Actualizado: 03/07/2020 15:57
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EEUU, Trump, Prensa

Periodismo 101 revisitado

Confusiones, mitos y omisiones en los desacuerdos entre el presidente Donald Trump y un importante sector de la prensa estadounidense

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Desde que Donald Trump anunció su aspiración a convertirse en presidente de Estados Unidos, la prensa —su función, integridad y alcance— ha estado en el centro de su estrategia. Ello ha ocasionado la repetición de mitos y errores anteriores, que en el exilio en Miami ya eran conocidos pero que ahora trascienden el caso cubano y adquieren una proyección nacional.

Pero ante todo son necesarias dos premisas fundamentales.

Trump no odia la prensa y la prensa “ama” a Trump

La insurgencia de Trump en la política estadounidense es lo mejor que hubiera podido ocurrirle a la prensa escrita, las agencias de cable y las cadenas informativas televisivas en los últimos años de franca decadencia, por factores económicos y de tecnología. Algunos diarios, como The New York Times, han aumentado su circulación, tanto en internet como en la edición impresa. Aunque hay un efecto que trasciende las ganancias que vale la pena destacar: desde su llegada a la Casa Blanca, la actual administración no ha hecho más que reafirmar —y hasta renovar— la función de los medios informativos.

Si Trump se refiere a la prensa como el “enemigo del pueblo”, es porque su proyección política necesita siempre de un “enemigo”. No hay nada original en dicha propuesta. Con ello, el actual gobernante de EEUU nos recuerda a Fidel Castro, aunque no lo supera. La urgencia de utilizar al “otro” como causa de males y miedos es un recurso de distracción fácil y socorrido.

Pero al mismo tiempo que ataca la prensa, Trump requiere, casi desesperadamente —y en esto se unen factores de estrategia política con características de personalidad— estar constantemente bajo las luces y aparecer en tinta. Es más, arriesgaría el criterio que una docilidad absoluta de los medios, aunque al principio satisfactoria como señal de triunfo, terminaría por aburrirlo.

Educar suele transformarse en una labor estéril, sobre todo en política

Intentar convencer a los partidarios de Trump con argumentos conduce al fracaso. Porque son más fanáticos que seguidores de una idea y el irracionalismo se impone ante razonamiento alguno.

Sin embargo, una vieja renuencia a rechazar por completo el psicoanálisis me lleva a la ilusión de que la racionalidad no carece de fuerza ante la neurosis, y que enfrentar el mal con el reconocimiento del mismo es el primer paso necesario para su cura.

Así que estoy dispuesto a perder algún tiempo en la exposición de ciertos principios periodísticos elementales, no con la esperanza de impedir de que sigan repitiéndose errores, sino como simple acto de fe.

Objetividad, imparcialidad, balance

Los fanáticos de Trump —hablar de partidarios en este caso no describe por completo al grupo— evidencian una ausencia de mejores argumentos cuando acusan a cualquier columna, artículo de opinión o editorial de falta de objetividad.

El llamado balance informativo —un criterio más cercano a la realidad que esa supuesta objetividad— que debe estar presente en una información atañe a las noticias, no a los artículos de opinión, porque de lo contrario estos últimos carecerían de sentido.

Un periódico o una emisora de televisión, pero fundamentalmente el primero, tiene dos cuerpos principales muy bien definidos, que se diferencian tanto en presencia física —aparecen en un conjunto de páginas diferentes— como en grupo de redactores, periodistas y dirección.

Estas fronteras fueron hasta hace pocos años muy estrictas. Sin embargo, con la pérdida de circulación de los periódicos —por razones tecnológicas y no políticas— se han ido debilitando en algunos medios, aunque no en todos.

Así que a una noticia es bueno exigirle que contenga tanto los criterios, o visión sobre los hechos, que tiene tanto una parte como la otra, o que se busque la opinión de todos los supuestos participantes.

Pero es tonto pedirle a un columnista que escriba 50 palabras a favor de Trump y más tarde exigirle que tiene que “balancearlas” con otras 50 en contra.

Lo que sí es conveniente es que un medio de prensa, en sus páginas editoriales o de opinión contengan los criterios más diversos. Pero esto último no es siquiera una exigencia.

La existencia de una “prensa objetiva” es un modelo puesto en práctica por la prensa estadounidense durante décadas, pero no siempre fue así. Baste recordar —para citar un ejemplo conocido— el papel de esa prensa a favor de la intervención de EEUU en el conflicto independentista cubano.

En ese entonces, la prensa escrita, la única existente, se caracterizó por difundir lo que ahora se llamarían “fake news”, como una forma de presión para la entrada de Washington en una “guerra ajena”.

El tomar partido no necesariamente anula el valor periodístico de un medio de prensa. A diferencia de EEUU, la prensa europea se caracteriza por una clara definición ideológica, y no por ello carece de valor.

El surgimiento de un clima de polarización extrema en este país ha propiciado la divulgación siempre en aumento de lo que supuestamente los lectores y televidentes prefieren, por encima del valor noticioso del hecho. La función social y educativa del periodismo relegada en favor de la complacencia o el simple entretenimiento.

Han surgido así miles de sitios en internet que explotan la confusión entre informar y opinar; así como prescinde de la necesidad de realizar una verificación, por medios independientes, sobre la autenticidad de una información. En algunos casos por carencia de medios, en otros por simple comodidad, en muchos porque no fueron creados con tal objetivo, el conjunto de tales emisores de contenidos —lo cual no hay que confundir con emisores de información— vienen conformando un público, e incluso una ciudadanía, adaptada a recibir solo contenidos convenientes.

Mentiras y noticias falsas

Trump miente sistemáticamente. Esto no es una opinión, es un hecho. Basta revisar sus discursos y confrontarlos con los datos. Miente hasta de una forma ridícula. Pero no lo hace solo por una cuestión de temperamento sino con un objetivo determinado. Todas sus acciones como presidente se han caracterizado por un objetivo común: satisfacer las aspiraciones, inquietudes y reproches de la base de votantes que fue decisiva en su elección. En este sentido, puede decirse que cumple con sus promesas de campaña, pero también hay que agregar que se comporta no como el presidente de un país sino de solo ese 49 % que aprueba su labor según la última encuesta de Gallup (mayo 1-13, 2020).

Con su habilidad característica para revertir datos, acusaciones y criterios, Trump aparenta ser el abanderado de la lucha contra las noticias falsas, cuando ha sido su principal divulgador. No solo hay que remitirse a los inicios de su campaña sino a hechos anteriores, como los años que dedicó a decir que el expresidente Barack Obama no había nacido en EEUU.

Internet y órganos de prensa

La llegada de internet ha supuesto la posibilidad de una mayor y más rápida difusión de puntos de vista e informaciones. Pero ningún blog aislado o sitio de unos pocos puede sustituir la función de un importante órgano de prensa. Por una razón muy sencilla: recursos. El periodismo investigativo requiere de tiempo y dinero. Hay casos aislados y notables, pero no hacen la norma.

El fenómeno Trump ha propiciado precisamente el renacimiento del periodismo investigativo y nos ha demostrado la necesidad de que existan —con independencia del formato— instituciones noticiosas capaces de ir más allá de la opinión.

De la manera en que Trump y sus fanáticos vienen planteando el problema, no se trata de una elemental sustitución de una prensa desfavorable al actual inquilino de la Casa Blanca por otra que destaque sus cualidades. Tampoco es simplemente resaltar las virtudes de ese 49 % que lo apoya y despotricar sobre los que están en contra.

Lo que está en juego es que exista la prensa o desaparezca, convertida en una maquinaria de propaganda. No es que no pueda acontecer, ha pasado en otros momentos, es que no debe ocurrir.


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