimiento de las relaciones diplomáticas: que se respete su comunismo, como él respeta la democracia estadounidense, y “queda por resolver lo esencial, que es el fin del bloqueo económico”.

Pero éste es casi pura retórica cubana. El principal bloqueo para Cuba es su prohibición a la libertad de empresa, que mantiene al Estado como único propietario de los medios de producción. El embargo sólo puede ser eliminado por el Congreso estadounidense, pero el Presidente puede desmantelarlo con decretos hasta dejarlo en el chasis y es lo que han hecho, primero Clinton y después Obama, al extremo de que Estados Unidos es el principal proveedor de alimentos y productos agrícolas de Cuba.

Las exportaciones son de 348 millones, en especial pollo congelado, soya, maíz, cerdo, embutidos, frijoles y algodón, procedentes Arkansas, California, Iowa, Luisiana, Texas, Illinois, Mississippi, Minnesota, Nebraska y Misuri. El problema para Cuba es que carece de cash y Estados Unidos no le vende a crédito. Y parece ser engorroso comerciar con países no sujetos a crédito. México lo sabe: ha tenido que condonar la deuda varias veces a “la hermana nación cubana”, la más reciente en 2014 por unos $500 millones.

Cuba debe miles de millones de dólares no solo a amigos como Rusia, China y Venezuela, también a Japón, Francia, España y Canadá. Para evitar eso, el embargo la obliga a pagar a sus productores antes de que éstos hagan los envíos. El intercambio debe realizarse a través de un tercero, en general un banco.

No es económico el contencioso cubano estadounidense: es político. Por muchas relaciones diplomáticas que se alcancen, todo se resume en si la Casa Blanca, republicana o demócrata, pretende patrocinar un sistema de partido único y sin libertades individuales a 145 kilómetros del sur de La Florida, que es el sueño de La Habana.

Quienes lo tienen claro son los ancianos del Versailles, porque son tan viejos como el sistema cubano. Por eso se oponen. Es, entonces, un contencioso de tiempos, no de espacios, que solo resolverá la erosión de los años. Y Obama es muy joven para que pueda llegar a verlo un día. Apenas está por cumplir 55 años: la edad de un niño en el sentido del tiempo de los comunistas.

Mientras, a lanzar misiles de café con leche. “Cubano”, eh… aunque venga de Colombia.


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