Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Embargo, ONU, EEUU

Otra vez el embargo en la ONU

Desde 1992 Cuba lleva cada año el embargo estadounidense a votación en la Asamblea General de la ONU. El martes logró un récord histórico: la condena a la medida por 191 países

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Algunas de las razones actuales para el levantamiento del embargo norteamericano hacia el régimen cubano son malintencionadas en sus pronunciamientos y lógicas en su práctica. Detrás de ellas se encuentran intereses comerciales, que no solo buscan vender unos cuantos productos. A ello se une el interés de destacar un principio: los embargos comerciales tienen poca utilidad, salvo excepciones, en un país como Estados Unidos; una nación que propugna la economía global y el liberalismo económico.

Otros motivos de rechazo pueden ser debatidos con argumentos similares, pero de signo contrario. Entre ellos, la afirmación de que el embargo es inmoral, que hay que suprimirlo para quitarle una excusa al régimen castrista y la acusación de que éste es el causante de buena parte de la miseria en Cuba.

Desde el punto de vista político o militar, los embargos ―incluso los bloqueos en el caso de guerras― no son morales e inmorales, porque la ética nunca ha formado parte de la estrategia. También al gobierno de La Habana le sobran las excusas y la pobreza que impera en la Isla es una de las mejores tácticas con que cuentan los hermanos Castro, al utilizar la escasez como un instrumento de represión.

Falsa es además la pretensión del gobierno cubano de llamar “bloqueo” a un embargo cada vez más limitado o con agujeros. No existe un bloqueo estadounidense sobre Cuba. Una y otra vez el canciller cubano, Bruno Rodríguez habla de “bloqueo”, pero no hace más que repetir una retórica antigua.

Un bloqueo tiene una connotación militar e implica un aislamiento militar. Es una acción de guerra. “¿Donde están los buques de guerra?”, respondía el fallecido escritor cubano Guillermo Cabrera Infante cuando le preguntaban al respecto.

El bloqueo implica cierre de fronteras, puertos y aeropuertos y el impedimento de salida o entrada de cualquier persona o bienes del territorio objeto de la medida. En el caso de Cuba, solo ocurrió un bloqueo por breve tiempo, e incluso fue parcial, cuando en 1962, durante la crisis de los misiles, EEUU bloqueó para inspeccionar cualquier ingreso de buques, especialmente soviéticos, para evitar la llegada de armas de destrucción masiva. Nunca más se volvió a repetir una acción de este tipo.

Sin embargo, el gobierno cubano no ha parado de utilizar una retórica militarista con fines propagandístico, incluso ahora que el concepto de plaza sitiada se ha visto abandonado por una situación que mejor se describe como plaza visitada.

EEUU está entre los cinco principales socios comerciales de Cuba, a la que vende miles de toneladas de productos agrícolas al año. ¿Qué bloqueo?”, “¿qué embargo?”, reclaman mucho en el exilio. Pero ello tampoco debe servir para pasar por alto la existencia de barreras que en ocasiones impiden operaciones comerciales, incluso más allá del territorio estadounidense, y que tampoco se pueden resumir simplemente en los inexistentes créditos comerciales por parte de EEUU hacia la Isla.

Rechazo nacional e internacional

A estas alturas el embargo no es una medida que se valora de forma positiva, ni internacionalmente ni en el país donde un mandatario la promulgó el 7 de septiembre de 1962, luego de tener a buen resguardo una provisión tal de tabacos que le sobreviviría.

John F. Kennedy no vivió lo suficiente para conocer que no era violar la ley, sino el tabaco cubano lo que resultaba dañino. Fidel Castro lo supo a tiempo y dejó de fumar. Por su parte, el embargo no se ha hecho humo en 53 años.

A los granjeros norteamericanos no les preocupa tanto el quedar fuera del reparto de los puros, al final de la cena. Lo que ellos quieren es participar en la venta de los comestibles que se pondrán en la mesa. Si no han avanzado mucho en sus propósitos, se debe a dos razones fundamentales.

Una es que declararse a favor del embargo hasta hace poco continuaba formando parte de la agenda electoral —tanto del Partido Republicano como del Demócrata—, porque constituía uno de los pocos incentivos que se les pueden ofrecer a los votantes cubanoamericanos. Paulatinamente esta táctica electoral ha ido debilitándose. En su aspiración a la gobernación de la Florida, el cambiante Charlie Crist, se atrevió a declararse en contra del embargo. Acabó perdiendo, pero no por dicha declaración. Crist venció en la capital del exilio con un amplio margen frente a Rick Scott según los cómputos electores. Hillary Clinton dejó en claro y por escrito que se opone al embargo, incluso antes de iniciar su campaña por la denominación presidencial demócrata, en su libro Hard Choices. El presidente Barack Obama no declaró sus intenciones de cambiar el enfoque en la relación con el gobierno castrista sin antes asegurarse que varias encuestas demostraban que tal actitud no implicaría un elevado coste político, ni para él ni para su partido.

Un mercado pequeño

El segundo aspecto que por décadas favoreció el mantenimiento del statu quo comercial con la Isla fue que se trata de un mercado menor. Si Cuba fuera China, ya hace rato no habría embargo.

Sin embargo, esta situación se ha visto modificada por dos factores. Una es que en la actualidad cualquier mercado cuenta, con independencia de su dimensión, en un mundo cada vez más competitivo. Otra es el surgimiento de una especie de boom, que ha puesto de moda a Cuba y la ha convertido de pronto en un destino atractivo. Aunque resulta difícil predecir la duración de esta especie de moda, ello no resta importancia a una oportunidad de obtener ganancias.

Aunque en estos últimos años los granjeros estadounidenses han visto aumentar y disminuir sus ventas a la Isla, según las circunstancias políticas y las dificultades económicas siempre presentes en Cuba, ahora las circunstancias internacionales han aumentado sus temores frente a la realidad de los grandes países emergentes y los socios comerciales de siempre en el panorama cubano, desde las naciones europeas hasta China y Rusia. Brasil superó a Estados Unidos como socio comercial con Cuba y aunque el deterioro económico y la crisis política en el gigante sudamericano ha mermado este avance, la participación comercial y política en la Isla de Rusia y China han aumentado. Más allá de los trajines políticos en Washington y La Habana, el mercado global impone sus reglas.

Todas estas consideraciones han gravitado con mayor o menor fuerza a la hora de opinar sobre el embargo. En todas, los juicios pueden inclinarse en un sentido u otro de acuerdo a las preferencias políticas, la ideología de quienes los esgrimen y la situación reinante en los países implicados y en otros que se han sumado al panorama nacional e internacional en que se definen los usos y alcances del embargo.

¡Y dónde queda el ideal democrático?

Sin embargo, este análisis no debe limitarse a fines y medios, sino también a su capacidad como instrumento para llevar la democracia a la Isla.

La valoración positiva del embargo encierra por lo general dos equívocos: uno es la subordinación mecanicista de la política a la economía, que se traduce en aplicar un criterio estrecho al caso cubano. Repetir aquello de “lo bueno que tiene esto es lo malo que se está poniendo”.

Esta actitud siempre ha chocado contra la realidad cubana. Durante los largos años de gobierno de Fidel Castro, éste siempre actuó como un gobernante, de forma dictatorial y despótica, pero nunca como un empresario.

Fue un político que se movió mejor en las situaciones de crisis que en las épocas de “bonanza” (las comillas obedecen a que el régimen nunca ha conocido ni le ha interesado establecer en Cuba un período de “vacas gordas”). Si Raúl Castro ha emprendido una vía de “actualización” del modelo, que se interpreta como la autorización de algunas reformas tímidas, no se pueden equiparar libertades económicas y políticas, a partir de que ambas son necesarias. El desarrollo de la disidencia en la isla ha obedecido a un desgaste político, no económico.

El segundo error es hacer depender la evolución política del país de una medida económica dictada desde el exterior, por otro gobierno y en otra nación. El embargo es una ley hecha en EEUU, no es una creación de los opositores a Castro en la Isla.

Desde hace años el embargo ha perdido ―si alguna vez tuvo― su valor de palanca para impulsar la democracia. Al ceder o estar reducido al máximo el poder presidencial para cambiar la ley, quienes la defienden no dejan de repetir unas exigencias que, de por sí, sitúan su final en un momento utópico, cuando tras la desaparición de los hermanos Castro se establezca en Cuba una democracia perfecta y un respeto a los derechos humanos intachable, además de un comercio sin barreras y una industria privada sin límites. Muy bonito, pero también poco práctico.

Cierto que en su intolerancia, el régimen de La Habana no responde a incentivo alguno, verdad también que hay un largo historial en que el gobierno castrista ha puesto obstáculos y trampas a cualquier avance en las relaciones con Washington, pero la ausencia de un plan manifiesto y conocido de incentivos parciales no hace más que ayudar a las fuerzas reaccionarias en ambas orillas del estrecho de la Florida.

De lo que se habla aquí es de un problema que, en buena medida, tiene que ver con la imagen. Para los ojos de buena parte del mundo, EEUU es la nación de las restricciones y el embargo norteamericano hacia Cuba no es popular en el resto del mundo, incluso entre los aliados de este país. Basta solo consultar esta última votación en Naciones Unidas, donde la condena al embargo obtuvo una votación récord de 191 países. El año pasado, había tenido 188 votos y tres abstenciones, las de Micronesia, Palau e Islas Marshall, que este martes respaldaron la resolución cubana. Solo EEUU, luego de una especulación donde se barajó una posible atención (lo que habría sido un hecho insólito) y su fiel aliado Israel votaron en contra.

El embargo y los cambios

Es verdad que un levantamiento total o parcial del embargo, sin exigir nada a cambio, no traerá cambios políticos de inmediato. En igual sentido, la falacia de que una mayor entrada de productos norteamericanos conllevará una mayor libertad es otra utopía neoliberal, que tiende a asociar la Coca-Cola con la justicia y a la democracia con los McDonalds. Mentira es también que el pueblo de Cuba está sufriendo a consecuencia del embargo y no por un régimen de probada ineptitud económica.

Nada de lo anterior contradice el hecho de que continuar respaldando al embargo es batallar a favor de la derrota. Algo que nunca hacen los buenos militares. Defender una trinchera que es un blanco perfecto para el enemigo, desde la cual no se puede lanzar un ataque y que solo protege un pozo sin agua custodiado por un puñado de soldados sedientos. Se trata de una herramienta poco efectiva para lograr la libertad en Cuba. Su ineficacia ha quedado demostrada por el tiempo; su significado reducido a un problema de dólares y votos.

Otra cosa muy distinta es el otorgamiento de privilegios comerciales y el reconocimiento de la participación del gobierno cubano en organismos internacionales, porque tales medidas darían una legitimidad que éste no se merece.

Un deslinde necesario

Hay que establecer el deslinde necesario entre las medidas económicas y las políticas. Diferenciar la función del exilio y el papel de EEUU como nación. En el mundo actual, los embargos han demostrado ser de poca utilidad, y en parte han servido para el enriquecimiento de las clases gobernantes, a las que supuestamente intentaban derrocar. Si seguimos martillando sobre una herramienta tan poco efectiva, perdemos la oportunidad de desarrollar otros frentes, cuya eficacia aún no ha sido puesta a prueba. La astucia debe imponerse sobre la testarudez.


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