Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Gays, UMAP, Represión

Para colaborar con Mariela Castro (VI)

Sexta y última parte de una serie sobre las atrocidades sufridas por quienes fueron enviados a las UMAP

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Quizás no pocas personas de las que han leído o escuchado las declaraciones de la señora Mariela Castro, en uno y otro sitio del mundo, coincidan conmigo en que la sexóloga cubana se expresa de manera candorosa casi siempre, y que candor exhalan sus expresiones faciales, sobre todo su sonrisa. ¿Será ella así en verdad?

Mariela Castro, en los últimos años, se ha convertido en una especie de heraldo —¿seráfico?— que llega hasta nosotros para avisarnos de cuestiones del “pasado revolucionario” que deberían ser esclarecidas. Sin embargo, cuando aborda el tema de las UMAP, nos confunde un poco con expresiones que parecen elementales o demasiado obvias. Viene y dice:

1) “Hay que aprender de la historia con honestidad y transparencia y asumir responsabilidades. No hay que tenerle miedo a los errores cometidos, hay que aprender de ellos”. ¿Y esto para quién será? ¿Qué se puede aprender, a estas alturas, de aquellos “errores”? ¿Y las enseñanzas que se obtuvieran, en caso de que así fuera, dónde, en el tiempo y el espacio, se aplicarían?

2) “Explorar en la historia nos da muchas pistas”. Esto es verdad. Verdad.

3) “La historia real [sobre las UMAP] todavía no se conoce”. Ni se va a conocer si ella, al parecer la encargada del asunto, se basa sólo en “los testimonios que tiene y de otros que ya le anuncian personas interesadas en narrar sus vivencias”. Porque yo pienso que las “personas interesadas en narrar sus vivencias”, a ella precisamente, deben ser personas, en su mayoría, encariñadas con la élite gobernante. Digo yo. Y otro detalle: no se puede demorar mucho más la “investigación” porque de aquellos 22.000 hombres —otros dicen que 43.000; el padre de Mariela Castro debe saber cuál es la cifra correcta— ya muchos han muerto.

Un aspecto que esperamos conozca la psicóloga cubana es que el suplicio de los confinados en las UMAP no terminó cuando salieron de aquellos campamentos. Todavía arrastran el estigma, los que viven, y lo arrastraron toda su vida los que ya han muerto: esa mancha de ser “ex soldado” UMAP; es decir, siguen siendo victimarios, no víctimas. Muy pocos han logrado sobreponerse frente a la discriminación que, por ese pecado que cargan, han debido enfrentar para ascender en ciertas facetas de la vida. Pero según Mariela Castro pedir perdón por las UMAP “sería una gran hipocresía”, sería “como quitarse la responsabilidad de encima”. Yo pienso, sin embargo, que cuando ya el mal que hemos hecho resulta irreparable, sólo solicitar el perdón nos podría redimir en alguna medida o tal vez del todo.

Si a lo que mencionábamos antes —esa cruz que llevan aún la mayoría de los ex UMAP que viven en la Isla— se le añade esa otra secuela, la psicológica, precisamente, tendremos que el daño es grave, muy grave. Podríamos citar a varios de aquellos hombres que después, jamás, pudieron conciliar el sueño sin el tratamiento clínico correspondiente. A varios que luego de haber sido liberados resultaron discriminados en sus centros de trabajo, o por el Comité de Defensa de la Revolución de la cuadra, o abandonados por sus parejas, sus amigos, sus vecinos, porque esos hombres que habían estado en las UMAP, sin duda, pensarían quienes los obviaban, eran la “lacra social”, de acuerdo con lo que pregonaba el régimen, ¿y qué beneficios podría traerles a los que intimaran o continuaran intimando con ellos, en medio de una “sociedad de justa moral socialista”? De cualquier manera, es elemental que para quien tenga acceso al poder, como es el caso de la señora Mariela Castro, no sería difícil acceder a los expedientes, que ahí están, guardados aún, sin duda; porque a más de 20 y de 30 años de distancia a no pocos ex UMAP, en el momento de optar, digamos, por “un puesto de confianza”, “les ha salido el expediente”; es decir, les ha salido esa culpa que deben cargar. Para la investigación que intenta la psicóloga Castro, aparte de la que hiciese en el terreno, le serviría de mucho consultar esos expedientes. Entonces vería que la mayoría de los confinados eran hombres de bien, con defectos, con debilidades que aunque no concordasen con la maqueta del Hombre Nuevo, se ceñían perfectamente a la idea que tenemos de lo que es un Ser Humano. Quizás la sexóloga Castro, luego de revisar la documentación, concluiría que los más inocentes de aquellos encerrados vestidos de azul eran los homosexuales, puesto que estos, en su anterior vida de civiles, no habían dejado de trabajar los sábados porque fuesen adventistas del Séptimo Día, no habían dejado de saludar a la bandera porque fueran testigos de Jehová, no habían estimulado el “diversionismo ideológico” porque auxiliaban al sacerdote en la iglesia católica de su zona.

Creo que Mariela Castro, y cualquier ser medianamente pensante, podría concluir, sin necesidad de análisis alguno, que en las UMAP no se iba a reeducar nadie, como aseguraban las autoridades. Resulta elemental que ningún ser humano se reeduca por medio de la persuasión consistente en el pánico, el trabajo agotador, el aislamiento. Allí más bien se sembró el odio contra el verdugo, porque verdugos fueron quienes dictaminaron que unos hombres eran inferiores a ellos y, por tanto, merecían el desprecio, la humillación.

Vuelvo a las líneas iniciales para de nuevo preguntarme: ¿es su personalidad candorosa la que lleva a la psicóloga Mariela Castro a afirmar lo evidente, y a negar lo evidente? ¿Será?, ¿será el candor?

Y por otra parte, si bien ella considera que el régimen no debe pedir perdón por aquella iniquidad… Nosotros, hermanos, perdonemos.


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