Actualizado: 26/11/2020 16:04
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| Opinión

EEUU, Presidente, Trump

Optando por el mal menor

No hace falta explicar que mi alma conservadora ya ha elegido, salvando todos sus escrúpulos. El presidente Trump no me gusta; no obstante, votaré por él en noviembre

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En el tiempo que llevo viviendo en Estados Unidos, nunca he visto una polarización mayor ni una crispación tan acusada en un año electoral. Recuerdo que, en las décadas de los 80 y los 90, las campañas políticas de los dos principales partidos me resultaban aburridas, o al menos era difícil encontrar las diferencias entre demócratas y republicanos. Los debates de los candidatos se centraban entonces en la economía (si la estimulaban reduciendo los impuestos, que era el énfasis de los republicanos; o si era menester emplear más fondos en ayudas sociales, como predicaban los demócratas) y en la gestión exterior, donde solía haber más discrepancias.

La atmósfera política se fue emponzoñando cada vez más en este siglo, hasta llegar al momento actual en que las agendas de ambos partidos parecen estar en las antípodas. La situación se ha hecho más tensa en los últimos meses gracias al encierro que nos impone la covid-19 y a las protestas raciales que han alterado la paz pública, obrando mancomunadamente para dividir la sociedad en dos campos antagónicos como acaso no se hayan visto desde la guerra de Secesión.

De una parte, el Partido Demócrata ha derivado hacia la extrema izquierda, rehén en gran medida de un sector radical que se autodenomina “socialista” y que ha llegado al punto de legitimar los actos vandálicos y la rebelión social; en tanto el Partido Republicano parece atrincherarse en una derecha rancia que encuentra sus caballos de batalla en la oposición al aborto y a la inmigración ilegal y en la defensa de la tenencia de armas de fuego y del statu quo.

En consecuencia, las próximas elecciones generales están llamadas a ser ferozmente polémicas y, sin duda, decisivas respecto al rumbo que ha de seguir la nación. Las partes contendientes ya se aperciben. Si Donald Trump resulta reelecto (como a mí me parece que ha de serlo, por encarnar, en estos momentos y pese a todos sus defectos, el imperio de la ley y el orden) habrá un serio bandazo a estribor que afincará las políticas de derecha no sólo por los cuatro años de su segundo mandato, sino por mucho más tiempo, teniendo en cuenta su oportunidad de nombrar jueces y magistrados de su propia ideología, que garantizarían la prevalencia de sus doctrinas hasta mucho después del término de su vida.

Si, por el contrario, los votantes eligen a Joe Biden (presunto candidato a las presidenciales por los demócratas) y a los izquierdistas de todo pelaje que se le asocian, la nave del Estado dará un giro a babor que se traducirá en un inmenso repertorio de concesiones y prebendas a favor de toda la retacería ideológica que se ha sumado a esa campaña y de la cual él sería deudor. Biden —que peca por defecto donde Trump peca por exceso— estaría a merced de todos los que hicieron posible su victoria y terminaría siendo poco menos que una marioneta, sin más iniciativa que la dictada por esa suerte de coalición que lo habría llevado maniatado a la Casa Blanca.

Es factible que un gobierno de Biden intente mantener o restablecer los compromisos internacionales que Trump, movido por su tendencia aislacionista, ha debilitado; pero esos compromisos se verían frenados por la dinámica misma de una gestión que querría distanciarse de cualquier acción “imperialista”, de suerte que, en lugar de proyectarse con firmeza en el escenario global (con los aviones y cañoneras que esa postura siempre exige), se traduciría en un repertorio de acciones tibias y medrosas —a semejanza de las llevadas a cabo por el presidente Jimmy Carter— que contribuirían a disminuir el decisivo arbitraje de Estados Unidos en el mundo.

Este país de adopción, en el cual he vivido durante cuarenta años —y al cual profeso gran amor y respeto aunque nunca llegue a sentirlo como patria— está abocado a una peligrosa encrucijada: entre lo que ha sido por más de dos siglos y lo que algunos “revolucionarios” quieren que llegue a ser; entre la tradición, que erige estatuas, y la pasión iconoclasta que las derriba; entre el orden que garantiza la propiedad y el medro, y los vándalos que los destruyen; entre la seguridad representada por las fuerzas del orden y las tribus tatuadas que aspiran a su disolución.

No hace falta explicar que mi alma conservadora ya ha elegido, salvando todos sus escrúpulos. El presidente Trump no me gusta, me parece un tipo impresentable y, en ocasiones, he llegado a sentir vergüenza de que se encuentre al frente de este país; no obstante, votaré por él en noviembre, por creer que la alternativa es mucho peor y más corrosivamente disolvente. Me atrevo a creer que hay muchos electores que piensan como yo.


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