Actualizado: 26/11/2020 16:04
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| Opinión

Nuestra espléndida guerra ajena

Sin ropa adecuada al clima tropical, los combatientes pronto descubren que sus sombreros de fieltro y uniformes de lana son demasiado pesados y calurosos para la Isla

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La desilusión y el calor sorprenden a los soldados norteamericanos al desembarcar. Vienen con la alegría de una guerra breve. Para la mayoría será una excursión en el infierno, pese a la fácil victoria militar. Enfermedad y agotamiento en días interminables.

Desde que inician el avance hacia la línea de combate van dejando atrás sus pertenencias: mantas, ropa, artículos que se vuelven inútiles frente al sol inclemente. Los naturales del país recogiéndolo todo, llenando los estómagos con las raciones enlatadas de los invasores; reclamando ayuda y alimentando el desprecio de los recién llegados. Ni una sola descripción en los reportajes publicados en la prensa que muestre la belleza del paisaje. Solo el temor y el agotamiento; reproches ante la ingratitud de los liberados; ganas de salir cuanto antes de esa nación muy diferente en pobladores y ciudades a las descripciones enviadas meses antes del inicio de la guerra, por periodistas que nunca dieron un paso más allá de los bares y hoteles de la capital; rastro de mercancías de un imperio en expansión.

Las descripciones se repetirán una y otra vez, con el paso de los años, con otras voces y en otros ámbitos. Para la población invadida una tarea cotidiana: recoger todo lo que dejan los extranjeros a su paso, apropiarse de jabones a medio gastar, ropa usada, restos de comida que quedan en las latas, zapatos incómodos para los extranjeros y que luego se adaptan a la perfección en los pies nativos, impermeables extraños para quienes están acostumbrados a soportar la lluvia, medicinas desconocidas.

Abandono de aquello que pronto va a resultar inútil en este país desconocido, pero que sirve de justificación para que más de una industria aumente la producción y consolide su existencia: salsa Tabasco para darles sabor a las raciones de carne magra, galletas duras cuando el hambre aprieta y whisky para soportar los mosquitos.

Inventada por Edmund McIlhenny, un sureño descendiente de escoceses convertido en proveedor de las tropas confederadas, la salsa Tabasco se transforma en un componente básico de la dieta militar cuando su hijo mayor, John Avery McIlhenny, se une a los Rough Riders de Theodore Roosevelt y pasa a ser uno de los tres comisionados civiles del ejército norteamericano.

La hardtack es una galleta hecha con harina, sal y agua. Conocida desde la época romana, en Estados Unidos alcanza su mayor popularidad durante la guerra civil. Su resistencia la hace ideal como alimento de las tropas durante las largas campañas alejadas de los cuarteles. En 1898 diversas firmas panaderas poseedoras de contratos para la elaboración de galletas destinadas a las fuerzas armadas se unen y forman la National Biscuit Company (la actual Nabisco), primera compañía norteamericana que invierte una suma millonaria en publicidad e inicia la distribución de sus productos en cajas de cartón y no en barriles. El cambio da origen a la distribución de alimentos empaquetados —una forma más adecuada al consumo que al almacenamiento— y al nacimiento de los envases llamativos, con figuras y motivos luego reproducidos en los anuncios.

De 1898 es también el primer anuncio comercial cinematográfico que ha llegado a nuestros días, realizado por los estudios Edison para el whisky Dewar’s Scotch. El círculo se cerrará años más tarde, cuando la firma Bacardí adquiera Dewar’s.

Nada más desembarcar en suelo cubano y Martí comienza a anotar en su Diario de Campaña el paisaje, la comida en el campamento insurrecto y el café endulzado con miel.

Meses después, el soldado norteamericano avanza desconfiado en suelo cubano. Ha sido advertido de que tenga cuidado con las frutas tropicales, que si come alguna lo haga con moderación. Mal equipados para la guerra y sin ropa adecuada al clima, los combatientes descubren que sus sombreros de fieltro y uniformes de lana son demasiado pesados y calurosos. Les han dicho que traten de mantenerse lo más secos posible, que permanezcan en la sombra, que duerman en hamacas. Los consejos sirven de poco frente al sol del mes de julio en los campos de la Isla.

El calor y la humedad hacen que la carne de las raciones se descomponga con facilidad; los vegetales se pudren en los barcos antes de ser desembarcados y los frijoles y tomates se fermentan antes de que alguien pueda ingerirlos. A la dificultad por la carencia de medios adecuados para conservar los alimentos —la escasez de instalaciones y medios de almacenamiento, refrigeración y transporte— se une la falta de personal especializado para inspeccionar los procedimientos empleados en la conservación de los comestibles.

Alrededor del 75 % del personal de algunas unidades militares enferman de diarrea. Crece el miedo ante la creencia de que ciertas comidas son las responsables de la malaria y la fiebre tifoidea. Las pésimas condiciones sanitarias hacen que muchos enfermen de disentería y la fiebre amarilla cause cada vez más víctimas. El resultado es que, al concluir la guerra, más soldados han muerto debido a comidas en mal estado que a consecuencia de los combates.

Lo inadecuados de los procesos de conservación hacen que en muchas ocasiones los soldados coman carne cocinada de la que los cocineros han desechado previamente trozos semipodridos, cubiertos de gusanos.

Los regimientos que regresan a Estados Unidos —luego de completar su permanencia en la Isla— están formados por hombres enfermos, que se mantienen en cuarentena y son chequeados cuidadosamente por los servicios médicos para evitar el contagio y la propagación de enfermedades tropicales en el continente. Tienen que entregar sus pertenencias a los inspectores sanitarios, que arrojan la ropa en enormes calderas para ser hervida por lo menos durante dos o tres horas. Los baúles, cajas y equipajes de mano abiertos, desinfectados y colocados durante varios días en habitaciones herméticamente cerradas.

“El país no es pintoresco, ni siquiera los campos”, escribirá un corresponsal de guerra estadounidense al desembarcar por Oriente. “Todo está sucio. Los fabricantes de jabón norteamericanos lograrían una magnífica publicidad si se dieran a la tarea de bañar al ejército cubano, oficiales y soldados y por igual, y a sacar fotografías de ‘antes y después’ para usarlas en sus anuncios”.

Visión de un conflicto bélico al que muchos no se sintieron nunca invitados y otros acudieron por el entusiasmo creado por la propia prensa, ideales sinceros o simplemente necesidad. Realidad de un país que los enfrentó a una lucha completamente distinta a la imaginada, pero cuyo brevedad fue el mejor alivio, Rastros de gloria y desechos en donde se mezclaron la manipulación, el triunfo y las penurias en un suelo ajeno. Y que contribuyó al avance y confirmación de una maquinaria militar, varias industrias incipientes y la expansión de la publicidad. Una guerra que no solo cambió la historia y hasta la geografía, sino también influyó en tener todos los días en la mesa algo tan simple como una botella se salsa.


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