Actualizado: 13/11/2019 9:19
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Cambios, Raúl Castro

¿Opinar lo que se piensa y desea?

En realidad, el General/Presidente no está convocando a un debate nacional, o a que cualquier ciudadano diga lo que piense

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La frasecita —sacada de uno de los últimos discursos del general/presidente Raúl Castro— recorrió el mundo. Unos vieron el asunto con amargo escepticismo, otros con alegría pueril. Los primeros pensaron que esta podría ser la quincuagésima y tanta vez que el propio RC ha convocado a discutir y a criticar, para terminar endilgándole grados en la CIA a los que sinceramente lo hicieron. Los segundos argumentan que el momento es otro y que ahora el clima potencia el efecto de ese llamado al debate crítico.

Y es posible que todos tengan algo de razón, y por ende también de no razón. Yo no tengo respuesta, pero creo que vale la pena tratar de entender cuáles son el alcance y el límite de este nuevo toque a rebato del General.

Sin lugar a dudas, el General anda apurado, entre el tiempo que se le acaba, los requerimientos de la gobernabilidad (que implican por igual mantener el arroz en la libreta y apalear a las Damas de Blanco), las exigencias de la nueva clase burguesa en ascenso que anida en los intersticios de la economía de mercado regulada fuertemente por los militares, y un sistema lento y perezoso. Son todos problemas sustantivos, inherentes al mismo funcionamiento sistémico. Es decir, recordando aquellas distinciones del marxismo soviético, problemas objetivos. Pero cuyas soluciones pasan inevitablemente por el lado subjetivo. De ahí que el General/Presidente recuerde más a un sicólogo pavloviano que a un estadista cuando convoca a limpiar “…las cabezas de todo tipo de tonterías…”. Una tarea ciertamente ardua, si tenemos en cuenta que según el propio RC el sistema enfrenta una poderosa “barrera sicológica formada por la inercia, el inmovilismo, la simulación y la doble moral”.

En otras palabras, el General/Presidente no está convocando a un debate nacional, o a que cualquier ciudadano diga lo que piense. Es lo que quieren oír tecnócratas, intelectuales orgánicos e izquierdistas que no pierden una oportunidad para aplaudir maromas imaginadas. Pero no sería una deducción realista. Y eso lo sabe RC, quien conoce perfectamente que un tipo de régimen político como el cubano —duro y frágil— no se puede permitir muchas flexibilidades sin despedazarse en el intento.

Lo que RC propone es un espacio mayor para el diálogo y la discrepancia dentro de la élite. Es una necesidad si quiere realmente movilizar el pesado aparato gubernamental —llenos de candados y cerrojos— y sumar a su proyecto no solo a la élite —lo cual ha conseguido fundamentalmente—, sino también a la clase política y a la totalidad del aterido funcionariado insular. Y conseguir por esta vía un Estado más ágil capaz de responder a las exigencias del mercado en plazos menores que los mastodónticos planes quinquenales.

Pero también es una necesidad para la reproducción futura del sistema. Toda clase política necesita de normas claras y regulares de reciclaje. Requiere de acuerdos que disciplinen (ahora recuerdo a Bousset) tanto a los que quieren entrar como a los que no quieren salir. Bajo la égida de Fidel Castro todo esto fue imposible debido a su estilo caudillista y anti-institucional, lo que provocó frecuentes desangramientos de la élite y ese envejecimiento que golpeó en la cara a RC durante el VI Congreso. RC intenta en este sentido, como en otros, subsanar el estropicio heredado de su hermano, y para ello fija su atención en el modelo chino y su peculiar manera de conseguir consensos y fórmulas de circulación elitista en un sistema político autoritario que prescinde esencialmente del factor electoral.

Creo que ello es positivo, sobre todo si lo comparamos con la situación vivida hasta 2006. Una burocracia más ágil y un funcionariado más innovador son condiciones para el desarrollo nacional, y hay que saludar cualquier intento para conseguirlo. Un espacio de discusión abierto, siquiera de la frugal manera como los dirigentes cubanos administran esos espacios, es también positivo. Pero difícilmente pueda hablarse aquí de un avance democratizador. La población, según la versión oficial ofrecida por el general/presidente, ya discutió lo que tenía que discutir y dio todas sus opiniones durante los análisis de esa shopping list incompleta que resultan los Lineamientos.

El estilo político sigue siendo verticalista y restringido. La propia descripción dada en el discurso de RC habla de inconformidades e ideas que suben y bajan por un estrecho tubo que culmina en la supercomisión presidida por Murillo. Nada de debate público. Nada de organizaciones sociales autónomas, a excepción de las pocas elegidas que apuestan por una “transición ordenada”, donde el orden subordina a la transición. Nada de respeto hacia la formación de una opinión pública que resulta una cualidad inseparable de las sociedades democráticas, sean estas existentes en el capitalismo o pensadas en el socialismo.

Finalmente queda el asunto de los temas permitidos. La idea de que cada cual opine lo que piense no solo es limitada porque se circunscribe a la clase política y al funcionariado, sino también porque se restringe a una agenda económica fijada por la propia élite. Esto no es un llamado para debatir sobre cuestiones diversas que afectan a la sociedad cubana, sino solamente sobre aquellas que apuntalarían la eficiencia económica. Como si el eficientismo que separa política de economía —rasgo inequívoco del credo neoliberal— pudiera ser también el lugar ideal de desembarco de la élite postrevolucionaria cubana en su desesperado intento de ser parte del mundo.

Debo aclarar, finalmente, que el hecho de que la agenda que fija el Gobierno cubano para la discusión sea —sensu estrictísimo— asépticamente económica, no significa que no sea política en el sentido laxo que la vida nos impone. La élite política y la clase empresarial emergente están imponiendo al pueblo cubano una agenda que implica una transformación radical de las pautas de propiedad y distribución de los ingresos, del sentido de los servicios públicos y del control de los recursos. Una parte significativa de la población está engrosando una hueste depauperada de perdedores llamados a prolongar sus existencias miserables en el modelo “actualizado”. Y una parte muy reducida se está convirtiendo en la nueva clase burguesa, apropiándose, en asociación con el capital internacional, de partes significativas del excedente.

Y todo esto no es solamente político por su naturaleza, sino que es posible gracias al control absoluto que esa élite ejerce del poder político.


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