Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Disidencia, Oposición, Represión

Oposición y pamplinas

La libertad individual autoriza para decir y hacer casi cualquier cosa, pero no garantiza que la expresión y la acción sean razonables

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¿Se acuerdan del Llamamiento urgente por una Cuba mejor y posible (2012), empinado sobre el consenso con Raúl Castro de “que el país está al borde del abismo”? La urgencia acaba de cumplir dos años y todo paró en que Ariel Hidalgo se cree que, por firmar este panfleto, “más de 300 cubanos residentes en Cuba y 27 países“ entraron a la categoría “Ser de lo Alto”.

¿Se acuerdan de El camino del pueblo (2011), remedo de aquel “camino para que el pueblo de Cuba transite en la verdad” que había trazado el Proyecto Varela (1998)? Está colgado en Internet con apenas 1490 firmas.

La semana pasada dejó recuerdos más frescos. Jorge Luis García Pérez (Antúnez) sopló una “desafiante carta” a Raúl Castro, luego de haber alardeado en Miami con la convocatoria a un “paro nacional” y “postergar” en Placetas una huelga de hambre porque debía solidarizarse con las protestas en Venezuela. José Daniel Ferrer subió la parada mediática convocando a toda la disidencia a sumarse “al desafío del cubo de hielo por la esclerosis”.

La libertad individual autoriza para decir y hacer casi cualquier cosa, pero no garantiza que la expresión y la acción sean razonables. En política hay algo peor que no hacer nada o ver los toros desde la barrera: saltar al ruedo para hacer algo insensato y aun contraproducente, porque el apetito mediático de la disidencia en Cuba termina por aburrir a la gente y despierta la sospecha de que tanta pamplina, por simple repetición, tiende más bien a la patraña.

Política es estrategia

La acción política es instrumental y tiene que obedecer a la lógica de medio a fin. Si Antonio Rodiles se propuso como fin que Cuba ratifique los pactos internacionales de derechos humanos, es lógico que emplee como medio el instrumento legal de queja y petición. Se queja de la demora de Cuba en ratificar los pactos que ya firmó y pide ratificarlos sin cortapisas en el Derecho interno. Así, este ademán opositor queda bien plantado en la dimensión horizontal de la democracia (igualdad de derechos) y perfectamente vinculado al contexto internacional.

Sin lógica de medio a fin, los ademanes opositores son pura pamplina. El patrón acostumbrado es adentrarse en la dimensión vertical de la democracia (gobierno) para procurar fines supremos (plebiscito o referendo, mesa de diálogo nacional o asamblea constituyente, nueva constitución o nuevas leyes, y cosas por el estilo) con el único medio de la exposición y el sometimiento a la firma de la gente —sin (Oswaldo Payá) o con (Manuel Cuesta) discusión previa— de tal o cual proyecto que cristalizaría ya solo por decisión del parlamento y/o del gobierno, donde los promotores no tienen, respectivamente, ni un diputado ni un ministro a favor.

No es arrogancia, sino pamplina, pensar que el parlamento o el gobierno admitirán planteos de la oposición por remitírseles determinado documento o divulgarse en los medios fuera de la Isla o en Internet. Lo peor es que la apariencia de legitimidad del castrismo descansa en los resultados de las elecciones, pero la oposición suele despacharlos como irrelevantes y para contrarrestarlos maneja nada menos que sus propios números de firmantes de proyectos o asistentes a reuniones. Si juntáramos unos y otros no llegarían, ni por asomo, al número de electores que, por ejemplo, vienen anulando sus boletas en la última década de elecciones generales: 69.863 (2003), 85.216 (2008) y 94.808 (2013).

Por no haber logrado jamás la fuerza del número, ni siquiera entre quienes expresan radicalmente su voluntad política contra el gobierno, estos proyectos opositores se tornan estériles. Y si no tienen apoyo popular por causa de la represión, el único fin racional sería entonces desmontarla. Tampoco sirve a tal efecto andar de un proyecto en otro, que vale tanto como ir de pamplina en pamplina o incurrir en algo políticamente peor: despreciar al pueblo.

Ilusionismo plebiscitario

A poco de refugiarse en Miami, Rosa María Payá largó: “El Camino del Pueblo es la propuesta que el Movimiento Cristiano Liberación (MCL) tiene para resolver la crisis política cubana de manera pacífica, y exhortamos al gobierno a aceptar esa propuesta”. Hace poco anunció que el MCL prepara “una campaña para solicitar que se realice un plebiscito en Cuba [con] una sola pregunta: ¿quiere participar en elecciones libres y plurales?”. Aunque El Nuevo Herald haya exaltado editorialmente esta pamplina como “Una iniciativa por la libertad en Cuba”, es sabido que ningún reciclaje del Proyecto Varela arraigará entre cubanos.

Desengañémonos: cada elección en Cuba es un plebiscito, porque todo el mundo sabe que votar por cualquier candidato es votar por el gobierno y en la última década de elecciones generales lo han hecho: 7.803.898 (2003), 7.839.358 (2008) y 7.877.906 (2013) cubanos. A este fenómeno cada bandería del problema cubano podrá darle la explicación que mejor convenga, pero el quid radica en que la solución no pasa por ninguno de los proyectos acostumbrados de la oposición.

El ademán opositor de convocar a plebiscito se remonta por lo menos a la transición del Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH) al Partido Pro Derechos Humanos de Cuba (PPDHC) en 1988, esto es: al tránsito de la lucha por la democracia desde la dimensión horizontal a la dimensión vertical. Al filo del plebiscito nacional en Chile, el PPDHC tuvo la ocurrencia de recoger firmas al bulto para convocar otro en Cuba, sin advertir que con diez mil o más firmas, incluso recogidas como manda la ley, la convocatoria no tenía ni tendría un solo diputado a favor en la Asamblea Nacional, que es la única instancia decisoria para convocar a plebiscito.

Coda

Desde luego que pregonar plebiscitos, soplar carta abierta a Raúl Castro o hacer cualquier otra pirueta para aflorar en los medios de ultramar es mucho más fácil y alardoso que trabajar a diario y discretamente con la gente intramuros para que voten contra el gobierno y acaben por deslegitimarlo con sus propios datos electorales. Pero quien intente guardar distancia frente a oposición, disidencia o resistencia que siempre dan más de lo mismo, sin conseguir arrastre popular ni arrancar concesión del gobierno, solo recogerá una sarta de improperios.

Así que para evitarlos conviene dar crédito a proyectos tan fútiles como discutir el deber ser de la constitución al margen del ser que indica cómo transformarla, o enrumbar por aquel camino del pueblo que vocearon como reflejo de “un momento de mayor madurez”, así como de “apertura a un modelo distinto de liderazgo [y] fundamento plural de la nación”.


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