Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Nación, Cuba, Congreso

Nación se escribe con minúscula

En estos días ha vuelto la retórica del enfrentamiento a Cuba

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Y entonces uno tiene que ser fiel, porque la fidelidad es lo único que nos hace limpios, que nos deja vivirlo todo bien, tranquilos.

Ni lo somos ni lo seremos, porque para ser fiel hace falta un algo, un qué o un alguien. En el día a día somos fieles o no a los afectos, a las personas, a los dioses y a alguna que otra miseria. En la vida pública la fidelidad se dispersa; podemos ser fieles a destajo, o por horas. Cuba es un país que vive por horas.

Son fieles a una cosa que llaman revolución porque es tan irremisiblemente improvisada que ni siquiera los que la hicieron han sido capaces de terminarla. Crearon las instituciones del Estado para modificarlas según las circunstancias, siempre que esa transformación guerrillera viniera de ellos, porque a los fieles, como sucede en las religiones institucionales, solo les toca la fidelidad.

La fidelidad es el punto en el que uno mismo puede sentir que la traición ya no es hacia el objeto de la fe, cuando se deja de ser fiel a una ideología que ha arrastrado tu vida hacia cotas épicas nunca alcanzadas pero muy sufridas, toda traición al líder es también un suicidio vital.

Lo único que ha conseguido el proyecto socialista cubano es que cada generación de cubanos viva peor que la anterior.

La “revolución” ha conseguido consolidar el nacionalismo por la vías equivocadas. Aunque el líder siempre intenta enlazar en la historia el disparate cotidiano, incluso cuando obligó a que se borraran del relato a los patricios fundadores de la nación, es inconexo un proyecto republicano como el martiano con uno autoritario como el fidelato.

Es imposible elaborar un relato coherente de los fragmentos que componen la historia de Cuba. Tan imposible como vincular la tradición marxista de Mella y Baliño con el propio sindicalismo cubano, o con los epígonos de la Ñico López.

El nacionalismo se consolidó por enfrentamiento, no por convicción. Construyendo el espacio de la guerra, horadando la patria con los túneles populares, a gritos de no los queremos, no los necesitamos, el cubano se acostumbró a vivir en una trinchera.

Pero pongamos sobre la mesa el tema que nos trae, la fidelidad. Es imposible conciliar el fracaso con la adhesión, salvo en el caso cubano, que cada fracaso provocaba una reacción de mayor fuerza, con su particular convocatoria. La fe revolucionaria solo se alimenta desde la confrontación.

En los primeros años y hasta los ochenta se construyó el relato del enemigo. El Imperio y sus acólitos, los mercenarios, el colonialismo yanqui. Alimentado por errores de concepto desde Estados Unidos, el fidelato se parapetó en la inoculación de la ideología del adversario y se impuso una política de miedo y contención. La invasión militar imperialista siempre asomaba ante la placidez del malecón habanero.

En los noventa el enemigo fuimos nosotros mismos, el maleconazo, el derribo de las avionetas, los secuestros de embarcaciones, el hundimiento del remolcador, el fusilamiento preventivo de tres ciudadanos. El giro estuvo basado en la construcción de una subversión interna plegada a los intereses del Imperio. La fe, como la letra, con sangre entra.

En estos días ha vuelto la retórica del enfrentamiento. Ni siquiera ha habido una señal de apertura, de otorgar espacios de participación política a sus propios fieles, o de permitir consolidar un proyecto común de nación entre inmigrantes y residentes. A partir de ahora nación se escribe con minúscula.

Lo fieles no les sirven, no digamos los apóstatas. La Cuba que me proponen hoy no tiene ni un algo, ni un qué, y muchísimo menos un alguien, y para ser fiel, como dije, hace falta un algo, un qué o, al menos, un alguien.


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