Actualizado: 14/09/2019 3:07
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Payá, Carromero, Madrid

Muerte de Payá y entierro de Carromero

La Audiencia Nacional española no podía pasar por encima del principio elemental de cosa juzgada, que se conmueve ya sólo por pruebas concluyentes

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Tal y como esperaba el común de las personas con dos dedos de frente, la Audiencia Nacional española sofocó el delirio de grandeza del Movimiento Cristiano Liberación (MCL) al desestimar su querella contra la dictadura castrista por crimen de lesa humanidad.

Luego de caer en trance con que Oswaldo Payá y Harold Cepero no murieron en accidente de tránsito, sino asesinados, al MCL se le subió el santo del único culpable de ambas muertes, Ángel Carromero, para transfigurar el asesinato político ficticio en algo más desatinado aún: que Payá y Cepero fueron ejecutados extrajudicialmente como parte de un plan gubernamental de “persecución sistemática y aniquilación” del MCL.

Semejante delirio se empacó, con alarde de mercadotecnia, como querella criminal etiquetada por García Peña & Andújar Abogados, pero la familia de Payá no tenía siquiera que, por temor a represalias, refugiarse en EEUU antes de interponer la querella en España. Castro suele sobrellevar a los opositores que, con ademanes tan descabellados, propician el empleo de una de las armas favoritas y más dañinas del castrismo: la verdad mal intencionada.

Legado de Payá

Esta querella no encadenó otros casos que el jurista disidente René Gómez Manzano estimaba condignos de indagación, como las muertes de los opositores Orlando Zapata Tamayo, Laura Pollán Toledo, Juan Wilfredo Soto García, Wilman Villar Mendoza y Bienvenido Perdigón Pacheco.

El MCL se presentó a sí mismo como víctima predilecta de la dictadura, con el mismo delirio de grandeza que había llevado a su finado líder a despachar la oleada represiva de la Primavera Negra (2003) como reacción de Castro para “liquidar la dirección” del Proyecto Varela (Cartas de Cuba, 18 de abril de 2003).

Aunque dicho proyecto nunca tuvo arrastre popular y expiró hacia 2008 tras su relanzamiento surrealista en Madrid, la inflación de Payá fuera de Cuba se proyectó hacia dentro en la tesitura delirante de que Castro había mandado a matarlo. Imaginado en vida como el Lech Walesa cubano, Payá muerto se fabricó como nuestro Jerzy Popieluszko.

El único culpable como testigo de cargo

La querella se levantó sobre el testimonio falaz de Carromero, quien declaró haber sentido “un impacto estruendoso por detrás” (Washington Post, 5 de mayo de 2013) al ser embestido el Hyundai que conducía por otro coche que “nos sacó de la calzada” (El Mundo, 5 de agosto de 2013).

Carromero dio esta excusa pueril al otro sobreviviente del accidente, el sueco Aron Modig, quien procedió a difundirla de inmediato en mensaje de texto: “Dice Ángel que un carro lo empujó fuera de la carretera.” En torno a este mensaje se armó todo el circo mediático, pero desde las primeras diligencias periciales se acreditó que no había indicio ni siquiera de colisión tan leve con otro auto como aquellas que se arreglan en Miami para defraudar a las compañías de seguro.

Un vistazo al parachoques trasero del Hyundai desmiente a Carromero, quien ya en España acusó a los servicios secretos de Castro de asesinar a Payá y Cepero, pero nunca refirió la embestida de otro auto ni al cónsul español, que lo visitó varias veces en prisión, ni a los abogados defensores, coordinados por el bufete madrileño Lupicinio Abogados. En el juicio alegó inocencia, pero ya sólo porque no venía a exceso de velocidad y la mala señalización de la vía habría provocado el accidente.

En fosa común

La prensa y la blogosfera sensacionalistas se desentendieron de todo para repicar cada alegación de Carromero y de la familia de Payá, pero una cosa es con guitarra eléctrica mediática y otra muy distinta con violín judicial.

La Audiencia Nacional española no podía pasar por encima del principio elemental de cosa juzgada, que se conmueve ya sólo por pruebas concluyentes. Carromero quedó amortajado como testigo impostor y el juez Eloy Velazco terminó por enterrarlo como lo que siempre fue: el único culpable de la muerte de Payá y Cepero. Y con Carromero van también a la misma tumba:

  • La embajadora de EEUU ante la ONU, Samantha Power, por pedir con increíble ignorancia “a credible investigation” al canciller de Castro
  • La Junta Editorial del Washington Post, por desplegar campaña sobre el asesinato sin dar espacio a artículos en contrario
  • El buró Cuba de El Nuevo Herald, por reproducir todas las invenciones y alucinaciones del caso sin preocuparse por la higiene mental de sus lectores
  • Anastasia Mary O´Grady (The Wall Street Journal), por desarrollar la tesis del “encubrimiento” del asesinato político sin ver el expediente judicial
  • Andrés Oppenheimer (The Miami Herald), por considerar la muerte de Payá y Cepero “cada vez más sospechosa” sin sospechar de Carromero
  • Álvaro Vargas Llosa (El Mundo), por notar en Carromero “algo profundamente desolador” que no era su falso testimonio
  • Fernando Savater y otros muchos, por hacer clic en la página digital donde el MCL instó a “aclarar las circunstancias de la muerte,” sin consultar las páginas donde todas las circunstancias estaban aclaradas
  • Todos los demás que cerraron filas con el MCL para rebajar la militancia anticastrista al irracionalismo.

Coda

El juez Eloy Velazco, afiliado al Partido Popular y de reconocida tendencia conservadora, no puede considerarse cómplice del crimen de lesa humanidad. Su fallo contra la querella delirante no implica el exterminio del MCL, que con el resto de la comparsa de Carromero dará seguramente fe de vida en cualquier otro thriller de tema cubano.


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