Actualizado: 21/09/2021 16:36
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Egipto, Cuba

Paisaje después de la batalla

Lo que los cubanos deberíamos aprender de los egipcios

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Con los días va pasando la euforia de los egipcios por la expulsión de Hosni Mubarak y se impone la realidad: más allá de deshacerse del faraón, el resto son promesas y tareas pendientes, expectativas y esperanzas.

Afortunadamente, la protesta popular no tuvo un matiz fundamentalista ni religioso, sino básicamente por reivindicaciones políticas y sociales: derrocar la dictadura, terminar las detenciones arbitrarias, las torturas y la ley de emergencia, realizar elecciones y respetar las libertades de expresión y asociación: no es poca cosa, pero constituye solamente la punta del iceberg.

Fidel Castro, en una reciente “reflexión”, con inaudito cinismo, otorga a los egipcios lo que lleva medio siglo negando a los cubanos: “Apoyamos al pueblo egipcio y su valiente lucha por sus derechos políticos y la justicia social”. Pero se expresa como si los cientos de miles de egipcios, musulmanes, coptos, cristianos, estudiantes, obreros, desempleados, campesinos, que salieron a las calles, no lo hubieran hecho por el hambre, el desempleo, la miseria y la falta de oportunidades en su vida, sino por preocupaciones sobre cambio climático, producción de biocombustibles, o un eventual déficit mundial dentro de treinta años de agua dulce o alimentos.

Con el regreso a la normalidad en todo Egipto comienzan a escucharse otros ruidos más espeluznantes: un país de 82 millones de habitantes donde el analfabetismo sobrepasa el 28%, la mortalidad infantil el 26,2 por mil, más del 20% de la población vive por debajo de los límites de pobreza, que a pesar de contar con casi cincuenta millones de personas entre 15 y 64 años de edad, su fuerza laboral no sobrepasa los 26 millones de personas (incluyendo funcionarios y burócratas), y la tasa de desempleo alcanza el 9.7%.

A pesar de la superpoblación en El Cairo y Alejandría, el 57% de la población del país es rural, y la economía, aún creciendo alrededor del 5% anual, no está en condiciones para soportar un promedio de 3,01 hijos por madre ni de ofrecer adecuados niveles de atención sanitaria y de educación a toda la población, donde casi treinta millones de personas son niños menores de catorce años o adultos de más de sesenta y cinco. La emigración es casi nula en el país, por lo que la caldera social sigue ganando presión continuamente.

Su producción de petróleo es inferior a su consumo, por lo que no es fuente significativa de ingresos como en otros países árabes; sin embargo, su industria turística es la más significativa de la región, basada en sesenta siglos de historia que el país puede mostrar al visitante, y sus ingresos por el Canal de Suez oscilan en dependencia de la economía mundial.

Los salarios promedio son extremadamente bajos (con excepción de las fuerzas armadas), la inflación aumenta a un ritmo cerca del 12% anual, la deuda pública sobrepasa el 80% del Producto Bruto, y tiene un saldo comercial negativo de alrededor de 25 mil millones de dólares anuales. El crecimiento de su economía no se reflejó de manera proporcional en las condiciones de vida de la población.

Ante estas realidades, derrocar al dictador parecería un juego de niños: no es lo mismo plantarse valientemente en la Plaza Tahrir proclamando no retirarse hasta que el faraón se fuera del Gobierno, que pretender hacerlo hasta que se elimine la rampante corrupción y la venalidad de los tribunales, desaparezca el analfabetismo, se reduzca el desempleo, mejoren las condiciones sanitarias y educacionales, y se eleve el nivel de vida real de la población.

Terminar con la dictadura era condición necesaria, pero no condición suficiente: aunque las fuerzas armadas cumplan al pie de la letra sus promesas de reforma y liberalización política, y el país no derive en un futuro previsible al fundamentalismo representado por la poderosa Hermandad Musulmana, lo que queda por delante no se puede acometer con demostraciones populares, banderas en alto, declaraciones, cánticos, Internet, twitters y mensajes de texto.

Mubarak fue derribado en una gesta de dieciocho días, pero dieciocho años no bastarán para cambiar sustancialmente las condiciones económicas y sociales que atenazan al país y acumulan males y problemas de siglos. Aunque los egipcios estaban listos a expulsar al dictador, pocos lo están ahora para construir un país próspero, moderno y justo.

Egipto necesita invertir cuantiosos recursos en infraestructura y educación, salud pública, ciencia y tecnología, industrialización y servicios sociales, y a la vez crear un sistema judicial honesto y capacitado, afianzar la democracia con sus peculiaridades nacionales, lograr estabilidad social, y garantizar un mínimo Estado de Derecho que cree condiciones aceptables a la inversión extranjera y nacional y el funcionamiento de la economía.

No son temas de capitalismo, socialismo, comunismo, laicos o fundamentalistas, sino de modernidad, progreso, desarrollo, justicia, democracia, prosperidad, libertades básicas y oportunidades para todos

Ha habido demasiadas “revoluciones” en el mundo musulmán limitadas al cambio de clanes en el poder, sin transformaciones sociales. Satrapías con barniz “democrático”, caricaturas de elecciones, mínima tolerancia, consignas “antiimperialistas” en abstracto y llamados a la guerra santa: Egipto, Argelia, Siria, Libia, Yemen, Irak, Irán, Afganistán, Mauritania, Sudán, Pakistán, Bangla Desh, Indonesia. Y casi lo mismo en América Latina y África.

Egipto tiene la oportunidad esta vez de hacerlo en serio y enrumbar el país por caminos del progreso y el desarrollo, respetando toda su historia, cultura y tradiciones. No necesita “occidentalizarse”: simplemente modernizarse.

Si no es capaz de hacerlo, nada garantiza que en un futuro a medio plazo no veamos de nuevo al pueblo en la calle, pidiendo la renuncia del nuevo líder que pretende aparecer como gobernante “democrático” y “revolucionario”.

Los cubanos nos sacudimos una dictadura autoritaria de siete años para caer atrapados en una totalitaria que lleva cincuenta y dos, y en total son casi sesenta años sin poder decidir nuestro destino, porque los iluminados pretenden hacerlo por nosotros.

Cuando la biología o la política nos ofrezcan la oportunidad, que ya no debe tardar tanto, debemos ser capaces de crear una sociedad donde nunca jamás sean posibles Fidel Castro ni Hosni Mubarak, fanáticos ni comandantes.

De lo contrario, los mereceremos para siempre.


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