Actualizado: 29/11/2022 11:37
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| Opinión

Capitalismo, Comunismo, Marx

Ni comunismo ni capitalismo

¿Qué camino debemos tomar?

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A pesar del éxito del sistema capitalista en muchos países y el fracaso del llamado “socialismo real” que el vulgo llama “comunismo”, los primeros teóricos socialistas tuvieron razones bien fundadas para criticar ese sistema de propiedad privada y mercado libre, incubado en los tiempos de la Revolución Industrial, pero cuyos gérmenes ya estaban presentes en los talleres manufactureros de fines de la Edad Media.

Marx definía al capitalismo como una relación social entre dueños de medios de producción y desposeídos que, para subsistir, tenían que vender a esos propietarios lo único que tenían, su mano de obra, por un precio que se le llamó “salario”[1]. No olvidemos esta definición y su consecuencia: sin asalariados no hay capitalismo.

Para empezar, ese asalariado vivía en condiciones deplorables, hacinado en tugurios y trabajando para el patrón largas jornadas que podían ser de doce, catorce y hasta dieciséis horas diarias por una paga tan insuficiente, que tenían que laborar todos los miembros de la familia, no solo hombres y mujeres sino también los niños. El asalariado siempre ha carecido de un verdadero estímulo productivo, por lo que requiere ser vigilado por capataces y supervisores, una desventaja tan evidente que hasta el propio Jesús lo declararía en una de sus parábolas: “El buen pastor su vida da por las ovejas, pero el asalariado, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y huye, porque es asalariado y no le importan las ovejas” (Evangelio de Juan, capítulo 10).

Otra desventaja era el de las crisis cíclicas que generaba: Cuando una mercancía se acumulaba más de lo normal en el mercado, bajaba su precio hasta el punto de que muchas veces el costo de producción era mayor que las ganancias, por lo que los talleres cerraban y los operarios quedaban desempleados, dando lugar a hechos contradictorios como la destrucción en masa de alimentos para intentar subir sus precios mientras las familias de los trabajadores despedidos pasaban hambre, lo que me recuerda un diálogo popular de un niño, hijo de un obrero del carbón que, sintiendo frío, pregunta a su madre:

— Mamá, ¿por qué no prendes la estufa?

— Porque no hay carbón

— ¿Y por qué no hay carbón?

— Porque tu padre está sin trabajo.

— ¿Y por qué está sin trabajo?

— Porque la fábrica cerró.

— ¿Y por qué la fábrica cerró?

— Porque hay demasiado carbón.

Otra desventaja era la concentración y centralización de riquezas a que daba lugar el proceso de la acumulación capitalista con el resultado de grandes monopolios que luego arruinaban o absorbían a muchos pequeños propietarios y que tendía a anular las ventajas del propio sistema, como la competencia y el libre mercado, lo cual hizo que José Martí afirmara: “El monopolio está sentado como un gigante implacable a la puerta de todos los pobres”.

También Marx creía ver en ese proceso, el germen de la propia destrucción del capitalismo, ya que esas grandes fábricas conducían a una socialización de la producción al concentrar cada vez más a los obreros, con la consecuencia de generar entre ellos una conciencia de clase en contra de la opresión, y llegó a pensar, por las enconadas luchas sociales del siglo XIX, que el fin del capitalismo no estaba muy lejos. El propio Martí, durante su exilio en Estados Unidos, advertía que aquel conflicto entre obreros y propietarios era “uno de aquellos grandes y sombríos que acaso en paz no puedan decidirse, y ha de ser decidido aquí donde se plantea, antes tal vez de que se termine el siglo”. Pero ambos, a la larga, se equivocaron, porque pocas décadas después las condiciones de vida de los trabajadores mejoraron notablemente. ¿A qué se debió este cambio?

A fines de los 90, Cecil Rhodes, un político inglés preocupado por ese antagonismo, propuso que, “para salvar a los cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una guerra civil funesta, nosotros, los políticos coloniales, debemos posesionarnos de nuevos territorios; a ellos enviaremos el exceso de población y en ellos encontraremos nuevos mercados para los productos de nuestras fábricas y de nuestras minas”. Y añadía: “Si queréis evitar la guerra civil, debéis convertiros en imperialistas”.

Por su parte, Estados Unidos arrebataría a España sus últimas posesiones coloniales, porque Cuba y Puerto Rico eran bases estratégicas vitales frente al futuro canal del cual se apoderó en 1os primeros años del nuevo siglo, porque le abría los caminos de los mercados de Suramérica y Asia.

Esta política de las metrópolis de aliviar las crisis sociales internas mediante la expansión colonial, significaba, en realidad, exportar las crisis hacia lo que luego fue llamado Tercer Mundo, y tuvo a la larga, como consecuencia, que no se cumpliera la predicción de Marx sobre inminentes revoluciones socialistas liderados por la clase obrera y que lo que predominara luego, en el siglo XX, fueran, más bien, las luchas de liberación nacional.

Sin embargo, contradictoriamente, esa política de conquistar zonas de influencia, llevó a enfrentamientos de esas potencias que, finalmente, desataron una guerra mundial con consecuencias de mayor pobreza en los países más afectados por la contienda, como Alemania, Italia y Rusia, lo cual fue aprovechado por líderes de determinadas vertientes de los movimientos socialistas de esos países que, financiados por los principales barones de la banca internacional[2], llevaron adelante programas basados en el control de Estados totalitarios, de los cuales, tras la Segunda Guerra Mundial, solo sobrevivió el de Rusia, liderado por la rama más extrema de los socialdemócratas rusos, los bolcheviques.

Los bolcheviques defendían una interpretación muy particular de la teoría marxista. Marx había propuesto, para poner fin a la explotación capitalista, el derrocamiento del Estado burgués y su sustitución por un Estado obrero encargado de expropiar a la clase burguesa. Entonces se instauraría una dictadura del proletariado para consolidar su victoria y así poner fin a la lucha de clases, tras lo cual esos medios pasarían directamente a manos de la clase obrera y finalmente el propio Estado se iría disolviendo. Pero otros teóricos socialistas, como los anarquistas, lo habían refutado, como Proudhon, quien en su obra Sistema de las Contradicciones Económicas o Filosofía de la Miseria, había alegado que el proyecto comunista conduce a una “dictadura por todas partes”, y Bakunin, quien sostenía que ese supuesto “Estado obrero”, una vez constituido, dejaría de ser obrero y de representar los intereses del pueblo trabajador, pues “una dictadura no puede tener otro objetivo que la autoperpetuación”.

De ahí que Lenin, el líder bolchevique, acusara de “anarcosindicalistas” a quienes proponían entregar los medios de producción a los trabajadores y propusiera mantenerlos en manos del Estado. De esa manera, descartaba los dos pasos establecidos por Marx de expropiar a la burguesía para después empoderar a los trabajadores. Su fórmula era expropiar, pero no empoderar. Lo que salió de allí, por tanto, no sería un verdadero socialismo, sino un monopolio absoluto de Estado totalitario y perpetuo que luego conocimos como estalinismo y que la mayor parte de los pueblos del mundo han conocido simplemente como “comunismo”, el cual se extendió luego a otros países de Europa y Asia. Pero era un sistema condenado, a mediano o largo plazo, a desaparecer, por llevar en su propia naturaleza un “virus” letal. El Estado, al requerir una burocracia desproporcionada controlando todas las empresas, genera una contradicción entre propiedad estatal y apropiación privada, pues esa burocracia usa los recursos como si fueran suyos y los derrocha como si fueran ajenos, todo lo cual conduce a la corrupción, en concordancia con un principio fundamental de la administración de empresas: “Cuanto más grande sea un organismo, un país o una empresa, más difícil será controlarlo”[3].

Mientras tanto, las metrópolis capitalistas, enfrentadas a las luchas sindicales en un mundo bipolar, mejoraron las condiciones de vida de los trabajadores con los recursos que obtenían de sus zonas de influencia, para enfrentar la propaganda comunista, en lo que se conoció como “nuevo capitalismo”. Henry Ford fue una especie de adalid de esta modalidad de capitalismo, algo sintetizado en las preguntas que le hacían otros empresarios: por qué pagaba altos salarios a sus obreros y reducía sus horas de trabajo:

— Para que tengan dinero para comprar mis autos y tiempo para pasear en ellos —respondía Ford.

Sin embargo, estas condiciones idílicas fueron desapareciendo en la mayoría de las empresas tras el derrumbe de la Unión Soviética y el Campo Socialista de Europa, pues ya no era tan imperativo hacer concesiones a la clase trabajadora. El costo de la vida aumentaba, pero los salarios nominales no subían en la misma proporción. Las diferencias entre los ingresos de cualquier empresario y un simple operario se hicieron cada vez más abismales.

Esto generó varias oleadas de protestas masivas en varios lugares del mundo, como los llamados “indignados” de Europa, que tuvo su réplica en Estados Unidos conocida por su consigna: “Tomar Wall Street”. Por otra parte, los conflictos laborales desembocaban a veces en huelgas que llevaban a las empresas a la ruina, como fueron los casos de varias aerolíneas en Estados Unidos a fines del siglo XX.

Pero en la última de ellas, la de la United Air Line, el secretario del Trabajo de la administración Clinton, Robert Reich, dio una solución salomónica: Puesto que la empresa no podía aumentar los salarios como los huelguistas demandaban porque subía los costos y la incapacitaba para competir con otras aerolíneas, propuso, en vez de aumentar salarios, entregarles acciones de la empresa. Así se hizo y, poco después, los trabajadores dejaron de pensar como asalariados y empezaron a pensar como propietarios, por lo que, en vez de pedir aumentos, hicieron lo contrario de lo que demandaban: ellos mismos se bajaron los salarios.

Reich se había adelantado a una fórmula que alteraba las relaciones de producción capitalista, y que años después comenzaría a ganar terreno en el campo de la microempresa cuando las innovaciones de la tecnología, entre fines del siglo XX y principios del XXI, repercutieran revolucionariamente en el ámbito social, algo impredecible cien años atrás, como fueron, entre otros, los circuitos integrados que permitieron las computadoras personales, el internet y la telefonía móvil. Desde entonces, cualquier persona, con una computadora y un poco de imaginación, podía crear su propia empresa y no necesitar de las ataduras de un empleo. La sociedad industrial, tendiente hacia el gigantismo en que se basaban, tanto las trasnacionales capitalistas y las estructuras totalitarias del comunismo —grandes empresas y grandes centros operarios—, comenzaba a ser rebasada por la sociedad informática, que significaba revertir el desarrollo de las fuerzas productivas en sentido contrario, hacia el “pequeñísimo”, lo que significaba que aquella socialización de la producción que Marx veía en las grandes fábricas, generadora de una conciencia de clase, ahora se revertía hacia la individualización, lo cual ponía en crisis las estructuras piramidales centralizadas de los monopolios, ya fueran privados o estatales.

Pero luego, esa individualización en el campo de la tecnología fue lo que, paradójicamente, dio lugar a una mayor socialización en el campo social con las llamadas redes sociales. Las comunicaciones se hicieron instantáneas y multitudinarias por medio de la telefonía móvil, y cualquier protesta pública en un barrio, podía desatar una explosión social en toda una nación y provocar, incluso, el derrocamiento o la renuncia, de gobernantes, como sucediera en Egipto, Bolivia y hasta en Puerto Rico, y que incluso hizo tambalear al poder en Cuba.

Hoy, algunos empresarios prefieren convertir a los asalariados en socios accionarios que, por tanto, los convierte en más eficientes y productivos, antes que enfrentar conflictos laborales. Otros optan por contratar los servicios de trabajadores independientes a los que no tienen que pagar vacaciones ni seguro médico. El número de “free lance”, como se llama en Estados Unidos, o de autónomos, como en España —lo que en Cuba llamamos “cuentapropistas”—, crece cada vez más. Según el Foro Europeo de Profesionales, su número aumentó en Europa, entre el 2000 y el 2011, un 82 por ciento, y se calcula que, en el campo digital, superarán a los asalariados en muy pocos años.

De continuar esta tendencia, es muy probable que, dentro de 10 a 15 años, haya en el mundo más trabajadores independientes que asalariados, lo cual significaría, remitiéndonos a la definición de capitalismo citada al principio, que ese sistema ya no sería el que predominaría en el planeta. Si el capitalismo, al contar con el estímulo de cientos de capitalistas, era superior al comunismo que solo contaba con el interés de apenas una veintena de militantes en la cúpula partidista, ¿cómo sería si ese estímulo lo tuvieran millones?

Lo que está naciendo es una sociedad participativa en todas las esferas sociales, donde la ciudadanía sería, no solo autosuficiente económicamente, sino que incluso, contará con variados medios para hacerse escuchar y defender sus derechos, todo lo cual pondría en crisis a los regímenes autoritarios y totalitarios. Ya es posible, por ejemplo, que cualquier atropello a la luz del día, pueda ser grabado con un celular y en pocos minutos hacer que se vea en todo el planeta.

En una nueva Cuba, podríamos adelantarnos por ese camino a tono con el desarrollo social del mundo, y complementar el incentivo de grandes inversiones extranjeras con el apoyo a cuentapropistas y agropecuarios, así como al libre cooperativismo, y la autogestión en los centros y empresas hoy bajo el control de la burocracia estatal, lo cual podría colocar al país en la vanguardia de una nueva era.


[1] Salario, de la palabra latina “salarium”, viene de sal, un producto muy valorado en la antigua Roma por sus diversos usos, que fuera utilizado en cierto período por el Imperio para pagar a sus soldados.

[2] Registros del Congreso de Estados Unidos: Cargos formales del congresista T. macFadden contra el Board de Gobernadores del Sistema Bancario de la Reserva Federal el 23 de mayo de 1933.

[3] “¿Por qué cayó el comunismo?”, Rincón del Logos: https://anveger.wordpress.com


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