Actualizado: 07/07/2020 14:33
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| Opinión

Exilio, Pablo Milanés

Pablo Milanés cantó en Miami, y el mundo no se acabó

Si el ser humano es un animal político, hay quienes se toman muy en serio solamente lo de “animal” a secas, olvidándose de lo político

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Digo claramente, antes que todo, que respeto absolutamente el derecho de cada quien a expresar libremente sus opiniones sin temor a ser reprimido, aunque yo pueda estar o no de acuerdo con determinadas opiniones, porque la libre expresión es un derecho sagrado en toda democracia. Aunque algunas opiniones, cuando se manifiestan de forma vociferante, aberrante, sobre una aplanadora, o con expresiones casi analfabetas, puede que no capaciten para matricular en alguna Universidad, eso no cercena el derecho a expresarse libremente.

Con eso establecido, me pregunto: ¿Hasta cuándo algunos en Miami van a seguir aferrados a causas que no tienen posibilidad de triunfar? ¿Hasta cuándo van a seguir creyendo que en un país de leyes se puede imponer la voluntad de una parte de la sociedad contra todos los demás? ¿Hasta cuándo la prensa supuestamente “seria” de Miami va a seguir haciéndose eco festinadamente de los dislates y extravíos de los “duros”, sin siquiera cuestionarse la racionalidad de sus posiciones?

No es lo mismo oponerse —por cualquier razón, pasión o argumento— al concierto de Pablo Milanés o de cualquier otro cantante en Miami, derecho que tenemos todos, que declarar que “aquí no va a cantar porque a mí no me da la gana”, como si en vez de Estados Unidos se estuviera en Cuba, China, Siria o Zimbabwe.

Y al cantar Pablo, ante miles de asistentes a los que “les dio la gana” asistir y disfrutar del trovador, los cruzados medievales perdieron su escaramuza una vez más. Haberse opuesto al concierto antes de que se realizara, y protestar frente al evento durante su realización, respetando el orden y la ley, como se hizo, es ejercer el derecho legítimo de las personas libres en una democracia. Pero eso no justifica los reiterados absurdos anteriores, como pretender que el gobierno local prohibiera el concierto, simplemente porque muchas personas —aunque fueran decenas de miles— entendían que no debía realizarse.

Por mucho dolor, frustración o tristeza que cargue Miami sobre su existencia, ningún exilio puede pretender cuestionar, y mucho menos a la cañona, las bases fundacionales del Estado de derecho (the “rule of law”) de Estados Unidos.

Si la política es el arte de lo posible, buena parte de esos “duros” de Miami demostraron, una vez más, aferrarse a lo imposible. Si el ser humano es un animal político, hay quienes se toman muy en serio solamente lo de “animal” a secas, olvidándose de lo político.

Pablo Milanés en Miami y Winton Marsalis en La Habana, es intercambio cultural entre Cuba y Estados Unidos, como Omara Portuondo en EEUU y la Orquesta de Harvard en Cuba también es intercambio cultural. Que tal intercambio no haya incluido a prestigiosos, excelentes, y queridos artistas cubanos del exilio, como Willy Chirino o Gloria Estefan, no significa que no haya “intercambio” entre Cuba y Estados Unidos, sino algo mucho más sencillo: que Miami, por sí solo, no es todo Estados Unidos, ni mucho menos.

No tiene sentido que el promotor de la presentación de Milanés en Miami haya gastado dinero en publicidad: le bastaba avisar que se realizaría el concierto, y los “duros”, con el apoyo de la prensa “seria”, hubieran hecho la publicidad gratuita suficiente para el éxito del espectáculo.

Pablo Milanés es un icono musical en Cuba, España y América Latina desde hace muchos años: machacar sus discos en el downtown de Miami no cambia esa realidad. ¿Nadie recuerda que en 1960 el régimen totalitario quemó discos del chileno Lucho Gatica en La Habana, o que posteriormente prohibió durante mucho tiempo transmitir en las emisoras radiales a Los Beatles, Julio Iglesias o José Feliciano, sin que haya mermado la popularidad de ninguno de ellos entre los cubanos?

A muchas personas en Miami no les gustan las posiciones políticas de Pablo Milanés ¿Y qué? ¿Pretenden que rompa con el régimen y desee quedarse a vivir en Miami? ¿Con qué derecho? Aunque si lo hiciera no faltarían quienes exijan además que pida perdón “al exilio”. Sin embargo, cuando se paga la primera mensualidad del “mortgage” (hipoteca) de la casa que se compra, la preocupación básica del cubano en Estados Unidos se tiene que repartir entre la patria que sufre y la obligación de pagarle al banco cada mes. Aunque no quiera admitirse.

Nada borra el dolor de los familiares de los fusilados o de los fallecidos en el Estrecho de La Florida tratando de escapar del paraíso proletario; de quienes cumplieron injustamente muchos años de cárcel en prisiones de la dictadura; de las familias divididas por el odio y la intolerancia; de los humillados, vejados, frustrados y preteridos por el régimen. Pero nada de eso justifica la intolerancia patológica del pensamiento cavernícola, ni creerse que este gran país, la primera potencia mundial, aunque les duela tanto a algunos, se dirige desde Miami.

Más que seguir cocinándose en la propia salsa, es hora de aprender, de una vez por todas, que en una democracia tienen tanto valor las opiniones de aquellos que coinciden con las nuestras como las de los que se oponen diametralmente.

Por eso Pablo Milanés cantó en Miami, y no pasó nada más: no hubo terremotos, invasiones extraterrestres, cataclismos nucleares ni pandemias fulminantes. Ni siquiera finalmente llegó el huracán “Irene”. Aunque el concierto era simplemente eso, quienes quisieron ver en ello la guerra de las galaxias, una vez más, perdieron una magnífica oportunidad de haberse quedado callados.

¿Podrán aprender algún día?


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