Actualizado: 01/06/2020 20:01
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Monte fúnebre y cabalístico

¿Por qué 138 banderas negras 'rinden tributo' a 3.478 víctimas?

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Un monte de 138 banderas con sendas estrellas blancas sobre fondo negro se empina frente a la Oficina de Intereses de Washington en La Habana. Castro entorpece así la lectura de los mensajes que corren por la pantalla lumínica del edificio: desde noticias ajenas a la prensa oficial, como "Cuba envía medio millón de toneladas de cemento a Venezuela", hasta fragmentos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Esta peripecia de la política simbólica dista mucho de ser "cosa de relajo", como afirma Luis Ortega en "La revolución ya ha fracasado" (El Diario/La Prensa, febrero 1, 2006). Al virarse de repente contra Castro, Ortega pierde de vista que la "polémica con un funcionario americano" de baja categoría permite al casi octogenario gobernante cubano afianzarse ideológicamente en medio de su disyuntiva crucial: "O derrotamos estas desviaciones (…) o morimos".

Así planteó Castro a los más jóvenes la tarea de preservar el castrismo (Aula Magna de la Universidad de La Habana, noviembre 17, 2005). No podía menos que agarrarse luego de los caídos. Walter Benjamin (1892-1940) aclaró ya que la voluntad de sacrificio y el odio "se nutren de la imagen de los antepasados". La chispa de la esperanza prende en el pasado gracias a "la idea de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si éste vence" ( Tesis sobre filosofía de la historia, c.a. 1940).

Tótem y tabú

Quizás los 138 árboles no dejen ver bien el bosque, porque remitirlos a los años de lucha contra el "imperio" supone dar otro sentido a la tesis castrista de que en Cuba "sólo ha habido una revolución: la que comenzó Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y que nuestro pueblo lleva adelante".

No puede estirarse tanto el diferendo entre Washington y La Habana si consta, entre otros muchos contraejemplos, que la Cámara de Representantes mambisa sugirió la anexión a EE UU (abril 29, 1869) como salida a la terrible situación provocada por la campaña militar de Valmaseda.

Tampoco sería sensato que el número derivara del día y mes del nacimiento de Castro. Al parecer ningún rejuego justifica por qué justamente 138 mástiles evocan "la muerte de 3.478 cubanos [como consecuencia] del terrorismo de estado [norteamericano] mantenido por más de 40 años contra Cuba" ( Granma, febrero 6, 2006). Esta cifra oficial de muertos se extrae de la "demanda del pueblo de Cuba al gobierno de Estados Unidos por daños humanos" ( Granma, junio 1, 1999), que añadió 2.099 incapacitados.

Ante todo puede inferirse que no hay víctimas fatales del terrorismo estadounidense contra la Isla desde hace casi siete años. No en balde los grandes combates contra la "mafia terrorista de Miami" han girado en torno a un niño balsero de seis años y un anciano bombardero de setenta y pico, es decir, fuera de la edad militar.

Lo más curioso es que la mayoría de las víctimas obedece a una sola causa específica: "el esfuerzo colosal y extraordinario en la preparación combativa del país que nos impuso la política agresiva de Estados Unidos [ocasionó] la pérdida de 2.534 vidas humanas y la incapacitación de 1.833 personas".

El general castrista Leonardo Andoyo dictaminó que habían sido movilizados 4.362.645 cubanos (1959-1998) "por encima de los parámetros aceptados internacionalmente como normales", pero no aclaró cuantos fueron llamados sin necesidad alguna por la inveterada manía de movilización masiva que tiene Castro.


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