Actualizado: 21/07/2019 2:08
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EEUU, Ocasio-Cortez, Trump

Ocasio-Cortez, la demagogia y el error

La demócrata no solo yerra al calificar a los sitios donde se mantienen retenidos a los inmigrantes indocumentados de “campos de concentración”, sino cae en la maledicencia

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Además de cometer un error, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez apeló al facilismo político, la demagogia de momento y la tergiversación burda al describir los sitios donde se mantienen retenidos a los inmigrantes indocumentados como “campos de concentración”.

“Esta administración ha establecido campos de concentración para inmigrantes en la frontera sur de Estados Unidos, donde son maltratados en condiciones deshumanizadas y están muriendo”, escribió Ocasio-Cortez en su cuenta de Twitter.

Aunque la congresista no se refirió específicamente al Holocausto, y los términos empleados por ella han sido utilizados a través de los años —en muchos casos de forma no apropiada— para ejemplificar situaciones en campos de detención masiva, ha sido acusada por sus críticos de trazar una analogía inapropiada con el genocidio nazi. Y estos críticos tienen razón.

El lamentar y rechazar hechos, normas y políticas relacionadas con esos centros —dentro de una compleja situación donde las culpas y consecuencias no corren solo de parte de la administración estadounidense— no puede llevarse al extremo de una comparación con los campos nazis, porque hay un abismo de diferencias.

La adulteración de conceptos vinculados a la historia y la realidad del pueblo judío —en la cual abundan las referencias a “campos de concentración” y “Holocausto”, pero no se limitan a estas— en muchos casos interviene tanto la ignorancia como la mala intención, y en el caso de la congresista pueden estar presentes ambas, pero sobre todo la segunda.

Los cubanos, por otra parte, no somos ajenos a tales culpas. Los intentos de banalización de los “campos” y el “Holocausto” se han practicado en ambos lados del estrecho de la Florida.

El asesinato a mansalva de un grupo de asaltantes al cuartel Moncada —capturados por el coronel Alberto del Río Chaviano en 1953— fue comparado por Fidel Castro, en 1956, en México, con el Holocausto.

El periódico Granma ha publicado con frecuencia, a través de los años, artículos de condena al embargo estadounidense —y a la hostilidad económica de Washington hacia el gobierno cubano— refiriéndose a los mismos como genocidio u holocausto.

En Miami diferentes políticos y comentaristas han utilizado metáforas sobre el “Holocausto cubano”. En muchas ocasiones se ha tratado del empleo de un lenguaje inadecuado a la hora de condenar hechos que merecen la repulsa, pero a los cuales hay que saber nombrar adecuadamente. Tal es, en cierta medida, el error de Ocasio-Cortez.

Uno de esos ejemplos de mal uso, por parte del exilio de Miami, no ocurrió en referencia al régimen de La Habana, sino durante la presidencia de Bill Clinton.

Cuando los refugiados cubanos fueron confinados en Guantánamo, tras la Crisis de los Balseros de 1994, en esta ciudad a diario se hablaba y escribía sobre los “campos de concentración” de Guantánamo.

No hay que ser de origen judío para considerar que eso fue una ofensa a todo aquel que sufrió el exterminio nazi, o cuyos familiares pasaron por aquella monstruosidad. Pero a ello hay que agregar que la repetición de tal falsedad hacía inútil cualquier argumento a favor de quienes estaban detenidos en la Base Naval, ya que, si se encontraban en campos de concentración, la consecuencia lógica era que el gobierno norteamericano era nazista. Con igual fin demagógico lo ha usado ahora Ocasio-Cortez, y no hay que ser partidario de Trump para condenar este empleo.

Cualquier generalización que se intente, para equiparar el rechazo o incluso el racismo hacia un grupo social y étnico, con el exterminio por millones de una población por el simple hecho de pertenecer a una raza solo sirve a los demagogos de turno. Además, es y ha sido casi siempre un truco barato.

El Holocausto no fue solo un crimen político, sino también un despropósito moral de una magnitud tal que rechaza cualquier comparación. Muchos genocidios se han producido a lo largo de la historia, pero el Holocausto tiene un carácter único, que lo distingue por encima de todos los otros crímenes. Es necesario hablar con un mínimo de corrección, para lograr el respeto.

“No se puede escribir poesía después de Auschwitz”, afirmó Theodor Adorno, pero la realidad es que no solo se ha continuado escribiendo versos, sino que la industria editorial sobre el nazismo, su líder y el Holocausto es una fuente inagotable. Por pena y desgracia, las referencias desafortunadas también.

En KL: A History of the Nazi Concentration Camps (Farrar, Straus & Giroux), de Nikolaus Wachsmann, se analizan las diversas etapas de desarrollo de aquellos lugares infernales y destaca dos aspectos. Uno es conocido, pero que no se enfatiza: el exterminio sistemático de los judíos, tuvo lugar en gran medida fuera de los campos de concentración. Los campos de la muerte en que fueron gaseados más de medio millón de judíos —at Belzec, Sobibór y Treblinka— nunca fueron oficialmente parte del sistema de los Konzentrationslager o KL.

Auschwitz, cuyo nombre ha pasado a ser sinónimo del Holocausto, nunca fue oficialmente un KL. Fue establecido en junio de 1940, para encerrar a los prisioneros polacos. Los primeros asesinados con gas allí, en 1941, fueron inválidos y prisioneros de guerra soviéticos. La mayoría de los judíos que llegaron a Auschwitz nunca sufrieron los rigores del campo como prisioneros: más de 800.000 fueron gaseados de inmediato, a su llegada, en la vasta extensión del campo original conocida como Birkenau. Wachsmann considera que a finales de 1942 “los judíos constituían menos de 5.000 de los 80.000 prisioneros de los KL”. El afán de exterminio de una raza hizo de la barbarie una solución rápida.

El segundo aspecto que destaca Wachsmann es más novedoso. Aunque se tiende a pensar en la Alemania nazi como un sistema totalitario reglamentado hasta en los detalles más mínimos y con una organización perfecta, en la práctica el gobierno de Hitler se caracterizó en muchas ocasiones por el caos y la desorganización, y los campos fueron un buen ejemplo de ello: cuando se intentó convertirlos no solo en un mecanismo se muerte sino también en un conjunto industrial y económico, el fracaso fue total en el segundo objetivo, aunque no en el primero.

El sistema de los KL, que duró 12 años, llegó a incluir 27 campos principales y más de mil subcampos y en su momento cúspide contó con 700.000 prisioneros, fue al mismo tiempo el símbolo principal del régimen nazista, aunque Hitler jamás visitó campo alguno. Fue Heinrich Himmler, el jefe de las tropas S.S., quien estuvo a cargo del sistema, y su crecimiento se debió en buena medida a la ambición de Himmler por convertir a los S.S. en la fuerza más poderosa de Alemania.

Es posible que la representante federal Ocasio-Cortez no conozca mucho sobre esta historia, pero ello no la libra del pecado de hablar a la ligera, y mucho menos de otro peor: el de la maledicencia.


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