Actualizado: 19/10/2018 10:27
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Cuba, Castro, Díaz-Canel

Notas sobre un traspaso

Con la nueva cúpula gobernante en Cuba, Raúl Castro busca que otros lleven a la práctica lo que él no hizo

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En Cuba, un país con un control político que —en esencia— aún responde a un sistema totalitario, el traspaso de poder que está ocurriendo no es fácil desestimar con el simple argumento de más de lo mismo.

En primer lugar, porque dicho cambio se ha producido desde la cúpula del poder, sin mayores antecedentes que una necesidad biológica —lo cual, por supuesto, es un requerimiento poderoso, pero no suficiente según otros ejemplos históricos— y de una forma tan pausada que no admite réplicas de crisis y premuras como fuerzas catalizadoras.

Lo que vemos es la puesta en práctica de una visión de Raúl Castro, como solución práctica y no salida mesiánica —a diferencia de su hermano—, ante la disolución de un proceso iniciado en 1959.

Que no simpaticemos con dicho proceso, que estemos en contra de sus consecuencias y que apetecemos otro destino para Cuba no debe desviarnos del análisis de una puesta en escena que nos elude, tanto a los cubanos exiliados como a los empeños de ciertos grupos llamados disidentes, así como a las tonterías del senador Marco Rubio y el menosprecio del actual Gobierno de Estados Unidos.

En segundo porque el guion trazado desde el inicio —con mayor claridad en ciertos puntos, o interrogantes o quizá dudas en otros— se ha llevado a cabo con la certeza de un mecanismo de relojería que siempre cumplió, como función colateral, el dejar en entredicho no solo a los vaticinios de lo que un poco ilusamente podría catalogarse como intelligentsia del exilio —académicos locales, comentaristas radiales y televisivos, supuestos “analistas” políticos— sino a los actos de los congresistas cuya razón de ser aparente es servir a la comunidad y las estrategias y actitudes —al menos según sus discursos difundidos fuera de la Isla— de los grupos opositores.

En todos los casos, la repetición que ha llevado al desacierto es el viejo pecado original de la necesidad de un Castro imperecedero como Drácula: parafraseando a Sartre: si Fidel Castro muriera hoy, mañana cierto sector del exilio lo crearía de nuevo; y Fidel Castro terminó falleciendo y su hermano anunció su retiro de la presidencia y una y otra vez continuamos escuchando la cantaleta de la “sucesión dinástica”, como si todo se resolviera con una especie de Pyongyang en La Habana.

Ante tal dislexia política, la respuesta torpe y gastada que vuelve como justificación eterna es remontarse al pasado, sacar de la tumba a Osvaldo Dorticos y Manuel Urrutia —que aquellos, los de entonces, no fueron los mismos, pero hoy suenan iguales—, en el caso de los que más se obcecan. Para lo más aptos queda un razonamiento mejor: recordar el papel rector del partido comunista en una sociedad de este tipo. Sin embargo, ambos recurren a dos falacias que si bien no coinciden tampoco resultan tan distantes.

Hablar de Dorticos y Urrutia carece de sentido porque tal argumento lo que busca es perpetuar a Fidel Castro. Solo la persistencia de la enfermedad infantil del fidelismo en el exilio justifica dicho razonamiento.

Sobre el papel rector del Partido Comunista de Cuba, que aún continúa bajo el mando de Raúl Castro, el asunto es de otra naturaleza, y tiene que ver con las premisas de las cuales se parte. Si todo se ve desde una óptica similar a la desaparecida Unión Soviética, o incluso a la época en que gobernaba Fidel Castro, lo único que cabe responder es que esa época desapareció incluso en Cuba. Si lo que se quiere es extrapolar a la situación actual en China, pues aún es más fácil ripostar: La Habana no es Pekín. Pero si lo que se busca es enfatizar que Raúl Castro y el Partido Comunista de Cuba continuarán ejerciendo una función de guía y control, destinada a impedir una transformación total del sistema imperante en el país, pues en ello no hay duda.

Nada de lo anterior impide ver que Cuba está a las puertas de un cambio administrativo de primera magnitud. La efectividad de ese cambio, la velocidad o lentitud en que ocurra son otros factores.

Aquí cabe destacar que la propuesta de nueva dirección del gobierno —que no hay que dudar que en el sistema cubano sea aprobada— responde ante todo a las características económicas, sociales y demográficas del país (bajo la óptica del sistema imperante que deja fuera aspiraciones y necesidades de un cambio profundo y una vía democrática). También se debe enfatizar que dicha propuesta contiene avances y limitaciones. Pero si bien este nuevo centro de gobierno será bien recibido en la Unión Europea, no se ha buscado en su elaboración un acercamiento con Estados Unidos. En este sentido queda claro que la Plaza de la Revolución no espera ni busca mejorar sus relaciones con Washington.

Como la propuesta de Miguel Díaz-Canel para la presidencia no encierra sorpresas, hay que buscar las claves en los otros cargos principales.

Como primer vicepresidente está propuesto Salvador Valdés Mesa, actual vicepresidente y quien tuviera a su cargo la Central de Trabajadores de Cuba. También se propusieron otros cinco vicepresidentes: el comandante Ramiro Valdés, el actual ministro de Salud Pública Roberto Tomás Morales Ojeda y tres mujeres: la actual vicepresidenta y contralora general Gladys María Bejerano, Inés María Chapman, presidenta del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos, y Beatriz Johnson Urrutia, a cargo del gobierno en la provincia de Santiago de Cuba.

Además de Raúl Castro, salen tres figuras importantes del Consejo de Estado: Marino Murillo, exministro de Economía y vicepresidente que estaba a cargo de la “actualización” del modelo económico; Ramón Machado Ventura y Álvaro López Miera.

La permanencia de Ramiro Valdés es, sin duda, una concesión de Castro a la línea dura y a un supuesto rival de toda la vida. En el caso del nonagenario Guillermo García, que también permanece, solo que hay que verlo como un detalle simbólico, anecdótico y casi misericordioso.

Lo fundamental de esta cúpula en el gabinete son tres detalles:

  • Con un miembro de la raza negra como primer vicepresidente (Valdés Mesa), el gabinete busca una composición más acorde a la realidad etnográfica del país.
  • La presencia de tres mujeres vicepresidentas puede verse en igual sentido, desde el punto de vista de la participación femenina.
  • El gabinete cubano, en sus cargos principales, abandona su imagen de “junta militar” y cesa en su preponderancia de miembros “históricos”.

La presencia de tres vicepresidentas compensa en parte que una mujer no lograra alcanzar la vicepresidencia primera —algo que se llegó a rumorear en La Habana— y al parecer indica que quienes dirigen el país —o Raúl Castro específicamente— consideran que este no está aún preparado para la posibilidad de una mujer presidenta. Puede valorarse a Bejerano con mayores cualidades para el cargo que a Valdés Mesa. Entre la raza y el género, se impuso la primera.

Un descendiente de asturianos al frente, un miembro de la raza negra detrás y tres mujeres a la saga: la nueva Cuba que se proyecta no deja de ser la Cuba de siempre, que enmascara su futuro en la continuidad.

Pero hay más que eso.

La característica principal de este grupo de vicepresidentes —demasiados para un país tan pequeño— es que parece destinado a una función administrativa. Y esto puede ser en última instancia lo que Raúl quiere: que otros lleven a la práctica lo que él no hizo.


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