Actualizado: 27/03/2020 12:23
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Pase de sombrero

Por Europa anda Pérez Roque, con el brazo más largo que nunca y abierto al dinero ajeno.

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El ministro cubano de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque (vestido por un íntimo enemigo o por un sastre que lo desprecia), camina esta semana por Europa con el gesto que identifica a su gobierno desde que hizo cenizas la economía del país: la mano extendida con la palma expuesta al sol, abierta al dinero ajeno y la limosna.

El brazo a la altura del cinturón cuando está de pie y, debajo de la mesa, en las conversaciones oficiales y en las cenas copiosas y demoradas, remojadas con buenos vinos. Trae también, oculto debajo del nudo carretero de la corbata, el otro rasgo característico de la dictadura que representa: un discurso encendido y duro, tajante, definitivo, implacable con los opositores pacíficos, los presos políticos y el exilio.

Con esa misma imagen congelada hicieron sus antecesores, y otros funcionarios de alto rango, el kilometraje de la ruta hacia la pulverizada Unión Soviética. Se viajó allá durante décadas para presentarse temprano en las oficinas del CAME, el organismo que controlaba el intercambio comercial de los países socialistas y al que el humor cubano denominó enseguida el "Dame".

Así recibieron después a los inversores extranjeros, pero asegurados por una papelería de notario melifluo que se prendieron con alfileres los cuadros del Partido Comunista reciclados como empresarios.

En esa posición incómoda, pero de completo uniforme y con aires de pedagogos en todos los dominios, recorren la Venezuela particular de Hugo Chávez en unas excursiones que han servido para que la cúpula siga en su trono arruinado, con el control total de todo lo que vuele o camine entre San Antonio y Maisí.

Sí. Por aquí anda el señor Pérez con el brazo más largo que nunca, después de los dos huracanes que le sirven también para, en sesiones privadas, empapar las solapas de los dirigentes europeos con las necesidades y la miseria de los grandes sectores de los ciudadanos de aquella isla.

Frente a las listas de peticiones, frente a los inventarios con solicitudes y las cifras abultadas de euros, ¿le pondrán España y la Unión Europea los nombres de los presos políticos, enfermos, maltratados y humillados en las 300 cárceles que los ciclones dejaron indemnes?

No se sabe si en esa mano avariciosa algún dirigente demócrata dejará, antes que el cheque, una esquela sencilla con los nombres de los 26 periodistas independientes que llevan cinco años en los calabozos por escribir la verdad y contar las penurias y las ilusiones de las personas que quieren libertad y progreso.

Nadie puede asegurar si un honesto funcionario europeo, ya en los postres de las bienvenidas en los palacios, le deslizará un papel con la noticia de que, esta semana, mientras él volaba hacia Madrid, el preso político Abel López Pérez, recluido en la cárcel de Guantánamo, se cosió la boca con un alambre.

El prisionero protesta porque lo juzgaran por la figura de atentado por este episodio: durante el traslado en un auto oficial se negó a que lo esposaran, y sus custodios lo lanzaron del carro en marcha. López Pérez recibió una herida de 15 puntos en la frente y la pérdida parcial de la visión en el ojo izquierdo.

A lo mejor no hay tiempo para esos detalles. Se trata de un cubano. Nada más que un simple ser humano.

Para el viajero lo importante es volver con la misión cumplida, y más recursos para que los 50 años de socialismo con guantanamera se puedan celebrar con otro plazo para la esperanza y muchos camaradas extranjeros en las tribunas.

En Europa, felicidad por el deber cumplido. Oxígeno para que dure el faro de América y le dé luz y fuerza a las otras dictaduras emergentes. Total, aquello es otro mundo.


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