Actualizado: 18/01/2022 16:22
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Pan y la Constitución de 1940

De cara al futuro, una guía para un justo equilibrio entre el Estado y el mercado.

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Cuenta Marcelo Pogolotti en su interesante autobiografía Del barro y las voces que en ocasión de una fiesta en la embajada soviética, la única que además de ofrecer excelente comida invitaba a los intelectuales, "una de las jóvenes proletarias (…) exclamó: '¡Qué rica comida! ¡Qué ganas tengo que llegue el socialismo!'".

Al cabo de más cuatro décadas de revolución institucionalizada en Cuba, lo que llama la atención de las palabras de la muchacha de la anécdota no es tanto "la carencia de verdadera conciencia revolucionaria" señalada por Pogolotti, como su absoluta falta de previsión histórica.

Llegó el socialismo, pero con él, en vez de la abundancia prometida, sobrevino el hambre generalizada. Establecida en 1962, la libreta de racionamiento sigue siendo hasta hoy el símbolo más elocuente de la vida cubana con su miseria repartida a partes iguales entre los de abajo.

El comunismo no ha sido en Cuba una excepción. Ha arrasado como una plaga de langostas con una tierra de siempre conocida por su proverbial fertilidad. El desastre de la agricultura era ya mayúsculo a fines de la década del sesenta, según apreciaron observadores lúcidos como el francés René Dumont; hoy es, si cabe, aún mayor. Cualitativa tanto como cuantitativamente. Sencillamente, no hay nada, y lo que hay, no sirve.

Quien quiera comprobarlo, que se dé una vuelta por el antiguo Mercado Único. Pocos lugares reflejan tan gráficamente como ese la decadencia de La Habana y del país entero. Entre la mugre del suelo y las paredes despintadas, escasas tarimas con frutas de la peor calidad. Mangos ácidos y golpeados; mameyes pródigos en "primaveras", plátanos diminutos con extraños sabores, productos de no se sabe qué desafortunados injertos…

De visitar hoy y no en los años cuarenta nuestro país, seguramente no hubiera escrito Ivan Goll su poema Cuba, canasta de frutas. Y el conocido artículo de Lezama, publicado en el extraordinario número de Lunes de Revolución dedicado "a Cuba, con amor", queda asimismo como expediente de un mundo perdido. Habría hoy que echar de menos esa cornucopia frutal como Lezama la tradición de la cena familiar erosionada por el influjo del american way of life. Pero no ha sido el capitalismo el que las ha destruido, sino el socialismo.

Especulaciones de filósofo extraviado

Podemos enfrentar esta sola evidencia al anticapitalismo radical de Santiago Alba y Carlos Fernández Liria, filósofos españoles cuyas apologías del régimen castrista han sido recogidas en un volumen publicado este año por la Editorial de Ciencias Sociales, bajo el título de Cuba: la ilustración y el socialismo.

Alba afirmará que, en la medida en que ha destruido la diferencia entre cosas de comer y cosas de mirar, el capitalismo ha destruido las frutas. Ya no nos comemos una manzana como antes. Pero la miseria de nuestro Mercado Único, y su penoso contraste con cualquier mercado de México o España, convierte todo ello en especulaciones metafísicas de filósofo extraviado.

En Cuba, las manzanas son vendidas por el Estado a un precio que las convierte en un lujo para el cubano de a pie. Y ni hablar de las uvas y las peras. Todo ello, como los turrones de Gijona y Alicante y tantas cosas más, forma parte de un mundo perdido, suerte de Atlántida sensorial que las últimas generaciones de cubanos sólo conocen por los relatos nostálgicos de sus mayores.

Santiago Alba cree que el hecho de haberse liberado de la devastadora "rueda del mercado, con su agresión icónica y su agresión lumínica", ha salvado a Cuba de la miseria no sólo espiritual sino también material que caracteriza al mundo capitalista contemporáneo.


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