Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Revolución cubana, Lucha, Historia

Otra historia de la revolución

Formas de contar la historia de ese fenómeno histórico denominado revolución cubana

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La cubanología abrió diciembre en Miami con la presentación de Revolutionary Cuba, A History (University Press of Florida, 2014, 408 pp., $44.95) en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos (ICCAS). A tal efecto Brian Latell conversó con el autor, Luis Martínez-Fernández, Profesor de la Universidad de Florida Central (UCF), quien segmenta su historia de la Cuba revolucionaria en tres fases: Idealismo (1952–1970), Institucionalización personalista (1971-90) y Supervivencia (1991-2013).

Antes que como historiador en función investigadora, el autor procede más bien como historiógrafo: compila y selecciona sobre todo fuentes secundarias —otros historiadores o historiógrafos— para dar “la valoración más comprensiva, sintética y sistemática de la revolución cubana”, según el Dr. Jorge Duany, Director del Instituto de Estudios Cubanos (CRI-Universidad Internacional de la Florida), que patrocinó el lanzamiento de la obra, el 6 de noviembre, en la librería Books & Books de Coral Gables.

Un capítulo como antecedente

Martínez-Fernández había pergeñado ya con cierto descuido el capítulo sobre la revolución cubana del manual A Companion to Latin American History (John Wiley & Sons, 2011, 544 pp.). En la página 368, por ejemplo:

  • Refiere el combate de Uvero on May 28 como la primera gran victoria rebelde y prosigue: two months later, the guerrilla victory at El Jigüe marcó el punto de viraje de la guerra. Aquel 28 de mayo corresponde a 1957 y la victoria de El Jigüe aconteció efectivamente en julio, pero de 1958.
  • Incluye a Raúl Chibás en el primer gobierno provisional revolucionario. Aunque los medios dijeron que era ministro de Hacienda, Chibás declinó esta cartera —ofrecida por el propio Castro— antes de formarse el gobierno y el ministro de Comercio, Raúl Cepero Bonilla, tuvo que interinamente ocuparla hasta que pasó a Rufo López Fresquet. Chibás fungió primero como juez de los Tribunales Revolucionarios y hacia marzo de 1959 fue designado Presidente de los Ferrocarriles Occidentales de Cuba.

Transición pacífica

Martínez-Fernández transitó de aquel capítulo sobre la revolución cubana al libro sobre la Cuba revolucionaria sin dar guerra crítica. Así lo ilustra su historiografía del primer gobierno provisional, que soslaya testigos tan excepcionales como Luis Buch (ministro de la Presidencia y secretario del Consejo de Ministros nombrado por el Presidente Urrutia antes de tomar posesión), quien dio cuenta en Gobierno revolucionario cubano: Génesis y primeros pasos (Ciencias Sociales, 1999).

  • Martínez-Fernández asevera que el primer gobierno de la revolución triunfante fue ostensibly selected by Urrutia, but with strong input from Castro and Carlos Franqui (página 50).

Franqui no tuvo nada que ver con ese gobierno, salvo por su propio cuento o relatos de otros igual de ajenos al asunto. Además de Buch, Urrutia apenas seleccionó al Dr. Roberto Agramonte como canciller y al Dr. Ángel Fernández como ministro de Justicia. Castro escogió a los demás ministros, incluso a José Miró Cardona como premier. Y Urrutia no tenía más remedio que aceptar, puesto que él mismo había sido escogido por Castro.

  • Martínez-Fernández narra con tino que Castro gobernaba informalmente desde el Havana Hilton, pero continúa con un episodio que no fue así ni por asomo: Protesting the diminishing authority of the Council of Ministres, Prime Minister Miró Cardona resigned on February 13, striking an unexpected blow to the image of revolutionary unity that Castro sought to cultivate. Castro assumed the vacant premiership (página 51).

Martínez-Fernández sigue aquí el tendel del periodista de Granma Jean-Guy Allard sobre la fricción entre Miró Cardona y Castro. Ante todo Castro cultivaba la imagen de unidad de revolucionaria tan sólo a su alrededor, desde que repudió, el 14 de diciembre de 1957, la Junta de Liberación o Pacto de Miami. Miró no asestó ningún golpe a esa unidad bien centrada, sino a Urrutia.

Según Buch, Miró sostenía “que para mantener la autoridad del gobierno era indispensable que Fidel asumiera el Premierato”. En el ambiente conspirativo de la casa del ministro de Comunicaciones, Enrique Oltuski, Miró dio la clave para desbancar a Urrutia: como la Ley Fundamental (1959) establecía que “el Primer Ministro representará la política general del Gobierno” (Artículo 146), sugirió cambiar representar por dirigir.

Así se acordó en sesión del Consejo de Ministros —que concentraba los poderes legislativo y constituyente— a la cual Urrutia no asistió por estar enfermo. Miró explicó que, de ese modo, el primer ministro se convertía en verdadero jefe de gobierno y debía serlo el jefe de la revolución. Amén de renunciar, pidió a los demás ministros que renunciaran en pleno para que Castro armara otro gabinete a gusto. Esto no es tan sólo testimonio de Buch, sino que consta en acta.

El recurso del método

Para contar la historia de ese fenómeno histórico denominado revolución cubana habría que guiarse, más allá del placer de la narración interesada, por la máxima de Gottfried Keller: “La verdad no se nos escapará”.

Martínez-Fernández tampoco se atiene a esta máxima al repetir en su libro la leyenda negra que Castro largó en La Historia me absolverá (1954): “El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte”. El historiador Antonio R. de la Cova demostró ya que no hubo tortura, sino tan sólo muerte. Aquella se volvió superflua desde que, nada más que al ser detenidos, Osvaldo Socarrás y otros asaltantes revelaron que Castro era el jefe y todos habían salido de la granjita Siboney. Se asesinó sin más a quien daba positivo en la prueba de parafina (The Moncada Attack, University of South Carolina Press, 2007).

Igual sucede en el precitado capítulo del manual sobre historia de América Latina. Martínez-Fernández puntualizó: As a result f the dialogue of 1978 [between the Cuban government and certain segments of the Cuban exile community] Cuba released some 3,600 political prisoners (página 378). Es sabido que la liberación de los presos políticos se acordó en reuniones secretas entre representantes de Castro y funcionarios de la administración Carter.

Tras anunciar el bando de Castro que se había tomado la decisión de liberar a miles de presos políticos (Nueva York, 15 de junio de 1978), Washington aceptó recibir a quienes pasaran el debido proceso de verificación (Atlanta, 8 de agosto) y los detalles se ultimaron (Cuernavaca, 28 de octubre) antes de que el diálogo entre el gobierno de Cuba y ciertos sectores de la comunidad de exiliados arrancara en La Habana y discurriera en tres sesiones: 20 y 21 de noviembre más 8 de diciembre.

Así podría abundarse en otros ejemplos del capítulo y del libro, pero la crítica es desagradable y a la postre conviene a muchos dejar que la verdad histórica se escape, porque siempre podrá recurrirse a un mito para guardar la apariencia de que hasta el pasado está a favor de la posición interesada en el presente.


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