Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Obama, Cumbre de las Américas, Cuba

Obama, Cuba y la Cumbre de las Américas 2015

¿Será un circo tercermundista o una cita verdaderamente seria?

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Debemos anticiparnos a los temas y problemas que serán de actualidad en los próximos tiempos. En este caso, a finales de abril del 2015.

La Cumbre de las Américas es una reunión de jefes de Estado del continente americano que se celebra cada tres o cuatro años, donde participan Estados Unidos, Canadá, y los países de América Latina y el Caribe. La séptima cumbre está pautada para Ciudad de Panamá en abril de 2015.

La primera se celebró en Miami, 1994; la segunda en Santiago, Chile, 1998; la tercera en Quebec, Canadá, 2001; la cuarta en Mar del Plata, Argentina, 2005; la quinta en Puerto España, Trinidad y Tobago, 2009; y la sexta en Cartagena de Indias, Colombia, 2012. Hubo además dos cumbres extraordinarias: una sobre desarrollo sostenible, en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1996, y otra en 2004 en Monterrey, México.

La de Panamá podría ser, sin dudas, la Cumbre de la Discordia. Desde la primera Cumbre de Miami en 1994 quedó definido que participaban en ese evento los países miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA). Posteriormente, tras la aprobación de la Carta Democrática de esa organización, adoptada en Lima, Perú, en 2001, los miembros de la organización se comprometieron a respetar esa Carta y cumplir sus postulados.

No siempre han cumplido, aunque el secretario general de la OEA parece no enterarse. El depuesto presidente Mel Zelaya, de Honduras, la violó reiteradamente pretendiendo establecer el “socialismo del siglo 21” en su empobrecido país; Hugo Chávez la violaba continuamente, y Nicolás Maduro no se queda atrás. Para Evo Morales y Daniel Ortega la carta es paisaje que adorna una pared, nada más. Rafael Correa, más culto que todos los violadores anteriormente mencionados, también la viola, pero de manera más elegante y sofisticada: más que violación parece estupro. Lula da Silva, Dilma Rouseff y Cristina Fernández de Kirchner continuamente bailan samba y tango en los bordes de la Carta Democrática. Los socialistas más respetuosos del estado de Derecho en sus países han sido, hasta ahora, José Mujica, Michelle Bachelet y Mauricio Funes, de Uruguay, Chile y El Salvador respectivamente.

En ninguna de las cumbres celebradas ha participado el gobierno cubano. Cuba no es miembro de la OEA, y mucho menos firmante de una Carta Democrática alérgica para el régimen de los hermanos Castro. Aunque a veces, cínicamente, la dictadura ha firmado declaraciones finales de cumbres iberoamericanas que llaman al multipartidismo y elecciones libres, como hizo Fidel Castro en su momento, o Pactos de la ONU que después no ratifica, como hace Raúl Castro, parece difícil que el régimen se arriesgue a firmar, aunque no la cumpla, una Carta Democrática cuyos principios fundacionales son absolutamente contrarios a la razón de ser de la dictadura cubana.

Sin embargo, nuestros dizque hermanos que gobiernan en América Latina y el Caribe, insisten en invitar a la dictadura cubana a la próxima cumbre. Más preocupados por ser “antiimperialistas” que demócratas, no desean perder tiempo en superficialidades sobre el carácter democrático o dictatorial del gobierno cubano, al que todos admiran, aunque sea en secreto, porque “se enfrenta a los yanquis”. Además, no resulta muy elegante recibir decenas, centenares o miles de médicos cubanos en sus países para ofrecer servicios de salud pública que esos mismos mandatarios son incapaces de garantizar a sus ciudadanos, y después tener la “descortesía” de criticar al régimen de La Habana por violar derechos humanos o no respetar normas democráticas.

Así que el presidente Obama tendrá que tomar una decisión muy clara. Acepta la participación de Raúl Castro en la Cumbre de Panamá o declara sin ambigüedades que Estados Unidos no participaría si invitan a Cuba.

Antecedentes existen. Cuando Ronald Reagan era presidente de Estados Unidos, se planificaba una Cumbre Norte-Sur de jefes de Estado en Cancún, México, para el 22 y 23 de octubre de 1981, a la que el gobierno mexicano quería invitar a Fidel Castro. Reagan fue muy claro, agudo y preciso: si Castro participa, Estados Unidos no asistirá. Punto.

Firmeza. Dureza. Prepotencia imperial. Soberbia. Guapería. Lo que quieran ladrar los sicarios verbales del régimen. Pero Fidel Castro no participó, porque México y Naciones Unidas sabían perfectamente que aquel cónclave, sin Estados Unidos, sería una reunión social para platicar un rato, tomar tequila, y nada más. El entonces presidente de México, José López Portillo, invitó a Fidel Castro a Cozumel, a donde fue en “su” yate “Pájaro Azul”, y tras once horas de conversaciones y “acordar lo que a nuestra amistad corresponde”, como dijo el mandatario mexicano, Castro regresó a La Habana desbarrando de Reagan, del imperio y de todo lo que quiso, tuvo que ver la reunión por televisión y saber de lo que se habló por las agencias de prensa o sus servicios de inteligencia.

Barack Obama tendrá que tomar su decisión: esto no es lo mismo que darle la mano a Raúl Castro en Sudáfrica cuando se cruzó con él en el funeral de Mandela. Esta vez tendría que decir, simplemente, que si se invita a Cuba a la Cumbre de las Américas Estados Unidos no participaría, con lo que tal reunión se degradaría a algo así como un foro más de CELAC. O soportar la humillación para Estados Unidos de sentarse en un cónclave definido para países democráticos en el que estaría participando en la misma mesa nada menos que Raúl Castro.

En manos de Obama está. Veremos si la historia puede absolver al presidente de EEUU en este tema.


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