Actualizado: 24/02/2018 12:28
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Derechos, Estado, Sociedad civil

Nuestra última línea de defensa frente al Estado

En una época en que la metafísica es repudiada ya no solo en los ámbitos científicos sino hasta en filosóficos, los pensadores políticos se han empeñado en buscarle a los DDHH unos fundamentos digamos que ontológicos

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Según me parece recordar la compañera Cristina Fernández llegó a proponer, ante el plenario de la Asamblea General de la ONU, que el libre acceso a los cosméticos debería convertirse en un derecho humano.

Esta epidemia contemporánea de promover cada vez más y más “derechos humanos”, de “tercera”, “cuarta”, “quinta” o “centésimo segunda generación”, no parece ser más que el anuncio del no muy lejano ocaso de lo que en su momento fue un útil recurso para la convivencia humana. De hecho, ya los derechos humanos han comenzado a ser desplazados por los derechos de las cosas. Por ejemplo, esos todavía en el estado de propuesta, con bendición papal, no obstante, derechos de la “Madre Tierra”.

Hablemos claro, tales disparates son el preámbulo de la aceptación de los Derechos del Estado, aun como anteriores y preferentes a los del Hombre. Y es que los derechos de la Madre Tierra, más allá de ser promovidos por muchos ambientalistas y personas sinceramente preocupadas por la innegable depauperación de nuestro medio ambiente, pero que no entienden lo desafortunado y peligroso de irse a pedir caridad no frente a una iglesia sino a ante la sede de algún partido político, han devenido en la interesada bandera de los devotos de las “razones de Estado”, por encima de cualquier otra razón. Gentes como Evo Morales, que mediante tan capcioso recurso no persiguen el bien común planetario, sino la omnipotencia personal que les reportaría ser nombrados cabezas, Incas, de unos Estados tan bien dotados de “derechos”.

Sin embargo, es justo reconocer que el primer paso en la sustitución del hombre por el Estado como sujeto de los derechos fundamentales se dio desde mucho antes. Nada menos que desde la misma adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 diciembre de 1948. Bien mirados, derechos como el 25, según el cual “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud, el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica…”, además de resultar demasiado imprecisos por no aclarar a que “nivel de vida adecuado” se refieren, si al de un campesino egipcio del 3.000 antes de Cristo, al de un ciudadano de clase media de EEUU de 1947, al de un marajá indio contemporáneo suyo, o en todo caso al de un terrícola de la futura sociedad global allá por 2148, no son en definitiva más que compromisos que adquieren los Estados. Compromisos en cuya satisfacción, para suprema felicidad de los específicos individuos que los encabezan y ya que los “niveles de vida adecuados” no se dan silvestres en los matorrales de algún utópico Paraíso Terrenal, se ven obligados a tomar decisiones que necesariamente entran en conflicto con otros de los derechos señalados en dicha Declaración. Por sobre todo porque por la misma esencia paternalista de esos compromisos el Estado termina más temprano que tarde convertido en una autoridad supra-humana, en una especie de nuevo Dios Padre ante la cual el hombre debe rendir sus libertades básicas para alcanzar a obtener así la adecuada alimentación, vivienda, asistencia médica…

Más allá de las necesarias concesiones a que condujeron los rejuegos diplomáticos de la última posguerra, y que en sí permitieron el que se adoptara con carácter universal la Declaración, la razón para que a 68 años de aquellos compromisos tanto disparate termine por ser aceptado aun por algunos de los más sinceros promotores de los DD. HH., parece estar en un contrasentido contemporáneo. En una época en que la metafísica es repudiada ya no solo en los ámbitos científicos, sino hasta en los filosóficos, los pensadores políticos se han empeñado en buscarle a los DD.HH. unos fundamentos, digamos que ontológicos.

Propósito impulsado por loables intenciones, no obstante, ya que mediante él se busca fundamentar estos DD.HH. más allá de cualquier duda o cuestionamiento probable. Mas en verdad los resultados del mismo no lo son ya tanto: fundados en alguna supuesta esencia del hombre, ya sea en lo que hay de divino en él o en sus potencialidades nunca hasta ahora realizadas a cabalidad, se pierde de vista el real interés práctico con que los DD.HH. fueron diseñados por el hombre desde John Locke hasta Benjamín Constant: proteger los espacios de auto-realización personal ante las interferencias de otros individuos, grupos, pero sobre todo de los del Estado.

La Modernidad es esa época en que se fortalece el individuo, y a resultas de ello también se dispara la disponibilidad de un particular subproducto suyo: la razón. A su vez, esta última, al usársela por el Estado provoca de inmediato un aumento exponencial en su eficiencia y capacidad para controlar al individuo. Pero este, que para existir requiere la existencia de espacios de libertad en que auto-realizarse, en medio de ese control más y más eficiente no puede más que desaparecer.

Un proceso semejante, de retroalimentación negativa, debería por tanto comenzar una y otra vez solo para revertirse hasta la posición inicial más tarde o más temprano: El individuo se fortalece y como consecuencia de la razón que le es inmanente también lo hace el estado, pero la razón bien pronto le hace concebir al Estado la posibilidad de convertirse en total, de totalizar la vida, con lo que el individuo comienza a languidecer y sin su principal aporte, la razón, el Estado a su vez pronto no solo pierde su poder de control, por demás ya innecesario ante hombres que han regresado al Estado pre-individualizado, sino hasta la herramienta imprescindible para concebir absolutos. La ciencia ficción está llena de obras que se desarrollan precisamente a partir del segundo paso de este proceso. Mas a semejanza que en la mayoría de los argumentos de las anticipaciones científicas, o de las ucronías o utopías (las no pesimistas, se entiende), este ciclo cerrado mediante el cual el estado, por su propio ser lo que es, está llamado a mantener por siempre a la humanidad en medio de las tinieblas anteriores al surgimiento del individuo, puede ser superado. No obstante, no tanto gracias a los sacrificios y aventuras de un puñado de héroes, sino más bien a los esfuerzos conscientes y coordinados de todos los individuos para ponerle barreras a las tendencias naturales del estado.

Precisamente eso son los DDHH. Una convención consensuada por los individuos en ciertas sociedades de las riberas atlánticas. Aceptada, por otras sociedades que vendrían después, en otras regiones del orbe, gracias a su comprobada utilidad para asegurar la sobrevivencia del individuo y de la razón a él inmanente. Una convención que alcanza su clímax de eficiencia precisamente cuando los DD.HH. pasan al campo del derecho consuetudinario.

Estos derechos son muy simples y muy pocos, por cierto: Aquel que establece que la vida humana es sagrada y que en consecuencia ningún otro individuo, o muchísimo menos el Estado, tiene la potestad de quitarla; aquel otro que sostiene que todo individuo tiene el derecho a participar en la toma de decisiones de su comunidad, e incluso más, que todo individuo tiene el derecho a ser un ente activo en la totalidad de la vida cultural humana, pasada, presente y futura, y aportar en dependencia de sus capacidades a ella; y lógicamente, como para hacer semejantes aportes todo individuo necesita seguir siendo tal, y a la vez de un lugar desde donde elaborarlos, esta aquel último que asienta que todo individuo tiene derecho a un limitado espacio de privacidad, sea literalmente un espacio físico, como un territorio o una casa, sea un medio material para cumplir alguno de los deseos o fines del hombre, o sea un grupo de ideas, recuerdos, miedos… espacio en que nadie más puede interferir, que nadie más puede expropiar, o al que nadie más puede coaccionarnos su uso, sobre todo el Estado, y cuyo único límite válido solo puede ser aquel en que a su vez se interfiera, expropie o coaccione de manera manifiesta la semejante libertad de los otros. Este límite, por cierto, solo puede ser consensuado por la sociedad de los individuos presentes sobre los consensos anteriores de los individuos que les precedieron. Pero consensuado, repetimos, no impuesto por alguna mayoría a alguna minoría, ya que estas últimas deben conservar siempre el derecho de continuar promoviendo libremente su versión de los límites, haciendo lo posible, sin violentar la situación, para revertirla mediante el convencimiento del mayor número posible de individuos a su versión de los límites.

Los demás, que al presente pasan también por derechos, son otras cosas, tan o quizás más útiles y necesarias, pero no derechos. Diríamos que son deberes que los individuos tenemos en función de nuestra humanidad y aquel principio moral que está en su base: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (esta, como bien señala Erich Fromm, es una expresión más universal que aquella otra, “trata a los demás como desearías te trataran a ti”, una de las muchas formas que puede adoptar la misma, en este caso particular para una sociedad basada en los “contratos”, como lo es la capitalista moderna). Deberes que debemos asumir individual o colectivamente, en este segundo caso también mediante ese recurso imprescindible para la convivencia, al menos hasta el amanecer de hoy: el Estado. Nunca, como en las simplificaciones de la idea socialista, sea el leninismo, el castrismo, el chavo-madurismo, el neo-incaismo de Evo Morales o el cosmeticismo justicialista de la señora Cristina Fernández, deberes del Estado. Semejantes deberes, está demasiado probado por los últimos cien años de historia humana que únicamente sirven para matar al individuo mismo y convertir al hombre en un pseudo-humano, en un ser rebañezco que más que buscar su dignificación en la plena autorrealización de sus facultades lo que en realidad hace es aceptar un orden dado como el “mejor de los mundos posibles” o en todo caso irse a esconder en las profundidades de su conciencia, en sus “castillos interiores”.

No sé ustedes, pero yo en lo personal prefiero usar perfumes y afeites siempre que puedo agenciármelos por mí cuenta, o no usarlos en general, y por el contrario conservar mi capacidad de pensar por mí mismo, de poder expresar lo pensado, de conservar un lugarcito de intimidad desde el cual poder preparar las ideas y propuestas que compartiré con los demás. De ser yo mismo, comunicado por mi conciencia con los demás en ese gran dialogo humano, en ese Gran Congreso Universal del que otro argentino, ese sí esencial, Jorge Luís Borges, nos hablaba en una de sus ficciones. Nunca un perfumado tornillo más de alguna maquinaria estatal.


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